junio 10, 2012

¿Y si hubiera sido Ebrard?

Pascal Beltrán del Río (@beltrandelriomx)
Bitácora del director
Excélsior

Nunca sabremos qué habría sido de esta elección si Ebrard hubiese sido el candidato. Pero se vale imaginar que él sería un rival más completo.

El hubiera se presenta como una incógnita, pequeña o grande, en la vida de los individuos y las sociedades. Hace reflexionar sobre las decisiones tomadas y permite imaginar escenarios distintos.

Aunque el lugar común sea que no existe, el hubiera puede hacer que uno se alegre de no haber caído en desgracia o llore las oportunidades perdidas. En ese sentido, es un elemento de análisis.

Hace tres años, el periódico británico The Independent dedicó un largo reportaje a la pregunta: ¿qué habría pasado si el papa Clemente VII hubiera permitido que el rey Enrique VIII anulara su matrimonio con Catalina de Aragón?

No se trataba de un ejercicio fútil, histórica o periodísticamente. Se basaba en la revelación de documentos por parte del Vaticano en los que, en 1530, súbditos ingleses apelaban a la cabeza de la Iglesia católica para que aprobara la disolución de la pareja real, que, luego de 24 años de casada, no había podido procrear a un heredero al trono y así mantener la dinastía Tudor.

Para el historiador David Starkey, la negativa del Papa ha sido “el hecho más significativo de la historia de Inglaterra”, pues no sólo forjó el carácter de esa nación, sino que la impulsó a separarse cultural y políticamente de Europa y a buscar, en el otro lado del Atlántico, territorios para expandir las ideas protestantes.

Otro experto, Eamon Duffy, de la Universidad de Cambridge, ha probado que el catolicismo no era débil en Gran Bretaña en aquel tiempo y que la reforma que sucedió a la ruptura con Roma tuvo que ser impuesta por la fuerza.

Uno de los actos fundamentales del anglicanismo, consumado en su primera década, fue la traducción de la Biblia al inglés, lo cual rompió la arraigada tradición del uso del latín, pero no sólo eso, sino la popularización de la lectura del libro.

Entonces, ¿qué habría pasado si Clemente VII autoriza la anulación del matrimonio de Enrique VIII, tal como lo había hecho el papa Alejandro VI a favor del rey francés Luis XII en 1499? Los historiadores entrevistados por The Independent no tienen duda: el mundo sería hoy muy distinto. Entre otras cosas, la Gran Bretaña sería un país católico y quizá nunca hubiera sido la potencia en la que llegó a convertirse.

Pero no se trata de imaginar una cadena de acontecimientos a partir de los caprichos de la naturaleza o chifladuras como aquella de “si mi tía tuviera ruedas…” Por ejemplo, no es cosa de pensar qué habría pasado si Catalina de Aragón hubiera tenido un hijo varón, sino de evaluar las decisiones de los poderosos a la luz de lo sucedido después y como consecuencia de ellas.

En ese sentido, creo que la historia de la elección presidencial de 2012 se decidió el 15 de noviembre pasado, cuando se dieron a conocer los resultados de la serie de encuestas para elegir al candidato de la coalición de izquierda.

Ese día, en una conferencia en el hotel Hilton Alameda, Andrés Manuel López Obrador alcanzó su segunda candidatura presidencial y dejó en el camino al jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, quien le cedió el paso con una dignidad pocas veces vista en la política mexicana.

El gesto de Ebrard fue fundamental para lo que vendría después: la primera unificación de la izquierda en muchos años. Las facciones lopezobradoristas, cardenistas y las conocidas como Los Chuchos se unieron en torno de López Obrador. Se olvidaron viejos agravios y descalificaciones.

Nadie podría negar que López Obrador ha tenido éxitos en su campaña. Arrancó tercero en la contienda y logró rebasar a la panista Josefina Vázquez Mota (aunque la última encuesta de BGC-Excélsior los tiene empatados en segundo lugar). Uno de sus mayores logros ha sido capitalizar a su favor el movimiento de los jóvenes universitarios que rechazan el retorno del PRI a Los Pinos.

