julio 10, 2012

La sociedad fraudulenta

Ricardo Pascoe Pierce (@rpascoep)
Especialista en análisis político
ricardopascoe@hotmail.com
Excélsior

Después de escuchar los reclamos del movimiento antifraude de Andrés Manuel López Obrador, empieza a quedar claro que el concepto de “fraude” en la sociedad mexicana refiere a un vasto mundo confuso de fenómenos, muchas veces inconexos entre sí, que reseña una conducta perpetrada por muchos ciudadanos y organismos en contra del orden legal establecido. Con un infinito crisol y grados de grises que hacen confundir elecciones con no pagar impuestos o robar luz con ocupar ajena, o del funcionario que recibe sexo oral a cambio de un trabajo con la propina obligada al franelero.

Se denuncia la inequidad, pero la inequidad se legalizó, con el apoyo de todos los partidos, al votar en el Congreso la ley electoral vigente. Y lo mismo en todos los estados: a mayor votación en el proceso electoral anterior, más dinero se obtiene y mayor acceso a los medios de comunicación. Decir que fue inequitativo el proceso es simplemente confirmar lo que dice la ley. Ahora la supuesta explicación del fraude se extiende: que desde hace años se compraba a periodistas. Pero, vi a Porfirio Muñoz Ledo, en un programa por él conducido en el canal mexiquense, donde entrevistaba a personas mayormente de su “persuasión”. ¿Acaso todos los simpatizantes del PRD y de Morena que estuvieron en ese programa son unos vendidos también? ¿Es eso lo que se entiende por fraude?

Yo no dudo de que el PRI haya gastado más de lo legalmente establecido. Pero, ¿y los seis millones de dólares de Andrés Manuel? ¿Se iba a reportar ese dinero? A pesar de lo que dice, no tiene más autoridad moral que Peña, por la simple razón de que él hizo lo mismo que el otro. ¿Cómo se cree que arrasó el PRD en el DF? ¿Acaso la gente votó debido a su excelente propuesta ideológica? No. Ganó por el uso extendido del recurso público: despensas, tinacos, cemento, dinero, acarreo. Cuando se les pregunta a los perredistas sobre este fenómeno, no contestan o replican, agresivamente, sobre la maldad innata de Peña Nieto y el PRI.

El PAN quedó atrás en esta conducta, pero por poco. Lo aniquilaron las contiendas internas: fueron de guerra civil, con juego sucio en todos los sentidos. Y nunca se recuperó. Cuando empezó la elección, ya estaba tirado en la lona, aunque no lo sabía. Se derrotó a sí mismo. No lo derrotaron los otros partidos. Fue obra de sus pésimos candidatos, junto con las divisiones internas y una radicalidad que impidió hacer el esfuerzo para cicatrizar las heridas, aunado a su incapacidad para defender la obra de gobierno tanto de Calderón como de Fox. Una carencia notable de oficio político. No creo que el problema ahora sea la renuncia de sus llamados “líderes”, sino el reconocimiento franco de su incapacidad política, para crear las condiciones que permitan el surgimiento de una nueva escuadra de liderazgos emanados de las cenizas del desastre actual, tanto a nivel nacional como en el DF, especialmente.

Guerra sucia también es fraude, según la acepción popular que ahora recorre las fibras sensibles de la clase política. Hablar bien de otro también es fraude. Tener más representantes de casilla es indicativo de fraude, se dice. En suma, todo es fraude, y cualquier cosa en contra de este supuesto contribuye o es, esencialmente, parte de lo mismo: una gigantesca maquinación que hoy conocemos como fraude electoral.

Nadie puede tirar la primera piedra. Pero es hora de contribuir para recuperar la salud nacional, de orientar la mirada al futuro y trabajar para no considerarnos una sociedad fraudulenta. Los nuevos gobernadores lo harán, aunque sea por simple necesidad. Los partidos harían bien en seguir su ejemplo. Morena no va a tomar Reforma, porque no hay ambiente social para ello. Pero puede convertirse en el amargado de la patria los próximos seis años si no elabora una visión constructiva hacia adelante, sin la palabra “fraude” con su sello distintivo.

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