julio 13, 2012

ETA y la culpa del pueblo vasco

Fran Ruiz (@perea_fran)
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Hace exactamente 15 años ETA ejecutaba a Miguel Ángel Blanco. El joven de 29 años fue hallado culpable y condenado a muerte por haber cometido el “crimen” de afiliarse al Partido Popular (PP) y ser concejal de Ermua, un pueblo obrero del interior del País Vasco.

Tras emitir su veredicto, la banda terrorista vasca lanzaba un ultimátum al gobierno español de José María Aznar: si en 48 horas no acercaba a todos los presos etarras al País Vasco, su rehén moriría. Semejante chantaje, imposible de cumplir, tuvo un efecto demoledor en la conciencia colectiva de los españoles: el fantasma de los fusilamientos del franquismo resucitaba y se reencarnaba en una pandilla de terroristas encapuchados. De inmediato, las calles de las ciudades españolas, incluida Bilbao, la gran urbe vasca, fueron tomadas por miles de personas para pedir a ETA, para suplicar a ETA, que por favor no ejecutara al muchacho.

La respuesta de los etarras ya la conocemos: desoyeron el clamor popular y dispararon a la cabeza del joven, dejándolo tirado y agonizando. Horas después Miguel Ángel Blanco moría. Su martirio, sin embargo, no fue en vano, ya que con él nació “el espíritu de Ermua”, una imparable rebelión popular contra ETA que creció al grito de “¡Basta ya!”.

Ese 13 de julio de 1997, ETA empezó a cavar su propia tumba, la que hoy, 15 años después, tiene lista para ocupar. Sin embargo, la serpiente enroscada a un hacha (no podían los terroristas haber escogido mejor símbolo) se resiste a morir, a pesar de que reconoció implícitamente el año pasado que había sido derrotada, tras anunciar su cese del fuego definitivo. Si sigue viva es por el mismo motivo que permitió que viviera durante casi medio siglo: porque una parte significativa del pueblo vasco aplaudió su existencia y hasta la fecha sigue justificando sus casi mil asesinatos, y si hubieran más, también los justificaría.

ETA nació, vivió y se resiste a dejar las armas porque tiene apoyo social, aunque éste sea ya marginal. Esto es lo que diferencia al pueblo vasco de otros pueblos con tensiones separatistas occidentales, como los de Escocia o Quebec. Gran parte del pueblo vasco aceptó durante décadas el terrorismo como forma de lucha, aplaudiendo o mirando para otro lado; por el contrario, tanto escoceses como quebequeses jamás permitieron que en su nido anidara la serpiente. Al final, el nacionalismo vasco tiene razón en al menos una cosa: efectivamente son el pueblo más primitivo de Europa, el resto (salvo excepciones, como el pueblo alemán, que todavía arrastra su propia culpa) evolucionó afortunadamente sin ese gen condescendiente con el asesinato. Obviamente no todo los vascos nacieron así: no todos bridaron con champaña cuando ETA cometía asesinatos ni ocultaron a los terroristas en sus casas (entre ellos muchos sacerdotes, por cierto) ni hicieron homenajes de héroe a los etarras caídos o apresados ni trataban de justificar sus “acciones armadas”, señalando falsamente que el Estado español reprimía al pueblo vasco (como no se cansan de repetir, deformando la realidad, sus medios de comunicación afines, uno incluso en México). Había y hay, por supuesto, muchos vascos que aborrecen el terrorismo y que lo combatieron como debe ser, mediante el juego democrático. Es el caso del filósofo Fernando Savater o el del propio Miguel Ángel Blanco, pero para los radicales vascos ambos no pueden ser otra cosa que traidores y, por tanto, estaría justificado que fuesen asesinados por ETA. Con el segundo lo lograron hace ya 15 años, con el primero lo intentaron, pero no pudieron con él.

La cosa habría continuado así —con los asesinatos, los homenajes a etarras, con vascos “traidores” viviendo con la amenaza de ser rematados de un tiro en la nuca o de un bombazo— de no haber anunciado ETA el abandono de la violencia, como se lo pidió su ilegalizado brazo político, los herederos de Batasuna. Pero, que nadie se lleve a engaño; esto no ocurrió por una repentina pérdida de ese gen que convierte a muchos vascos en proclives al asesinato; ocurrió porque hace diez años los dos grandes partidos españoles, el PSOE y el PP comprendieron que los etarras nunca iban a parar de matar, a no ser que endurecieran al máximo las leyes penitenciarias y políticas. El Congreso español aprobó la Ley de Partidos, que manda a la clandestinidad a organizaciones que apoyaban al terrorismo. “No se atreverán”, dijo en su momento desafiante el líder de Batasuna; pero se atrevieron y pasó a la clandestinidad. Del mismo modo, se alargaron las penas por terrorismo y los etarras con delitos de sangre, muchos de ellos jóvenes, pasarán gran parte de sus vidas en cárceles. Esto fue lo que acabó con ETA y no porque se hayan arrepentido de matar.

El fin de ETA, sin haber conseguido ninguno de sus objetivos —la creación de un Estado vasco independiente y marxista-leninista, así como la amnistía a los presos— es el mejor homenaje que los españoles pueden hacer a Miguel Ángel Blanco. En cuanto a los vascos, que reflexionen sobre cómo se permitió que creciera en su tierra la serpiente terrorista. Que sepan que la historia los juzgará.

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