julio 04, 2012

Ni un paso atrás

Mauricio Merino
Investigador del CIDE
El Universal

La lectura más contumaz de los resultados electorales nos dice:

1) que el PRI ha vuelto intacto de su pasado y el país ha regresado por lo menos a los años 80; 2) que el triunfo de Peña no responde sino al poder de los medios, al clientelismo y al uso abusivo del presupuesto público; 3) que AMLO emprenderá otra etapa feroz de protestas en contra del nuevo fraude, de las instituciones electorales y del régimen democrático —en ese orden— hasta que no quede piedra sobre piedra; y 4) que Calderón encabezará al PAN cuando deje la Presidencia, tras haber pactado una transición basada en la impunidad. Así pues, en lugar de la consolidación democrática habríamos encontrado un desastre derivado de la corrupción, el miedo y el desencanto, a partes iguales.

Pero también hay otra lectura —menos dramática pero no menos crítica— capaz de ver entre los resultados de los comicios: 1) un enorme rechazo a las políticas emprendidas por el gobierno, asentado en una conciencia muy amplia sobre la responsabilidad política de su partido y en contra de la inexplicable e inconmovible lealtad de Vázquez Mota hacia Calderón; 2) un amplio segmento del electorado opuesto al gobierno de turno, pero conservador en sus preferencias y temeroso de la violencia verbal y política de AMLO; 3) un candidato de las izquierdas que no supo o no quiso entender el momento político del país y bloqueó con toda conciencia —y aun utilizando sus nombres para provecho propio— las candidaturas mucho más probables de Marcelo Ebrard o de Juan Ramón de la Fuente; 4) una coalición de izquierda triunfadora que, a pesar de todo, volvió a situarse en el segundo lugar de las preferencias totales y volvió a demostrar que, cuando sus candidatos no provocan encono ni miedo pueden ganar elecciones cómodamente, como sucedió en Tabasco, en Morelos y, sobre todo, en el DF; y 5) un PRI que consiguió montar y seguir una estrategia política pragmática y exitosa, con un candidato presidencial —apoyado por la élite del dinero y los medios— que no se salió nunca del guión.

Fuera de los partidos, también puede decirse: 1) que las elecciones del 2012 fueron el mayor desafío y el mayor éxito de organización que ha tenido el IFE en toda su historia; 2) que el desencanto con nuestra clase política trajo nuevos actores a escena, ajenos al régimen de partidos y capaces de mover las agendas públicas en plazos muy breves —como el movimiento #YoSoy132—; 3) que la pobreza de ideas y de contenidos en las campañas abrió un espacio que se llenaría a la postre con las propuestas y los estudios generados desde la sociedad civil —a izquierda y derecha del abanico ideológico del país—, donde hay mucho menos dinero pero mucha más calidad analítica que en los partidos políticos; y 4) que, por fortuna, la violencia no pesó más que la voluntad de los ciudadanos y el crimen organizado no bloqueó los comicios, convertidos ya en el mayor episodio de participación cívica que haya conocido México hasta el día de hoy.

La última de las lecturas posibles sobre el domingo pasado atañe a mis propios temores: 1) sobre el riesgo de que las protestas poselectorales encabezadas por AMLO se conviertan, finalmente, en una guerra de todos contra todos; 2) sobre la prepotencia de un amplio sector del PRI que, en efecto, pretenda leer estos resultados como un regalo para volver a las prácticas de corrupción, clientelismo y decisiones autoritarias; 3) sobre los últimos meses de este sexenio, que todavía pueden causar mucho más daño a la sociedad, si la transición entre gobiernos se lee como tierra de nadie; y 4) sobre las secuelas de la polarización que han generado estos resultados que no sólo han traído al PRI de regreso sino que pueden acabar devastando para siempre a la democracia. Ojalá ninguno de estos temores tenga sentido. Pero tengo para mí que, a partir de ahora y más que nunca, la agenda democrática de la sociedad debe defenderse por encima de todo y de todos. Ni un paso atrás.

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