junio 01, 2012

Regresa la Revolución

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Falta justamente un mes para la elección. En los dos que han transcurrido desde el inicio formal de las campañas, los cambios en las encuestas son marginales. En las primeras dos semanas de abril, en el promedio de todas las publicadas en esos días, Josefina Vázquez Mota tenía 27% de preferencias efectivas, contra 51% de Peña Nieto, 21% de López Obrador y 1% de Gabriel Quadri. En las dos semanas finales de mayo, las preferencias efectivas promedio son 25% para Vázquez Mota, 46% para Peña Nieto, 25% para López Obrador y 4% para Quadri. Josefina ha perdido dos puntos, Peña ha perdido cinco, AMLO ha ganado cuatro y Quadri ha ganado tres. En el comportamiento diario que publica Milenio, todo indica que el flujo de preferencias se da entre Josefina y Quadri, y entre Peña y AMLO, es decir, hay 70% de votantes que está decidiendo entre Peña Nieto y López Obrador, y 30% que decide entre Josefina y Quadri. Incluso la extraña encuesta de Reforma de ayer, muy lejana de las demás, mantiene esta relación.

Desde 1994-1995 no ocurría que los partidos “revolucionarios” alcanzaran 70% del voto. Más bien, lo que se había visto era una caída paulatina, pero constante, de su votación. En el sexenio 1994-1999, PRI y PRD (y aliados) promediaron 66% del voto, mientras que en el sexenio 2000-2005 su votación ya era de 60%. De 2007 a 2009, su votación fue apenas 54%. Por votación me refiero al promedio en elecciones federales (presidente y diputados) y locales (gobernador y diputados) en esos periodos.

Pero a partir de 2009 las cosas cambiaron. En 2010, la votación sumada de PRI y PRD brincó 10 puntos para llegar a 63%, y en 2011 a 68%. Según las encuestas, estamos más o menos en ese lugar. Las razones de ese cambio de tendencia habrá que estudiarlas, pero en principio me parece que hay tres elementos relevantes. Dos de ellos del entorno: la crisis económica (internacional) y la crisis de seguridad (nuestra). Aunque la crisis económica ya golpeó al PAN en la elección federal intermedia, su impacto total ocurrió en los siguientes años. En el caso de la crisis de seguridad, aunque en el mito la violencia creció desde la llegada de Calderón, en realidad la espiral inicia en marzo de 2008, y no dudo que las percepciones lo hayan hecho varios meses después. Aunque en ambos casos, economía y seguridad, las percepciones actuales son mucho mejores, el escalón de 2009 no se ha eliminado aún.

El tercer elemento es el derrumbe interno del PAN. Se atribuye a Felipe Calderón la frase de “ganar el poder sin perder el partido”. Me parece que está tratando de cumplirla, y en ello está empeñando todo. Durante los últimos años de su gobierno, su preocupación más grande (después de su propia imagen como presidente) ha sido mantener el control del partido. Un partido que ya sufría el desgaste de una década en el poder y en el que habían crecido prácticas clientelares poco comunes en el pasado.

Desde el inicio del sexenio, este partido ha vivido un conflicto interno entre el grupo del presidente Calderón y el llamado genéricamente Yunque (la derecha del PAN, digamos), que fue creciendo con el tiempo. Fue muy evidente en la elección del Comité Ejecutivo del PAN a fines de 2010. Ese conflicto, y el desgaste mencionado, explican la caída electoral de los últimos tres años, y la situación actual. En su afán de seguir controlando el partido tras entregar la Presidencia, Calderón ha impedido el libre juego interno, provocando que en lugar de la tradicional constelación de pequeños grupos, el PAN tenga ahora dos grandes núcleos que se vetan mutuamente. La desunión interna no atrae el voto, y las campañas del PAN, desde 2011, tienen serias dificultades.

El abandono, o el franco rechazo, de Calderón a los candidatos de su partido dejó abierto el espacio para el crecimiento de los partidos “revolucionarios”, que lo han aprovechado. Especialmente en los medios, pero no sólo ahí. Su estrategia parece ser esperar que el próximo presidente no tenga mayoría en el Congreso y por lo mismo no pueda gobernar bien, para entonces regresar desde el PAN en 2018. Tiene lógica, aunque tiene más perversidad.

La desgracia, para México, es la dificultad creciente para construir una coalición liberal que nos permitiese dejar atrás el fracaso del siglo XX. Pero la crisis financiera ha cambiado el ánimo del mundo; la violencia el ánimo de México, y la pequeñez nos condena a seguir atrapados en nuestro eterno problema: el mental.

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