julio 12, 2012

El hombre que no sabía perder

Alfonso Zárate Flores (@alfonsozarate)
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC
El Universal

La batalla que ha emprendido Andrés Manuel López Obrador para anular la elección presidencial está condenada al fracaso por una razón muy simple: no se concretó ninguna de las causales que señala la ley. Sin embargo, en algo tiene razón: el proceso electoral que culminó el primero de julio estuvo marcado por la inequidad, el despliegue abusivo de recursos y las dudas sobre la inducción o “compra” de votos (el uso de tarjetas de Monex y Soriana). Una elección “de baja calidad”, como la definió Eduardo Huchim.

Pero esta disputa no fue entre buenos y malos. El despliegue de malas artes tiene larga data y no es monopolio priísta. El PRD en el DF ha exhibido desde hace muchos años las peores prácticas clientelares y el PAN tampoco puede reclamar pureza (las denuncias por fraude menudearon, incluso, en su contienda interna por las candidaturas).

Hablar de inequidad implica recordar que uno de los candidatos, López Obrador, lleva 12 años en campaña y que en los últimos seis no ha hecho otra cosa que invertir la totalidad de su tiempo en la construcción de las redes que debían llevarlo a la Presidencia. De igual forma, registrar que las políticas sociales que implantó como jefe de Gobierno del DF se tradujeron en redes clientelares; la mejor prueba de ello es el acarreo de adultos mayores a sus concentraciones.

En las próximas horas conoceremos si López Obrador aprendió algo de la dura experiencia de la elección de 2006; de su incapacidad para reconocer errores y desatinos, como aquello de erigirse en “presidente legítimo”, con todo y banda presidencial; designar un “gabinete” para un gobierno imaginario; instalar un bloqueo en Paseo de la Reforma y tratar de impedir con un “cerco popular” en San Lázaro la toma de protesta de Felipe Calderón.

En esta campaña, Andrés Manuel se propuso reducir los “negativos”, pero su conducta errática lo ha llevado a transitar, sin escalas, del odio al amor y de regreso: un día instaura la república del amor y otro reprueba a los consejeros electorales; otro día firma un compromiso para respetar los resultados electorales, para ignorarlos más tarde.

Con esa dinámica de bandazos y ocurrencias decidió enfrentar los “malos” resultados en su segunda intentona por llegar a Los Pinos. No obstante que, por ejemplo, el rector de la UNAM, José Narro, defendió la solidez e inviolabilidad del PREP, López Obrador exigió el recuento de los votos. Cuando el IFE lo autorizó —porque estaba contemplado en la ley— y se recontaron 78 mil 469 paquetes electorales (54.7% del total) sin mayores ajustes, entonces el tabasqueño denunció la “compra de votos”: cinco millones de ciudadanos, parte del “pueblo bueno”, le habrían hecho caso en eso de “ustedes reciban lo que les den, pero voten conforme a su conciencia”. Sólo que, por múltiples razones, su conciencia los llevó a votar por el Revolucionario Institucional. Pero, entonces, ¿qué pasó con ese ejército de cientos de miles preparados para cuidar las casillas y evitar el fraude?, ¿también “se vendieron”?

Lo que es evidente es la disociación del candidato “progresista” con la realidad: sólo cree aquello que deriva de su propia percepción y, en esa lógica, no puede admitir que perdió otra vez; y ahora no por la mínima diferencia de 0.56% sino por siete puntos y más de 3 millones de sufragios; por eso injuria a millones de ciudadanos cuando dice que no votar por él sería “un acto de masoquismo” o cuando asegura que los votos por el PRI son en favor de la corrupción o votos comprados.

Lo que decida ahora responderá, en gran medida, a la forma en que se resuelva la tensión entre los moderados y los radicales de su entorno inmediato; entre un Ricardo Monreal instalado en la lógica rupturista —junto con la directiva del SME y facciones del #YoSoy132— y figuras de sensatez acreditada como Cuauhtémoc Cárdenas, Juan Ramón de la Fuente, Manuel Camacho y Marcelo Ebrard.

Posdata

Decía Hegel que la historia siempre se repite, pero la primera vez como tragedia y la segunda como farsa. ¿Intentará de nuevo López Obrador erigirse en “presidente legítimo”?

No hay comentarios.: