julio 18, 2012

El PRI y su victoria decadente

Marco Rascón (@MarcoRascon)
www.marcorascon.org
De monstruos y política
Milenio

El PRI con sus recursos millonarios, sus apoyos mediáticos, su viejo sistema corporativo y el apoyo de 20 gobernadores, apenas obtuvo una primera minoría de 38 por ciento: gana gracias a los errores estratégicos de los contrarios, pero tiene a la expectativa nacional y la mayoría en contra.

Gracias a la falta de visión de progresistas y conservadores que tuvieron en 2006-2009 la mayoría política y del Congreso, gracias a la polarización de “izquierda contra derecha”, el PRI se reconstruyó como “centro” con dos características: no tiene ya posibilidad de unificar al país desde los intereses que lo dominan y el presidencialismo vetusto, pero sí tuvo fuerza suficiente para impedir que otros gobernaran, aunque ahora sea una minoría. Su inspiración no vino de Plutarco Elías Calles, sino de Maquiavelo.

Con su 38 por ciento de poder, con un sistema político agotado y decadente, el PRI se ha montado en un tigre, pues no representa internamente siquiera una unidad sólida en el priismo. Para conservar su raquítico poder, deberá resolver la disputa entre quienes quisieran reconstruir el viejo presidencialismo, o los que propusieron desde la oposición al gobierno panista, la necesidad de construir una mayoría basada en la reforma al sistema político y, en particular, la relación entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo.

Con esa pobre representatividad y de acuerdo con los métodos del esquema autoritario, solo se puede gobernar dividiendo al país, mediante las viejas herramientas del miedo y la corrupción. Es tan débil la fuerza que le sustenta, que esa alternativa solo llenará al país de conflictos e inauguraría una nueva etapa de paralización y estancamiento.

El PRI como aliado de la globalización tampoco es confiable por su debilidad congénita. No es una opción de largo plazo para pactar con ellos cambios estratégicos; se podría decir, que la victoria priista significa el punto de mayor debilidad del sistema político mexicano, y por tanto, su única opción es un golpe de timón contra su propia cultura e inaugurar una nueva incapacidad de cambio, restaurando visiones oligárquicas anacrónicas.

Bajo estas consideraciones, ¿cuál debería ser la posición de las fuerzas democráticas? Si la izquierda pretende rebasar el proceso legal después de la primera semana de septiembre, entraría al campo favorable de los peores intereses del priismo, al no entender la magnitud de la debilidad del PRI frente a la lucha legal que se debería dar en el Congreso, por un fisco equitativo, en la lucha social, la democratización de los medios, la cultura, los cambios al sistema educativo, de salud y la reconstrucción de la producción agrícola e industrial.

Hoy, la impugnación hasta el final de la decisión del Tribunal Federal Electoral es la base de las reformas necesarias para una reforma completa del sistema político, incluyendo poderes, partidos y clientelismo. Pero se necesita más.

México ya no soporta un sistema basado en la desconfianza. Es hora de que a un mexicano no se le puede confiar una urna o un presupuesto porque o defrauda el voto o se roba el recurso público. ¿Cuánto nos cuesta vigilarnos unos a los otros, por considerarnos irremediablemente rateros o defraudadores? El cambio debe ser muy profundo para avanzar y eso requiere dejar las trampas, la demagogia, el maniqueísmo, el enriquecimiento ilícito y la corrupción generalizada.

El PRI, en su soledad, es incapaz de situar a México frente al mundo, las crisis y las vanguardias de pensamiento. El PRI es un fruto más en esta larga noche de mediocridad política donde el país ha sido víctima de la demagogia, la utilización del hambre para ganar votos, de los mensajes sin contenido, de las ocurrencias y los cantos de victoria que no conducen a nada ni entusiasman a nadie.

Las fuerzas progresistas y democráticas en este período han jugado pésimamente en el esquema de los tercios y la inexistencia de una mayoría preclara. El punto de partida desde 2006 no era esperar el derrumbe del país para que ganara lo bueno, sino afinar los conceptos, las propuestas y ganar a lo más avanzado del país, en lo social, lo cultural y lo intelectual. Son millones de mexicanos que esperan y quieren ver el final del túnel y no quedar como espectadores en la lucha de víctimas y victimarios del fraude crónico.

Trascender el 1 de julio no es claudicación, es levantar la vista para transformar con el respaldo de millones que esperan el cambio y no la restauración, pues el PRI lo que ganó fue un sistema político en ruinas que hay que demoler con ideas, propuestas e imaginación.

Sin pecar de ingenuos, el PRI estará respaldado por la oligarquía, los monopolios y sus intereses. Este PRI que llegó no es nuevo ni viejo, es el que surge del fracaso y la decadencia de un sistema que agoniza. Su triunfo es su epitafio: haber regresado a la Presidencia es su funeral, y su victoria pírrica, la tumba de su cultura autoritaria.

Éste es el momento del diálogo, el cambio y la reforma de México.

Empujemos.


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