julio 06, 2012

Otra vez

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Igual que hace seis años, López Obrador pierde la elección presidencial y no lo acepta. Igual que entonces, construye un discurso político para destruir la elección, ya que no puede ganarla. Hace seis años argumentó un fraude que nunca pudo probar, y precisamente por ello, el 11 de julio de 2006 escribía este articulista un texto llamado “La derrota del actor”, en donde enumeraba las mentiras proferidas por López Obrador en unos pocos días. Sólo extraigo un párrafo de entonces:

“La doble moral de López Obrador es un asunto aun más grave por la facilidad con que él mismo se califica de tener principios. No sólo eso, sino que ha dicho cientos de veces que él no miente. Mintió con los 3 millones de votos, miente con el fraude informático, miente con la manipulación del PREP (e implícitamente con la que ellos hicieron en el conteo distrital). Y miente cuando pide un conteo, voto por voto, sin pruebas para obtenerlo.”

Hace seis años López Obrador perdió por un puñado de votos, de manera que su argumento se centró en un fraude operado en la elección que, reitero, jamás pudo probar, aunque sigan circulando por internet fantasiosas explicaciones al respecto. Ahora su derrota es por más de 3 millones de votos, de forma que no le alcanza con el mismo argumento. Por eso, su estrategia es ahora descalificar todo. No es que le hagan fraude en la elección, sino que todo el proceso es una mentira, en su discurso. Todo el proceso en el que su coalición alcanza nuevamente triunfos importantísimos, pero no el suyo, que es el único que a él le importa.

Por eso la descalificación de las encuestas, que no es que hayan fallado por cuestión estadística, sino que estaban compradas (según él); por eso la descalificación del IFE, que no reaccionó a sus denuncias de gasto excesivo del PRI (que no documentaron); por eso la descalificación de los medios de comunicación, que actuaron en beneficio de Peña (más allá de los monitoreos, que muestran otra cosa, o de los medios que descaradamente han apoyado a López Obrador).

No me malentienda, no sostengo que la elección del domingo sea impoluta, prístina y perfecta, porque ésas no existen en ninguna parte del mundo. La nuestra debe ser un poco más mala que el promedio, dada nuestra historia. Aunque la elección en sí suele ser bastante buena, y la de este domingo fue excepcional, el proceso está manchado siempre con la coacción y compra de voto. Ocurre en Iztapalapa usando el agua como herramienta, en el campo usando dinero, ocurre con todos los partidos en todos los lugares.

Esas prácticas son muy difíciles de documentar, y por eso se siguen usando. Eliminarlas mediante la ley es imposible, y más regulación acaba resultando contraproducente. El mejor ejemplo es precisamente lo que ocurrió hace seis años. Después de ocupar Reforma, presionar al Tribunal e intentar que no tomara posesión Felipe Calderón, la coalición de López Obrador exigió una reforma electoral. En ella limitaron seriamente el acceso a medios electrónicos, porque con ello, decían, no sólo sería mejor la elección sino más barata. Ha resultado más cara, pero además fue esa restricción la que impidió que las preferencias variaran más durante la campaña. Más claramente, lo que pidieron en 2006 es lo que hoy les hizo perder.

Pero perder es algo inaceptable para López Obrador, que sin escrúpulo alguno acusa a los 18 millones de votantes por Peña Nieto de corruptos o masoquistas. Sólo quien vota por él merece algún respeto, al menos por el momento. Y fueron 15 millones de mexicanos los que decidieron respaldarlo nuevamente, a pesar de todo. Es algo que merece estudio, dada la falta de honestidad, respeto y visión mostradas por López Obrador en 2006. Muchos de ellos, parece ser, lo hicieron intentando evitar que ganara el PRI, algo que me maravilla, puesto que López Obrador no es sino el PRI desplazado en los 80. Bartlett podría aclararlo.

Quienes defienden a López Obrador afirman que sólo está pidiendo lo que la ley le otorga. No es así, está aprovechando la ley para arrojar más fango a la democracia, como calificó Roger Bartra su comportamiento hace seis años. Andrés Manuel sabe que sus pruebas no le alcanzan para ganar en tribunales, y por eso está llevando la disputa al terreno político. Quiere seis años más de vida. Sus seguidores y los partidos que lo apoyan tendrán que decidir si se los dan.

Los demás ya decidimos. En 2006 y en 2012.

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