agosto 08, 2012

El Mesías está desnudo

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

En ocasiones resulta difícil comprender la facilidad con la que el PRD se empeña en perder votos y potenciales aliados. Como hizo hace seis años, pasada la elección presidencial, Andrés Manuel López Obrador se ha lanzado a una cruzada para demostrar un presunto fraude del cual, otra vez, no encuentra pruebas que lo sustenten. Pero si hace seis años la diferencia electoral pequeña entre el propio López y Felipe Calderón podía alimentar esas sospechas, en esta ocasión los más de tres millones de votos y casi siete puntos de diferencia hacen imposible sostener esa tesis. Más aún cuando, como no se puede demostrar un fraude, se termina invocando una compra masiva de votos, tampoco demostrable, para solicitar nada más y nada menos que la anulación de la elección.

Es verdad que el PRD y López Obrador están en su derecho a recurrir a los órganos jurisdiccionales para pedir esa anulación o lo que se les ocurra. Pero no están en su derecho de agredir, de denunciar a empresas o personas por hechos que no pueden comprobar, de azuzar desde bloqueos hasta actos violentos contra los mismos. Si las palabras de López Obrador ante los ataques de que son objetos esas personas o empresas, aquellas de “serenense”, lo único que logran es exasperar; su silencio ante esas agresiones lo transforma en cómplice de las mismas.

El Consejo Mexicano de Hombres de Negocios y el Consejo Coordinador Empresarial, entre muchos otros, le han exigido a esos políticos que acaben con las provocaciones y acusaciones sin fundamento, también que acepten los resultados electorales. Y la respuesta del presidente del PRD resulta absurda, sobre todo viniendo de un hombre como Jesús Zambrano. El perredista dice que los gobiernos de su partido han sido los mejores amigos de los empresarios, les pide que se unan a su pedido de anulación de la elección y luego les aconseja “tranquilizarse”. Es como si alguien decidiera acusarlo a usted injustificadamente de ladrón, luego bloqueara su casa, mientras alguien en la noche arroja una bomba molotov contra la fachada, y luego los acusadores le pidieran que se uniera a su causa y además se serenara y tranquilizara.

El PRD no es eso que nos muestran algunos de sus dirigentes y candidatos. La estrategia de López Obrador no tiene sentido en términos jurídicos, pero sí políticos, no en beneficio de su partido, sino en el propio: López Obrador está muy lejos de pensar retirarse a su rancho La Chingada, allá en Palenque, como había anunciado, quiere (y ya lo está promoviendo su publicidad) volver en 2018 y para eso necesita tener como rehén de su estrategia al propio PRD y a sus partidos satélite. Y en parte lo logra, cuando un hombre sensato como Zambrano termina siguiendo su línea y sus ocurrencias. Ni Marcelo Ebrard ni Miguel Mancera ni Graco Ramírez, por hablar de algunos de los hombres que se espera sean una opción diferente para el perredismo en el futuro, han dicho una palabra para contradecir al tabasqueño. Tampoco, Juan Ramón de la Fuente o Manuel Camacho. Y no lo hacen porque la extorsión política de López, por lo menos hasta ahora, le ha funcionado: cualquiera que disienta públicamente del “líder” será calificado de traidor.

Pero esa ruptura es inevitable y no puede el PRD seguir haciendo como si no existiera, para después tratar de reparar los daños. En 2006 se dedicaron a tratar de boicotear durante seis años al gobierno y sus legisladores, y funcionarios eran seguidos por los acólitos de López para ver hasta si le daban la mano o no a Felipe Calderón. En esta ocasión se han quedado con posiciones estratégicas de poder, pero López invoca una vez más el boicot y el desconocimiento de las autoridades, porque es la única forma de que no puedan crecer quienes no son sus incondicionales. Y lo logra, porque hasta ahora nadie en su entorno se atreve a decirle al rey, al cacique, al mesías, que está desnudo.

Es verdad que esa ruptura generará costos, pero más les está costando mantener una unidad ficticia. Porque el perredismo no podrá convertirse en una izquierda moderna, no puede disparar todo su potencial político y electoral, mientras siga atado a atavismos e intolerancias de un pasado que está mucho más cerca del muy añejo PRI, que de una izquierda moderna. Todas las izquierdas exitosas dieron ese paso para ganar: desde el PSOE cuando impulsó a Felipe González en contra de los viejos líderes socialistas de la resistencia al franquismo, hasta Tony Blair y el nuevo laborismo, pasando por Lula en Brasil o el partido socialista en Chile unido a la democracia cristina para enfrentar al pinochetismo. Los que han insistido en la radicalización han terminado acabando con la democracia, aniquilando a sus adversarios internos y convertidos en dictadores: Hugo Chávez, Daniel Ortega, los Castro.

El PRD no puede seguir dilapidando capital, historia y posibilidades.

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