junio 19, 2012

Votan las tribus y los caciques

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

El dispendio para garantizar el voto cautivo es la norma y el voto de los ciudadanos independientes vale cada día menos.

Hace meses dijimos que la contienda por la Jefatura de Gobierno del DF pintaba para ser incluso más interesante que la presidencial. Parecía que sería cerrada. Por primera vez, el PRD iría con un candidato, Miguel Mancera, que en términos estrictos no es militante del partido y sus lazos con las tribus del sol azteca son por lo tanto más débiles. Mancera competiría contra tres mujeres: una muy capaz, Beatriz Paredes, que ha sido casi todo en la vida política del priismo, e Isabel Miranda de Wallace, una mujer extraordinaria, que logró lo que pocos: llevar ante la justicia a los secuestradores y asesinos de su hijo, y luego convertir la lucha contra el secuestro y por la seguridad en el objetivo de su vida. Rosario Guerra tiene en ese sentido una carrera menor, pero incluso así, ha sido, en el pasado, una de las pocas lideresas que dio el PRI en el DF y que brillaron, en su momento, con luz propia.

Todas esas expectativas quedaron reducidas a una campaña opaca, en la cual la ventaja de Mancera sigue creciendo sin que el candidato de las izquierdas haga demasiado para impulsarla: en los hechos la administra y se encuentra enfrentado con un PRI que no ha encarado hasta ahora la campaña con la necesaria seriedad y un PAN que apenas ha logrado contactar su lógica tan burocrática y anacrónica, marcada por innumerables divisiones internas, sobre todo en el DF, con esas dos muy buenas candidatas que son Isabel Miranda y Rosi Orozco.

El debate del domingo fue la mejor demostración de ello. Sin duda lo ganó Isabel Miranda por un muy amplio margen. La pregunta es si servirá para algo, salvo la lucha que mantiene Isabel con Beatriz por el segundo lugar. Cualquier asesor electoral dirá que tiene su lógica la actitud de Mancera de no abordar temas, ni siquiera las preguntas más duras, que fueron desde el financiamiento del segundo piso de López Obrador (y del actual) hasta la desaparición presupuestal de 12 mil millones de pesos. ¿Para qué arriesgarse si la ventaja que lleva en la capital parece ser irreversible? Yo diría que por respeto al electorado. En cualquier otro proceso electoral, en una democracia mucho más exigente que la nuestra, el costo, con ventaja previa o no, para un candidato que no asume sus cuestionamientos, sería muy alto. En nuestro caso no fue ni será así. En realidad no va a pasar nada.

Lo que sucede es que el voto, sobre todo en la capital del país, se ha convertido cada vez más en un voto clientelar, basado en el poder de las tribus, los grupos de presión y de operación, ante los cuales las propuestas importan poco y el elector individual, mucho menos. Por eso en los debates no se abordan seriamente los temas del comercio informal ni de la basura y sus organizaciones de pepenadores ni el de la educación ni siquiera la seguridad, a pesar de que entre los cuatro candidatos hay un ex procurador de la ciudad, una luchadora por los derechos de las víctimas reconocida internacionalmente y una mujer que ha sido, entre otras cosas, gobernadora y subsecretaria de Gobernación. La gravedad de los enfrentamientos de la semana pasada entre los grupos de Alejandra Barrios y las fuerzas de seguridad en pleno Centro Histórico, la existencia de la llamada mafia cubana, no puede ocultar, por ejemplo, que Barrios está ligada al PRI (como antes estuvo muy ligada a Manuel Camacho y Marcelo Ebrard) y que su lucha es con los grupos que dirigen los familiares de Dolores Padierna, que ya en buena medida hegemonizan el comercio informal en la delegación Cuauhtémoc. Que no se aborde el tema de la basura deviene en forma directa de que un personaje tan oscuro como Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre será candidato priista al Congreso y financia a muchos otros aspirantes, tanto del PRI, aunque esté enfrentado con Beatriz Paredes, como del PRD, que también lo apoya (y se deja apoyar) en el complejo, corrupto y riquísimo negocio de la basura.

Esos grupos son, en realidad, los que manejan el Distrito Federal y con los que los candidatos y candidatas, los partidos y coaliciones, se ponen de acuerdo si quieren gobernar. Si eso es preocupante a nivel de la Jefatura de Gobierno, en las delegaciones llega a niveles dramáticos: por eso vemos que Bejarano se quedó con la mitad de las candidaturas a delegados en el DF o que, en el PRI, Cuauhtémoc Gutiérrez sigue sin ser tocado ni con el pétalo de una rosa.

En esa lógica de voto clientelar, de tribus, de grupos de presión, el dispendio para garantizar el voto cautivo es la norma y el voto de los ciudadanos independientes vale cada día menos. Por eso, el candidato que muy probablemente ganará la elección en la capital, un hombre además reconocidamente capaz, se puede dar el lujo de no contestar un solo cuestionamiento serio, en un debate televisado, a sólo dos semanas de los comicios. Y no pagar ningún costo. Los grandes electores en el DF, desgraciadamente, son otros.

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