junio 27, 2012

Punto y aparte

Luis F. Aguilar
Reforma

Panistas, "ya no". Izquierda, "aún no". Priistas, "no más". Los demás no cuentan.

Así se puede resumir lo que se dice en la calle, con afirmaciones acaloradas y coloridas o con tono mesurado. Es también lo que registramos en el mundo fino de las opiniones de los medios, algunas analíticamente sólidas, otras simplemente bien escritas, con retórica elocuente. En cualquier caso, lo que se dice a cuatro días de las elecciones federales y estatales es algo comprobable. Muchos ciudadanos consideran que los panistas se deben ir porque tuvieron una extraordinaria oportunidad de dirección política del país, que desaprovecharon por su limitada capacidad para construir consensos y por su atascamiento en el manejo del asunto crítico de la seguridad y sus cementerios. Otros muchos consideran que la izquierda actual no debe llegar a la dirección del Estado porque no está aún lista para la tarea directiva nacional por razones varias, que van desde su inconsistencia institucional hasta una idea rupturista, colérica y hasta facciosa de gobierno. También otros muchos consideran que los priistas no deben regresar a gobernar porque su genética política los induce a repetir su historia de arbitrariedades, corrupciones, clientelismo. No tiene sentido reproducir los ya sabidos argumentos que se han utilizado para señalar y dramatizar los inconvenientes de cada uno de los partidos y candidatos y demostrar que el PAN debe irse ya, el PRI no debe volver jamás y el PRD con su coalición no está aún listo para gobernar en condiciones de democracia. Todo está dicho y la moneda está en el aire, aunque el resultado electoral no es asunto de suerte y menos de fraude.

Es probable que en este momento la mayor parte de los ciudadanos se hayan ya decidido por un candidato y partido, aunque hay muchos que aún no han tomado una decisión por la carga de sus ocupaciones privadas o porque sus deliberaciones todavía oscilan entre varios pros y contras, entre dudas, preocupaciones y esperanzas. De todos modos, en cuestión de horas todos decidiremos y cortaremos de tajo la perplejidad de nuestra deliberación mental, la cual sería interminable y no llegaría a conclusión alguna si se atuviera a su natural lógica de verdad, prueba, certeza. Decidir es cortar, etimológica y psicológicamente. Poner punto y aparte a un largo razonamiento cuyas conclusiones son insuficientes en varias situaciones de nuestra vida personal y asociada y no aportan elementos convincentes para saber qué querer y qué hacer. Decidir es inevitable en todas aquellas situaciones en las que el conocimiento no nos ofrece elementos seguros y ciertos para proyectar y desarrollar nuestras vidas, por lo que para poder seguir caminando con rumbo no tenemos más opción que optar, seleccionar, escoger entre proyectos diversos de vida, sin estar totalmente seguros de que sean los apropiados y realizables. Decidir es entonces asumir riesgos, optar por alguien o por algo a partir del conocimiento incompleto que tenemos, sin estar totalmente ciertos que la opción descartada pudiera ser la conveniente.

Esto es lo que sucede en la competencia electoral. Cognoscitivamente no estamos seguros de la validez y consecuencias de nuestra decisión por un candidato, que puede sustentarse en razones y no en ciegas pasiones, pero que no podrá jamás justificarse como totalmente verdadera y cierta. En este momento ni el analista político más informado cuenta con elementos para estar totalmente seguro de que el PAN deba irse, que el PRI no deba regresar y que la izquierda no esté preparada para gobernar en condiciones de democracia. La decisión en política es de validez parcial, partidaria (precisamente), pues descansa en conocimientos incompletos, tal como nos ha sucedido en nuestra vida, cuando nos hemos decidido por algunas de nuestras potencialidades y aspiraciones y hemos descartado otras, teniendo más tarde que revisarlas, corregirlas o cancelarlas, aprender. En el fondo es una preferencia por una opción de gobierno en vez de otra, que se sustenta en la información limitada y hasta precaria que tenemos sobre candidatos y partidos y que nos lleva a concluir que unos parecen más convenientes o menos inconvenientes que otros para conducir el país. Parecen, no necesariamente son.

Si Usted al votar es de los muchos que tienen algo o mucho que perder por su decisión, a diferencia de los que no tienen nada que perder o así lo creen, es de ayuda estar más seguros acerca de los inconvenientes del futuro gobernante que de sus ventajas probables. Fundamental es no encontrar nada en el pasado del candidato que muestre es oportunista en su adhesión a los principios de la democracia o que manifieste una crónica indisposición a acordar, integrar, pactar, o sea propenso a ejercer el poder en modo revanchista, permanentemente recriminador y discriminador, conflictivo. Elegir democráticamente gobernantes previsiblemente antidemocráticos es contradicción e insensatez.

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