agosto 14, 2012

Del alma nacional

Federico Reyes Heroles
Reforma

La justa fue emocionante. El primer minuto sorpresivo. Pero después entró el terror: el "Síndrome Mexicano" podría atacar. Cuál es ese síndrome: relajarse por los vientos favorables, hundirse ante la adversidad. Pero los jóvenes mexicanos ya habían dado muestras de llevar otro chip. Ante la adversidad inicial frente a Corea sacaron la casta, no se relajaron. Siguieron adelante tratando de dar lo mejor de sí mismos. Buena noticia.

No hablamos de una figura. Hay 18 jugadores que integraron un equipo de verdad. Se dice fácil pero es conocida nuestra dificultad para los logros colectivos. No que lo primero esté mal, pero socialmente hablando lo segundo es muy significativo. De distintas zonas de la República, de diferentes orígenes sociales, los jóvenes mexicanos lucieron en conjunto. Por supuesto el que anota resalta, pero qué decir del portero, de la defensa, de la media cancha, de la coordinación que, cuando fallida, aceptaba correcciones. Los protagonismos quedaron aparte. La derrota o la victoria o era de todos, o no sería. Hoy todos ocupan un lugar en la historia deportiva que jamás hubieran obtenido con desplantes individualistas. Buena noticia.

Los coreanos son duros, pero lejanos. Los brasileños son cercanos y amenazantes. Sumémosle la excelente venta del Brasil reciente, de los famosos BRIC's. Brasil será sede de los próximos Juegos Olímpicos y del próximo Mundial a pesar de que los índices de violencia son superiores a los nuestros. En ingreso per capita y en el Índice de Desarrollo Humano o en alfabetización están por debajo. Pero en futbol sí son estrellas, ni hablar. Sin embargo los jóvenes mexicanos no se amilanaron. Se mostraron como miembros de pleno derecho del mundo. La mayoría es generación post TLC. Crecieron con el mundo en sus pantallas y en la comparación permanente. Nada de mirarse al ombligo como forma de vida. México en el mundo y el mundo en México. Si ellos pueden, nosotros también. Buena noticia.

Detrás está el esfuerzo constante, el compromiso y algo imprescindible, la técnica. La coordinación de los técnicos supuso también dejar atrás protagonismos infértiles. Aceptar que todos necesitamos de todos, que aprender de los otros es obligado, que el mundo no se inventa en México, que la juventud no basta, el conocimiento tampoco. Hay que poderlo transmitir. La emoción es sana, la pasión mejor, pero tampoco bastan. Hay que tener una estrategia y cumplirla minuto a minuto. No dejarse llevar por el arrebato, por la intuición sin rumbo, por la inspiración miope. Un equipo supone disciplina y mapa de acción al cual atenerse. Lo hicieron, buena noticia.

Las reglas son las reglas y hay que acatar. La discusión en la cancha no hace sentido, tampoco jugar sucio. El árbitro es la autoridad y de nada sirve gritarle o enfurecerse. Los hay duros y blandos, equívocos y acertados. Pero, de nuevo, en la cancha no hay nada que hacer más que acatar. Los jóvenes mexicanos no se vieron rebeldes, no intentaron retar a la autoridad, no hubo escenitas como en otras contiendas que lo único que lograron fue avergonzarnos frente al mundo. Actuaron con civilidad, condición y cualidad de cualquier triunfo. Esa civilidad es ejemplar para el país, qué diéramos por tenerla en otros ámbitos. De qué sirve descalificar al árbitro si ni él, ni las reglas están a discusión. Esa civilidad como actuación de jóvenes es muy esperanzadora. Son ejemplo no sólo para los que les siguen sino para las generaciones que los anteceden. Buena noticia.

El nacionalismo exagerado puede ser el sarampión de las naciones jóvenes, según Einstein. Pero una nación sin nacionalismo es un contrasentido. Cuántas veces nos hemos avergonzado por esa exaltación grosera de lo propio que termina siendo ofensa al otro, ese somos superiores en esencia, esa soberbia de la que hablaba don Edmundo O'Gorman. Fortaleza artificial que en realidad esconde un brutal complejo de inferioridad. Pero no fue así. Utilizaron los colores nacionales, tomaron la bandera entre sus manos, es suya como de cualquiera. Pero no insultaron a los otros. Amor nacional pero no paroxismo de lo vacuo. Buena noticia.

Por la dimensión de nuestra población, poco más de 113 millones; por la juventud de la misma, 26 años en promedio; por la generalizada pasión deportiva; por los beneficios que el sano ejemplo provoca, por la necesidad de creer en nosotros mismos, justo ahora que estamos tan golpeados, por todo eso y más, la victoria del equipo mexicano es un gran estímulo. Hace mucho tiempo que debieron corregirse desviaciones y corruptelas en ese sector. Ojalá y, de una vez por todas, nos tomemos en serio el deporte como parte de la vida cotidiana y no sólo como espectáculo, como estímulo popular a la superación, como forja del esfuerzo, como parte del ánima, del alma nacional. Ojalá y el medallero olímpico se convierta en uno de los indicadores de nuestras debilidades y fortalezas. El lugar de México en el mundo también se mide en medallas.

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