julio 13, 2012

Gastos, votos y cartón

Rafael Cardona (@cardonarafael)
racarsa@hotmail.com
El cristalazo
La Crónica de Hoy

—¿Cómo estás, Arturo?

—Bien, me respondió Arturo Núñez a la entrada de una enorme carpa donde se alojaban los manifestantes espontáneamente llegados de Tabasco al Zócalo de la ciudad de México, en apoyo de la protesta de Andrés Manuel contra el fraude electoral del 2006.

—Aquí, prosiguió, cuidando el movimiento.

Junto a esa delegación estaban los zacatecanos y a la puerta de su campamento, obviamente, con sombrero y desaliño, Ricardo Monreal.

Días de sacrificio y larga noche en la plancha de concreto y más allá, donde se respiraba el heroísmo del sacrificio y la pureza de la protesta. En el campamento se percibía el aroma de la resistencia civil pacífica y eran trepidantes los discursos del líder en contra del impostor, del pelele, del espurio.

Hombres y mujeres sentían —o hacían como si sintieran— la ardua responsabilidad de sentirse motores de la historia, el cambio y la dignidad. Así lo hicieron, cuando ya el campamento se había levantado para dejarle paso al desfile de soldados y caballos, tanques y lanchones de asalto, la tarde del 20 de noviembre cuando se instituyó, así como si nada, la Presidencia Legítima de los Estados Unidos Mexicanos. Ahí nomás pa’l gasto.

Hoy la historia se repite con algunas variaciones. Ya no se habla de manipulación en los resultados, sino de ilegalidad para conseguirlos. Los votos, muchos votos, casi 19 millones de ellos provienen de la mano negra, de la compra, del soborno a ciudadanos sobornables y complicados con los felones de la tarjeta o la lámina de cartón.

Cinco millones de corruptos vendieron el sufragio, lo cual es tan grave como poner a subasta la virginidad de la hija o la hermana o pagar con la esposa una apuesta de juego de naipes. Horror. Y los otros 14 millones de votos, pues esos no cuentan, provienen de quienes no tienen empacho en prolongar este corrupto régimen de traición popular, desvergüenza republicana e injusticia económica.

Entre corruptos y pobres han sentado en la silla a Peña.

Hoy el asunto queda en manos de jueces en un tribunal. Los ministros del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación tienen ante ellos un panorama kafkiano.

No pueden probar lo evidente.

—¿Hubo compra de votos en esta elección? Obviamente. Como en todas las anteriores y aquellas por venir.

—¿Se puede probar? No.

El mismo Arturo Núñez, experto en derecho electoral, promotor y organizador de las nuevas instituciones nacionales, como el IFE, tratadista en la materia con obra publicada (El nuevo sistema electoral mexicano, FCE 1991) y experto en asuntos jurídicos, dice:

“Al amparo del voto secreto, demostrar que el voto es comprado es imposible. Los votos que están en las urnas ahí están. Si fue voto comprado o fue voto libre, eso usted no lo puede decidir en la urna; tiene que ser lo que pasa afuera de la casilla, donde le quitan la credencial, se la condicionan, si retrataron la boleta, si tuvieron que entregar en la operación carrusel; es decir, la probanza está fuera de la casilla, dentro de la urna usted no puede decir: este voto es comprado y este voto es libre”.

Y como las cosas de afuera tampoco tienen una necesaria relación de casualidad con los hechos interiores de la casilla, pues el asunto se moja como la pólvora bajo la lluvia.

Menos sentenciosa en esta materia resulta la interpretación utilitaria de Andrés Manuel:

—“Yo les digo, agarren lo que les ofrecen. Llévense la carnada pero no muerdan el anzuelo”.

Pero si hay compra de votos también hay rebase de gastos de campaña. Y estos, sean del monto como se logre probar, tampoco son materia de anulación electoral.

Quizá esta resignación aprovecha del fenómeno universal de la compra (o estímulo o promesa o ilusión) del voto, sea la síntesis de muchos de nuestros problemas de legitimidad electoral.

Todo mundo sabe y todo mundo incurre en las falsas promesas, los regalitos conmemorativos (en el Museo de Bruno Newman se hizo hasta una exposición de objetos relacionados con las campañas desde Díaz hasta acá); la exhibición de resultados en programas sociales (Josefina hablaba de sus millones de pisos firmes, como si ella los hubiera hecho) y en general la ubicua vigencia del asistencialismo como semilla de clientelas estables, perdurables y constantes, cuya gratitud se traduce (o se quiere traducir) en votos, aceptación y prolongación de un sistema.

Así púes, habrá “anulación moral”, pero no jurídica.

No hay comentarios.: