julio 06, 2012

¿Y ahora qué?

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

Terminado el recuento distrital, incluido el “voto por voto” en la mitad de las casillas del país, el resultado electoral del domingo no se movió ni un ápice. La ventaja de Peña Nieto sobre López Obrador sigue siendo de siete puntos (paradójicamente, se abrió unas centésimas), el equilibrio en el Congreso es el que reflejaron las casillas desde el domingo y sólo queda la entrega de las constancias de mayoría y, deberíamos esperar, ahora sí, que López Obrador se sume a los que simplemente, les guste o no, reconocen el resultado electoral.

No lo hará y ya tiene, en algo que se sigue llamando movimiento 132 pero que no es el movimiento 132 que nació en la Ibero hace ya varias semanas, a sus operadores, a sus grupos de manifestantes que, unidos con un SME (al que alguna vez el gobierno federal tendrá que explicar por qué le regresó los fondos que tenía congelados) a los grupos que presionen en el margen de la legalidad para tratar de mantener un curso de inestabilidad. Las injustificables agresiones a Leonardo Valdés a las puertas del IFE y la dizque asamblea del 132 en la UNAM, donde con menos de un tercio de sus representantes originales, decidieron “desconocer” el futuro gobierno de Peña Nieto, son el reflejo de esa estrategia que parece condenada al fracaso por la sencilla razón de que no tiene eco entre la sociedad.

Con ellos o sin ellos, Peña Nieto tiene que decidir qué curso tomará. Su verdadero desafío no son esos grupos, sino asumir que ganó la elección con poco más de 38 por ciento de los votos, lo que quiere decir, verdad de Perogrullo, pero que muchos políticos al llegar al poder no terminan de asumir, que 62 por ciento de la población, prácticamente dos tercios, no votó por él. La pregunta entonces es cómo gobernar y con quiénes: y la respuesta pasa por el Congreso y quizás, más tarde, por la integración del gabinete.

No sé si es positivo tener durante agosto, como se ha planteado, un periodo extraordinario en el Congreso de la Unión para sacar adelante algunas iniciativas. Si se concreta, tendría que ser entendido como una señal a futuro. En ese periodo extraordinario, quizás se podrían sacar algunas iniciativas regresadas por algunas fallas metodológicas, como la ley de víctimas y hasta se podría rescatar la iniciativa, que allí está, presentada por el PRI para la reforma laboral, que tiene el apoyo del PAN. Hacerlo en agosto, con la Legislatura saliente, podría tener algunos beneficios pero también podría reavivar la contienda postelectoral. En todo caso, lo determinante sería que Peña Nieto tuviera ya para esas fechas la declaratoria de validez de las elecciones, que legalmente se puede alargar hasta los primeros días de septiembre. No creo que el lopezobradorismo, si puede, se lo permita.

Por eso lo importante es qué se hará a partir del primero de septiembre en la nueva Legislatura. Para esa fecha se tendrá que tener definida una estrategia a futuro para consensuar una mayoría legislativa que nos permita superar los 15 años de parálisis en el Congreso, una parálisis marcada por una serie de actos de mezquindad que el país y la sociedad no se merecen.

El PRI tendrá aproximadamente, junto con el Verde, 237 diputados y 60 senadores. No puede solo. Nueva Alianza, que será un aliado potencial en muchos capítulos, tendrá máximo diez diputados y una senadora (Mónica Arriola, la hija de Elba Esther y secretaria general de ese partido). Tampoco le alcanzará. Tiene que buscar votos del PAN y/o del PRD. En ocasiones se puede recurrir a vías muy pragmáticas para lograr esas mayorías, pero lo deseable, considerando que en las reformas que vienen se tendrán que efectuar cambios constitucionales, es que se pueda plantear una mayoría legislativa estable con una agenda de compromisos mutuos. La última (y única) vez que vimos algo similar fue entre 1991 y 1993, cuando salieron adelante muchas de las principales reformas estructurales, políticas, sociales y económicas que el país ha conocido en dos décadas. Entonces se hizo con un acuerdo entre el PRI y el PAN. No veo por qué no podría repetirse, incluso con toda una corriente del perredismo que ganó mucho en estos comicios y que está harta de los desplantes y la radicalización del lopezobradorismo. En aquella ocasión ganaron todos: el gobierno sacó adelante su agenda legislativa y los cambios que el país reclamaba y avanzó electoralmente; el PAN por primera vez accedió a posiciones reales de poder y se fortaleció como fuerza política (en los hechos sentó las bases sobre las cuales llegó al poder seis años después) y se vivió, hasta el levantamiento zapatista y el asesinato de Colosio, un corto periodo de expectativas como no se había vivido en el país desde hacía décadas.

No hay otro camino. Cualquier otra opción es regresar a la lucha partidaria cuerpo a cuerpo y dilapidar una oportunidad que está mucho más al alcance de la mano de lo que la mayoría cree.

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