julio 07, 2012

El saldo

Julio Faesler
Consultor
juliofelipefaesler@yahoo.com
Excélsior

La siguiente administración tiene una particular carga histórica.

Ha terminado la parte sustantiva del proceso electoral del 2012, tercero del que realmente puede decirse que fue completamente decidido por el voto popular.

La jornada del domingo pasado resultó sorprendentemente tranquila. Las 143 mil casillas se integraron casi en su totalidad y esa noche los paquetes electorales fueron entregándose sin incidentes en los comités distritales del IFE.

La democracia mexicana avanzó y la terquedad de AMLO acaba sirviéndole de prueba. Seguir insistiendo en que por no entregarle los laureles de la victoria fue falso todo el proceso, contraría con la compulsa voto por voto, casilla por casilla, que se está haciendo y que, caso por caso, va desechando la insostenible controversia. Se está dando el cerrojazo definitivo al largo capítulo de burdos atracos a la voluntad popular que México vivió durante casi todo el siglo XX.

La democracia no garantiza, empero, que los votantes se receten lo que más les conviene. Los próximos seis años dirán si México acertó en apostarle al regreso del PRI.

¿Nostalgia de un régimen paternalista que a todo tenía respuesta? ¿Necesidad de un cambio de estafeta? ¿Las deficiencias de las campañas que mucho antes de concluir colmaban la paciencia por su falta de creatividad? En efecto, las campañas fueron de peso ligero. Al electorado nunca se le explicó qué había de fondo en las propuestas planteadas.

La visión panista de nación, neoliberalismo matizado con responsabilidad social del sector privado, humanismo enmarcado en macroeconomía, con fe en la vía electoral, inspiró las dos últimas administraciones. Esta concepción fue fuertemente contestada por un PRD que se pronuncia por someter los intereses particulares a los del Estado y emplea el asambleísmo tumultuario para tomar decisiones de fuerte carácter social. La tercera posición, la del PRI, evitó definiciones. Prefiere un esquema para soluciones inmediatas a los problemas socioeconómicos evitando identificaciones teóricas: pragmatismo puro.

La falta de claridad conceptual en las propuestas impidió, sin embargo, detectar el sentido más trascendente de cada opción.

Como resultaron las cosas, el voto popular expresó el rechazo a bajos salarios y desempleo y alarma por la inseguridad. Hay que notar, empero, que por mucho que afectó a varias regiones del país, la guerra contra el crimen organizado no fue, al final de cuentas, un factor determinante de la elección, como se pensó. Todos los candidatos convinieron en que esta lucha debe continuar aunque con otras modalidades. Tanto en Nuevo León como en Tamaulipas, estados fuertemente golpeados por el narco, el PAN ganó votos.

La elección de 2012 no fue arena de confrontación ideológica. Estuvieron presentes, ya está dicho, los problemas de inseguridad, desocupación, desigualdad social y el déficit educativo. Estos asuntos fueron planteados como hechos que reclamaban urgente atención. Estructuras políticas, modelos fiscales, programas estatales para crear empleos, o bien, el dilema de escuelas gratuitas públicas versus escuelas privadas de paga, son temas que quedarán para elecciones con mayor reflexión ciudadana. Entre tanto, los próximos seis años serán para decisiones de mucho pragmatismo sin grandes tesis sociales.

La corrupción, tema obligado en todos los países, generó innúmeras acusaciones recíprocas entre los candidatos. Lacra que drena una muy alta proporción de nuestros escasos recursos económicos, la corrupción está presente en todos los ámbitos públicos y privados de nuestra vida. La siguiente administración, por ser priista, tiene una particular carga histórica en esta materia. Decidirá si simplemente la vuelve a factorizar en su esquema administrativo, o si reemprende con honestidad una gran cruzada nacional en su contra. Aquí, nosotros, como pueblo, también confrontamos una prueba de fuego.

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