Sin embargo, estamos a tres semanas de las elecciones y López Obrador aún está a más de un dígito de distancia del priista Enrique Peña Nieto en la mayoría de las encuestas. Y no parece, salvo que ocurra un acontecimiento extraordinario —por ejemplo, en el debate de esta noche—, que el tiempo le vaya a alcanzar para remontar la distancia entre él y el puntero.

Y eso es porque, entre otras cosas, la candidatura de Vázquez Mota no da visos de derrumbarse. Al contrario, en las últimas dos semanas la ex secretaria de Estado subió cuatro puntos en la encuesta BGC-Excélsior, a raíz de haber arreciado sus ataques contra el candidato de la izquierda, de quien prácticamente no se había ocupado en la campaña. Al no caerse las perspectivas de Josefina, la cantidad de votantes panistas dispuestos a votar por otro candidato distinto al PRI es limitado. Y el tiempo sigue su marcha.

Sería temerario decir que la elección del 1 de julio esté ya decidida, pero cada día que pasa sin hechos que cambien el curso de la campaña —ya pasó un mes desde el acto en la Universidad Iberoamericana que desató una ola de antipriismo—, más se fortalece el puntero de las encuestas. Eso se siente en las últimas declaraciones de López Obrador, quien ha denunciado que se ha puesto en marcha un operativo de “fraude” en su contra.

Aquí es donde cabe preguntarse qué habría pasado si aquel 15 de noviembre Marcelo Ebrard hubiera sido declarado como el candidato de unidad de las izquierdas.

Se puede decir, objetivamente, que al jefe de Gobierno del Distrito Federal nadie le hubiera podido echar en cara que es un riesgo para la economía del país, como hoy sostienen el PRI y el PAN sobre López Obrador. Si algo ha sido Ebrard en su visión de futuro es pragmático y cuidadoso. En el tiempo que tengo de observarlo, nunca le he conocido una promesa o una acción de gobierno que no estén razonablemente sustentadas en datos.

Tampoco se podría acusar a Ebrard de abonar a la polarización del país ni de haber hecho un plantón en Reforma ni de acusar a quienes no piensan como él de ser títeres de los poderes fácticos.

No cabe duda que priistas y panistas habrían escarbado en su historia, en busca errores, inconsistencias y actos ilegales. Pero, sinceramente, ¿qué habrían encontrado que sea peor que lo que se usa hoy en spots negativos contra López Obrador? Probablemente nada.

Por otra parte, ¿habría podido Ebrard unificar a la izquierda como lo ha hecho AMLO? No veo por qué no, pues es un hombre claramente identificado con las ideas de esa corriente, aunque su éxito en ese sentido habría dependido de la capacidad de López Obrador de ser tan generoso con él como él lo ha sido.

Sin embargo, la verdadera diferencia no reside en eso sino en la posibilidad de que Ebrard recogiera una cantidad mayor de voto útil de lo que está captando AMLO. Las encuestas muestran a un porcentaje bajo de electores panistas dispuestos a votar por la izquierda para impedir que gane el PRI. Pero ¿cuántos sí habrían votado por Ebrard en un escenario idéntico al de hoy?

El jefe de Gobierno está concluyendo una muy exitosa gestión al frente del Distrito Federal. Tan es así que el candidato de la izquierda a sucederlo tiene un nivel de aceptación sin precedentes. La enorme mayoría de los capitalinos quiere continuidad en el gobierno local y eso es, en muy buena medida, por las cuentas que deja Ebrard.

En declaraciones recientes, el mandatario local ha contribuido a suavizar el clima de crispación de este proceso, haciendo un llamado a respetar el resultado del 1 de julio. También logró desactivar el choque que estuvo a punto de ocurrir, la noche del viernes, en el estadio Azteca, entre miembros del movimiento #YoSoy132 y presuntos porros del PRI que llegaron al partido México-Guyana en camiones fletados.

Ciertamente nunca sabremos qué habría sido de esta elección si Ebrard hubiese sido el candidato. Pero se vale imaginar que un aspirante como él sería, en las circunstancias actuales, un rival más completo para enfrentar a Enrique Peña Nieto.

Quizá éste, si finalmente gana la contienda, voltee hacia los hechos del 15 de noviembre y diga: “De la que me salvé”.

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