junio 15, 2012

Tiempo perdido

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

En las dos elecciones presidenciales democráticas que hemos tenido, dos terceras partes de los mexicanos, más o menos, han optado por uno de los partidos revolucionarios. En 2000 la mayoría de ellos votó por el PRI; en 2006, por el PRD. En la elección de 2012, según se percibe en las encuestas, seguimos en lo mismo, aunque ahora con mayor inclinación al PRI en ese grupo, incluso mayor que la de 2000.

No debería sorprender a nadie esta proporción, bastante estable, de votantes revolucionarios. Es lo que aprenden desde niños, todavía hoy. Nuestros libros de texto gratuitos, nuestros maestros, nuestras costumbres y tradiciones, nuestra estética, está todo hecho para mantener vigente el mito fundacional del Estado mexicano del siglo XX. Un discurso religioso en el que hay un padre todopoderoso, dador de vidas y fortunas, frente al que hay que subordinarse; una clara dirección del pueblo todo, rumbo a un futuro promisorio, que nunca llega; y un constante religar del pueblo con los sacerdotes laicos a través de las limosnas clientelares. Insistiré en que el régimen de la Revolución fue incluso más exitoso que los soviéticos en el adoctrinamiento de la población. A pesar de haber sufrido un fracaso de magnitud similar, nuestra Revolución sobrevive mientras la otra ha acabado en el famoso basurero de la historia.

Por eso dos terceras partes de los mexicanos quieren el retorno de la Revolución, en alguna de sus dos formas, ambas autoritarias, corporativas y clientelares. Es lo que aprendieron de niños, y no pueden quitárselo de la cabeza, sin importar cuánto más hayan estudiado, en qué países hayan vivido ni qué tan capaces sean para otras cosas. Para criticar, es decir, para entender, son incapaces.

Frente a estas convicciones no hay evidencia alguna que sirva. De poco vale mostrar que Pemex ha sido, y sigue siendo, un gran fraude. Que no sólo está quebrada, sino que aporta al fisco menos de lo que aportaría una empresa privada. De poco ayuda demostrar que nunca, durante el siglo XX, tuvo México un comportamiento económico exitoso y que nunca, hasta 1997, hubo programas sociales destinados en verdad a los más pobres. Es una religión, y por lo mismo no hay crítica que sea aceptable. No hay duda que el capitalismo de compadrazgo que vive México es una construcción de la Revolución, y que si hoy tenemos un puñado de “empresarios” multimillonarios se debe a su relación con ese régimen. Sus negocios existen porque el viejo régimen se los entregó y los protegió de toda competencia. Sus fortunas no son producto de habilidad empresarial o capacidad frente al riesgo, sino de connivencia política con el régimen de la Revolución.

Tampoco hay duda que el crimen organizado se desarrolló bajo ese régimen, creció amparado por las “fuerzas de seguridad” que actuaban como árbitros a su interior. Ni mucho menos puede dudarse que los líderes sindicales fueron todos producto de ese viejo régimen. Pero, insisto, nada de esto importa. Las creencias aguantan todo. Y para defenderlas la razón es rápida y se inventan pronto explicaciones. Todas absurdas pero suficientes para tranquilizar la conciencia y regresar a lo conocido, a lo aprendido.

Toda nación tiene un mito fundacional, pero hay algunos que resultan dañinos, y ése es el caso del nuestro. La ideología de la Revolución, aunque sea blanda, es profundamente antiliberal. Y no hay manera de tener un país democrático, competitivo y justo si no es a través del liberalismo. No hay hoy más democracia que la liberal, ni hay forma alguna de generar riqueza si no es a través del capitalismo liberal, y no veo justicia básica más efectiva que los derechos humanos, también resultado del liberalismo.

Pero los defensores del régimen son capaces de inventar una “democracia económica” o de creer que hay economías mixtas que generan riqueza, y todavía peor, de hablar de una justicia que supera a los individuos y sólo puede entenderse desde el “pueblo”. Todo eso es falso, pero además es muy costoso. México pagó durante el siglo XX, como sabemos. Si hubiésemos mantenido el ritmo de crecimiento del porfiriato, hoy todos seríamos dos veces y media más ricos. El régimen de la Revolución nos costó, y mucho.

La desgracia es que en estos 15 años de interregno no hemos logrado enterrar todavía el mito revolucionario. Ésa es la revolución educativa que México necesita, la que nos abrirá el camino del México democrático, competitivo y justo que podemos ser. Pero ya tiramos otra generación a la basura. Ojalá fuese la última.

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