julio 06, 2012

AMLO y la teoría de Lineker

Fran Ruiz (@perea_fran)
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

¿Qué es el futbol?: “22 hombres que corren detrás de un balón durante 90 minutos y, al final, siempre gana Alemania”. Así dejó dicho para la posteridad el jugador inglés Gary Lineker. ¿Qué es la democracia?: “Cuatro candidatos que corren detrás de los electores durante 90 días y, al final… siempre gano yo”. Este parece ser el pensamiento de Andrés Manuel López Obrador.

Pues ya ven, no siempre es así. Ni ganó Alemania ni ganó AMLO. Los alemanes perdieron en semifinales contra los italianos en la Eurocopa y el candidato de las izquierdas perdió contra el priista Enrique Peña Nieto.

La grandeza del futbol y también de la democracia es que los que pierden reconocen con deportividad la derrota. Así hizo Italia el día que perdió contra España; o Al Gore, cuando perdió contra George W. Bush por un puñado de votos, en aquellas ya lejanas y reñidas elecciones del año 2000; así hizo Mariano Rajoy, cuando felicitó a José Luis Rodríguez Zapatero en las elecciones de 2004, cuando todas las encuestas anunciaban que el candidato del PP iba a ganar; así hizo el año pasado en Perú Keiko Fujimori, que acudió a abrazar a Ollanta Humala pese a perder por la mínima; hasta en Egipto, donde nunca se habían celebrado elecciones democráticas, el candidato de los temidos militares reconoció la victoria de su adversario de los Hermanos Musulmanes, nada más hacerse públicos los resultados oficiales. ¿Por qué entonces México debe ser diferente?

No debería. De hecho, la alternancia en el poder —el mejor síntoma de la normalidad democrática— se dio tranquilamente cuando Cuauhtémoc Cárdenas ganó las primeras elecciones libres para elegir jefe de gobierno capitalino, o cuando el presidente Zedillo anunció, por primera vez, un sucesor que no era del PRI. Tampoco se trata de fallas en el escrutinio: el jefe de observadores de la OEA, César Gaviria, sentenció que en las elecciones del domingo no hubo irregularidades serias y calificó el sistema electoral mexicano como uno de los mejores del continente. ¿Para qué entonces seguir pataleando por un fraude masivo en las urnas que nadie ha visto?

Se me escapa cualquier respuesta lógica, a no ser que López Obrador realmente padezca una obsesión enfermiza por alcanzar el poder, al precio que sea. Este es el mayor peligro para la izquierda decente, por eso debe urgentemente extirpar este tumor si no quiere verse peligrosamente contaminada y arruinar sus posibilidades de ganar, por fin, las elecciones presidenciales de 2018.

Es lo que ha pasado, sin ir más lejos, en la Ciudad de México. Si algo quedó claro en estas pasadas elecciones es que la gente premió la gestión de un representante de la izquierda moderna, Marcelo Ebrard, con una aplastante victoria de su sucesor, Miguel Ángel Mancera; y también quedó claro que el propio López Obrador se aprovechó de la popularidad de Ebrard para aumentar su caudal de votos.

Pero, que no se engañe. Si cree que esos votos son incondicionales, se equivoca; los ganó porque muchos creyeron que iba a aceptar las reglas de juego, como habría hecho Ebrard.

Llegados a este punto, la izquierda tiene que reaccionar: o se deja arrastrar de nuevo por la huida hacia delante de AMLO o lo saca de la partida, como haría un buen entrenador de futbol, y escoge un capitán competente e incluyente, como hizo en su día Luiz Inacio Lula da Silva, quizá el político que más podría aconsejar a López Obrador para que desista de la locura suicida que supone su estrategia del enfrentamiento.

El caso Lula se reduce básicamente a un astuto cambio de estrategia cuando ya nadie se lo esperaba.

Lula, el antiguo líder sindicalista, estaba convencido de que para ganar las elecciones bastaba con mucho carisma y un lenguaje izquierdista muy combativo, enfrentado siempre a las clases empresariales. Perdió las elecciones de 1989, de 1994 y de 1998, hasta que se hartó y el llamado “eterno candidato” se dejó aconsejar, por primera vez, por una izquierda más moderna y moderada. Se quitó el overol, se puso saco y corbata, dejó de apoyar las invasiones de campesinos de tierras y los plantones y se dirigió a las clases medias urbanas. Ganó de forma aplastante las elecciones de 2002 y cuando le tocó retirarse del poder lo hizo sin intentar perpetuarse en él.

La pregunta, por tanto, ahí se las dejo: ¿A quién se parece más AMLO, al Lula perdedor o al Lula ganador?

Para mí está claro: se parece al primero, y lo peor, sigue defendiendo su propia versión de la teoría de Lineker, la de que él siempre gana. Así que, si la izquierda mexicana quiere llegar alguna vez a gobernar desde Los Pinos, tendrá que empezar a buscar un candidato que se parezca al Lula ganador. Tienen un sexenio por delante.

No hay comentarios.: