junio 17, 2012

No al voto nulo

Jorge Zepeda Patterson
El Universal

En muchas charlas de sobremesa en las que se discute por quién votar, el tema ya no es de preferencias sino de descartes: ¿cuál es el menos malo?

A estas alturas la clase política que tenemos ha terminado por ser parte del problema más que de la solución. Partidos facciosos que deciden los asuntos públicos de acuerdo con el interés de las carreras políticas de sus líderes. Funcionarios corruptos procedentes de todas las corrientes ideológicas. Elecciones internas plagadas de cuchilladas traperas entre los propios correligionarios. Parálisis en la toma de decisiones por el egoísmo cortoplacista de los protagonistas.

Es explicable que algunos ciudadanos hayan decidido optar por anular su voto. Es una manera de decir a los partidos “no nos gusta lo que me ofrecen, no votaré por ninguno, pero ejerceré mi derecho ciudadano”.

Me parece, sin embargo, que el voto nulo sería un error. Primero, porque pese a que intenta pasar un mensaje de inconformidad por la oferta disponible, al no optar por ninguno, en realidad no es neutral. Anular el voto en la práctica implica optar por el puntero, en este caso Enrique Peña Nieto. Un voto nulo es un voto que se sustrae de la competencia, es decir, un peligro menos para el que llega con ventaja al día de la elección. Por supuesto, cada quien está en su derecho de votar como guste, pero debe ser consciente del efecto político de su decisión.

La segunda objeción me parece más importante. El 1 de julio tenemos que ir a votar por nosotros mismos, para nosotros mismos. Los cambios que el país necesita no van a venir por obra y gracia de la clase política que nos gobierna, no importa quién gane la elección. Incluso si el nuevo presidente decide convertirse en un verdadero demócrata, sea cual sea quien gane, encontrará la formidable resistencia de los grupos de poder.

El cambio de fondo sólo puede venir por la presión de los ciudadanos. Las modificaciones que el PRI introdujo en los años 90, cuando abrió el sistema electoral con un IFE ciudadano y reconoció los primeros triunfos de la oposición no fueron una graciosa concesión de Los Pinos. Fueron producto de la creciente insatisfacción de la sociedad, incapaz de ser contenida por las estructuras del viejo régimen. Desde el movimiento del EZLN en Chiapas hasta las protestas cada vez más amplias de los panistas, pasando por descontentos de las bases sindicales, una explosión del activismo social en multitud de ONG, una prensa crecientemente crítica.

Votar nulo o votar por cualquiera de los candidatos no servirá de nada si luego de ello la sociedad se apoltrona y otorga durante otros seis años una patente de corso para que la clase política haga de los asunto públicos su coto privado. No hay democracia real sin participación activa del ciudadano: presionando a través de las redes, participando en organizaciones de toda índole, exigiendo rendición de cuentas, consumiendo medios de comunicación independientes del poder, saliendo a la calle cuando algún tema nos involucre, influyendo en la opinión pública.

¿Y qué tiene que ver esto con el voto nulo? Me parece que votar por alguien nos responsabiliza. Puede ser que signifique votar por el menos malo, en efecto, pero nos obliga a comprometernos con el mundo real, y no quedarnos en el deseo utópico de que las cosas fueran diferentes. Hay que partir de lo que tenemos (esos candidatos y no otros) y exigir a cambio de nuestro voto un desempeño de cara a los intereses de la sociedad. Haber votado en favor o haber votado en contra de quien finalmente gane es, me parece, un principio activo. Para exigir, para apoyar o para rechazar los actos de gobierno de aquel sobre quien ejercimos un juicio activo en la elección.

Votar nulo es una manera de lavarse las manos moralmente, pero fácilmente puede derivar en el desinterés, en la cómoda actitud de quien no se siente involucrado con la cosa pública. Nada tuvo que ver, ni en favor ni en contra de aquel que nos gobierna. Votar nulo equivale a decir “no participo en su mascarada”, pero esa posición fácilmente puede extenderse al resto de la vida política, al resto del sexenio.

No digo que votar por alguien nos convierte en ciudadanos activos. Pero es un acto que compromete. O debería. En todo caso es un principio activo, un primer paso de la marcha para convertirnos en verdaderos ciudadanos. Lo que me queda claro es que una democracia es imposible sin demócratas, y la clase política actual dista de serlo. Y sólo lo será en la medida en que la obliguemos. Para botarlos primero hay que votarlos.

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