julio 31, 2012

El dilema de la izquierda mexicana

Roberto Blancarte
Milenio

¡La izquierda, unida, jamás será vencida!” Esa solía ser una de las consignas que se coreaban hace 30 o 35 años, cuando se hacían las primeras marchas permitidas al Partido Comunista y otras fuerzas progresistas. Me parece que sigue siendo un eslogan válido, aunque siempre ha tenido muchas dificultades para ponerse en práctica. La izquierda mexicana, como todas las otras agrupaciones políticas del país, no es homogénea ni monolítica. Está compuesta por innumerables tendencias, posiciones, corrientes, tribus, ideologías, facciones, individualidades, divas, personalidades, caudillos, agrupaciones, posturas, ambiciones, utopías, etcétera. Hasta ahora, muy pocos han logrado articularlas y nadie lo ha hecho completamente. Probablemente nadie lo hará, porque simple y sencillamente es una tarea imposible de realizar.

Sin embargo, en algunas ocasiones ha habido momentos en los que esta unidad se ha logrado; 1988 fue probablemente el momento en que esta unidad, que incluía desde el nacionalismo revolucionario hasta el socialismo unificado, tuvo su mejor momento. Luego, ha habido otros momentos en los que la izquierda ha tendido a unificarse, pero por una razón u otra o bien ésta no se ha logrado completamente o bien ha sido una unión ficticia. Es el caso, me parece de las campañas de 2006 y 2012.

En las elecciones de 2006 Andrés Manuel López Obrador no ganó la elección presidencial debido a su soberbia, que le impidió realmente aglutinar al conjunto de las fuerzas de izquierda. Según los conteos oficiales, el candidato de las izquierdas obtuvo 14,756,350 votos, es decir, 243,934 votos menos que los 15,000,284 obtenidos por Felipe Calderón. Lo que la historia olvida es que Patricia Mercado, candidata del Partido Social Demócrata (PSD), obtuvo 1,128,850 votos, es decir casi cinco veces la cantidad que López Obrador necesitaba para vencer a Calderón. En el fragor de la lucha postelectoral, ya nadie se acordó de esos votos y lo que hubieran significado. Lo cierto es que, asumiéndose un casi seguro ganador unos meses antes, López Obrador despreció los acercamientos e intentos de lucha unitaria que le ofreció el PSD. Nunca imaginó que necesitaría esos votos de esa izquierda y simplemente los desechó. En otras palabras, si López Obrador hubiera sido realmente el candidato de todas las izquierdas, hubiera triunfado y con cierta holgura, en las elecciones de 2006.

Pero López Obrador no aprendió la lección. Lejos de ello, a partir de 2006 comenzó a dividir al PRD, el partido que él mismo había dirigido y que lo había lanzado como candidato, retomando el membrete y la estructura del Partido del Trabajo (PT), desviando recursos materiales y humanos para la construcción de una plataforma propia. En las elecciones de 2009 fue evidente que López Obrador hizo campaña a favor del PT y en contra del PRD, sobre todo allí donde no los consideraba sus aliados incondicionales. Aún así, el PRD logró obtener más del 12 por ciento de los votos, los cuáles no eran muchos, pero sí más que el 3.7 por ciento del PT. El resultado fue que el PRD logró tener 71 diputados, mientras que el PT solo 13. De cualquier manera, la obra de división de la izquierda llevada a cabo por López Obrador, seguía adelante.

Solo la prudencia y un cálculo político (desde mi punto de vista equivocado), condujeron nuevamente al PRD a apoyar a López Obrador en su candidatura por la Presidencia de la República. Digamos que fue la unidad impuesta desde el exterior, porque la dirigencia perredista sabía que López Obrador de todas maneras se iba a lanzar apoyado por el PT y que sin esos votos era irrealista aspirar a la victoria en las elecciones presidenciales. Así que prefirió apoyar a aquel que los había dividido, en aras de un supuesto bien mayor, que era alcanzar la Presidencia de la República. Pero López Obrador no ganó, más allá de las irregularidades y vicios electorales, por la simple y sencilla razón de que muchos que votaron por el PRD y por las otras fuerzas de la coalición progresista, no quisieron votar por él. De hecho, como es bien sabido, el candidato de las izquierdas obtuvo en 2012 solo 31.64% de los votos, mientas que en 2006 había alcanzado 35.33%. En otras palabras, por las razones que usted quiera, pero fue a la baja.

Ahora, el Consejo Nacional del PRD, dentro del cual hay no pocos lopezobradoristas, comienza a hacer sus cuentas y comienza a tomar una cierta distancia de quien fue su candidato presidencial. La sentencia de que no basta con señalar únicamente que hubo fraude electoral, sino que, si se pretende invalidar la elección, se tienen que reunir elementos jurídicos y probatorios, es, quisiera creer, el principio de un deslinde necesario. La supuesta aceptación de que se necesitan mutuamente, que es más bien una frase del dirigente nacional del PRD, más allá de su validez, tendrá que ser probada con hechos en el futuro. Hasta ahora, López Obrador no ha hecho nada que vaya en esa dirección, más que cuando ha necesitado al partido. Sin embargo, para mi gusto, la pregunta permanece: ¿necesita el PRD seguir encadenado a un candidato que ha dividido a la izquierda y que nunca va a ganar? ¿Hay alguna razón por la que dicho candidato siga imponiendo su visión? Yo, francamente, creo que no.

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