agosto 06, 2012

El cambio verdadero está por llegar

Víctor Beltri (@vbeltri)
Analista político
contacto@victorbeltri.com
Excélsior

La nueva derrota del candidato de izquierda, en las elecciones presidenciales de hace un mes, ha sacado a relucir expresiones de odio y resentimiento que parecen más propias de otra época que del momento actual. Oligarquía, burguesía, proletariado, lucha de clases. Lenguaje que, de manera falaz, nos lleva al terreno de lo blanco y lo negro, de los buenos y los malos, del ellos y nosotros. De la década de los 70 del siglo pasado y, así, en los discursos improvisados salen consignas y banderas que remiten a un México que no ha sabido entender, o no ha querido aceptar, el desarrollo innegable de los últimos cuarenta años.

El escarnio que de manera pública se ha hecho de la clase empresarial, así como las recientes protestas ante algunos medios de comunicación, y los ataques directos a una cadena de supermercados que, si bien no han sido abiertamente propiciados por el PRD, tampoco han sido condenados por la izquierda ni por sus líderes, son una fuente peligrosa del conflicto social que parece ser la meta de quien no ha sido capaz de vencer ni en las urnas ni en los tribunales. Uno de los errores recurrentes ha sido el llamar “mal perdedor” a quien en realidad busca ante todo el poder como fuente de satisfacción personal. A quien es, tan sólo, un vulgar egoísta.

El candidato perdedor, y sus partidos, aducen estar representando al pueblo, sin entender que éste no es una masa susceptible de ser manipulada, sino un conjunto de personas que son capaces de formar su opinión y hacerla valer. El ataque artero a las tiendas de autoservicio, sin justificación alguna, es una falta de respeto a la sociedad entera y un ataque a quienes han desarrollado su vida profesional, y encontrado el sustento, en torno a estos establecimientos. Es completamente irresponsable que se tomen represalias, además ilegales, contra personas morales sin darse cuenta de que las consecuencias las sufren personas físicas.

El discurso retrógrada que azuza, mientras esconde la mano, no logra entender la necesidad real y urgente que tiene la sociedad de generar más empresas, y fomentar, con estímulos positivos y negativos, que sean capaces de encontrar la eficiencia a través de la honestidad y el juego leal. La empresa debe caracterizarse por la capacidad de coadyuvar a los fines últimos de la sociedad, mediante la producción de bienes y servicios: es un proceso que no sólo genera riqueza, sino que convierte a la empresa en un agente de la función social, creando oportunidades de desarrollo y crecimiento personal. Los objetivos de la empresa se llevan a cabo, indudablemente, con criterios económicos, pero no deben descuidar los valores que permiten el desarrollo de la persona y la comunidad. Y esto es algo que parece no entender quien no cree en la dignidad del trabajo ajeno, sino en la obtención del poder a como dé lugar, sustentada por aquellos que pasaron, sin darse cuenta, de seguidores a creyentes.

Este es el momento de que la comunidad empresarial arrope a Soriana, en cuanto a generadora de riqueza para la sociedad entera y de satisfacción para las necesidades de sus trabajadores. Es momento, también, de que las empresas estén dispuestas a actuar de manera responsable y transparente, y que asuman el papel que deben de jugar en el México actual: en la medida en que las empresas se desarrollen satisfactoria y legalmente, el país entero progresará. El desarrollo no puede ser meramente económico: la empresa que atienda solamente los resultados en la contabilidad se asemeja al conductor que pretende llegar a su destino atendiendo meramente al espejo retrovisor. Los empresarios deben ser el motor del país, y reconocidos como tales por la clase política: las órdenes veladas de linchamiento, y la complacencia y el cinismo de algunos líderes, visibles en sus declaraciones de la semana pasada, nos hablan de manera fehaciente de políticos que han olvidado que el pueblo del que tanto hablan debe, a diferencia de ellos, de trabajar para vivir. Y esas fuentes de trabajo son las que están comprometiendo.

Hoy hablamos de Soriana, pero mañana podríamos estar hablando de otra empresa y al día siguiente de otra más. Y el gran problema es que se está atacando una supuesta injusticia a través de la comisión de otra más grave aún. El candidato perdedor aceptó entrar en la contienda con las reglas del juego que su propio grupo pergeñó y aceptó, y en su gran incapacidad de asumir una derrota busca desesperadamente asirse de cualquier recurso que logre, ya no el que se reconozca su triunfo, sino que se empañe el de quien lo venció en las urnas, y a quien no pudo derrotar ante las instancias correspondientes.

México quiere trabajar, quiere desarrollarse, quiere crecer. México necesita certeza jurídica, política y económica, misma que no puede ofrecer quien convoca conferencias de prensa para comentar su ocurrencia más reciente. Fraude simple y llano, fraude a la antigüita, fraude cibernético. Mafia en el poder, inequidad, presidencia legítima y ahora interina. Cualquier palabra, cualquier mentira con tal de que distraiga y ponga en entredicho al adversario, sin importar la pérdida de oportunidades para el país, de credibilidad para su partido, de empleo para sus seguidores.

Andrés Manuel ofreció un cambio verdadero que hace apenas un poco más de un mes tendría que haber llegado, de acuerdo a sus propias palabras. La sorpresa es que, ahora, quienes lo esperan con más ansiedad son aquellos que no pertenecen a su grey. El cambio verdadero sería, sin duda, que aceptara su derrota y se decidiera a aportar su por otro lado indiscutible talento al beneficio del país, construyendo en lugar de seguir minando las instituciones. El cambio verdadero llegará el día en que Andrés Manuel se decida a trabajar por todos los mexicanos, y no solamente por su obsesión de dormir en la recámara de Juárez. En ese orden de ideas, esperemos, de verdad, que el cambio verdadero esté por llegar.

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