agosto 07, 2012

Errando el camino

María Amparo Casar
Reforma

El PAN comienza a procesar mal su fracaso en las urnas. Desde luego que se imponen el análisis y reflexión para un partido que acaba de perder la Presidencia, que a lo largo del sexenio dejó ir varias gubernaturas y que tuvo un pobre desempeño en las elecciones legislativas: en seis años pasó de 53 a 38 senadores y de 207 a 114 diputados.

No cabe duda que el PAN se alejó de su doctrina y principios. La adopción de prácticas que cuando eran oposición prometían combatir (corrupción, clientelismo, corporativismo y uso patrimonial de los cargos gubernamentales) decepcionó a buena parte de sus simpatizantes. Pero plantear que la derrota se debió a ese alejamiento, pretender reconstituirse a partir de un cambio de estatutos e intentar hacerlo abonando a la división del partido es errar el punto de partida.

Una manera más sencilla de abordar el análisis del fracaso electoral es, por ejemplo, voltear a ver a quien los derrotó y concluir que fue el inverso de las variables del éxito del eje PRI-EPN lo que venció al eje PAN-JVM.

El PAN no cuidó la selección de candi- datos, no reforzó durante los últimos seis años su organización territorial, ni preparó cuadros. Confundió el crecimiento en número de afiliados con el de electores. En 12 años la militancia creció 399% pero los votantes disminuyeron en 21% (Maricarmen Nava, Enfoque, 22/07/12). Se les olvidó que muchos de los militantes activos o adherentes buscaron serlo para obtener un puesto de elección popular o un cargo en la administración pública. Tampoco forjó alianzas permanentes con otros partidos. Mucho menos protegió la unidad o conformó un equipo de campaña eficaz y disciplinado detrás del cual se alinearan los cuadros gubernamentales del PAN y las estructuras del partido.

Esto del lado formal y de la normatividad electoral. Suena mal decirlo pero, del otro lado, del de los malos usos y costumbres de la política mexicana, también fueron más diestros sus contrincantes: la intervención de los gobernadores, el uso de recursos públicos, el apoyo de los poderes fácticos, la relación con los medios fueron mejor operados en y desde el PRI que en y desde el PAN.

El otro factor de la derrota cuyo reconocimiento no aparece por ningún lado es la percepción de un mal desempeño gubernamental y no, como se ha dicho, "el desgaste natural del poder". Si la tesis del desgaste fuera cierta no podría explicarse el triunfo arrollador del PRD en el DF que lleva gobernando la ciudad desde hace 15 años.

Suena difícil que estos elementos de la derrota electoral sean corregibles a través de la recuperación de los principios y doctrina "originales" del PAN o a través de una reforma estatutaria que mejore la selección de candidatos, establezca castigos ejemplares para los militantes corruptos o plantee una administración distinta del financiamiento público. Ni la falta de unidad, ni la ausencia de una estructura territorial robusta, ni la selección de candidatos competitivos, ni mucho menos la falta de eficacia en el gobierno se corrigen a través de la modificación de las normas que rigen la vida interna de un partido.

Dice la carta de los cinco expresidentes del PAN que en la reflexión se deben evitar dos extremos: el de las recriminaciones estériles que abonen a la división y el de la negación de los problemas. Tienen razón, pero ellos mismos, al igual que la dirigencia actual, incurren en esos extremos.

Unidad de propósito en torno a lo que hay que hacer y eficacia en su ejecución bajo un liderazgo fuerte es lo que le hace falta al PAN para reconstituirse y prepararse para las 14 elecciones del año entrante. Eso es precisamente lo que no se ve por ningún lado. En sentido contrario, lo que está dejando ver el PAN es una dirigencia del partido y un Presidente todavía en funciones que compiten entre sí no sobre lo sustantivo sino sobre quién se queda con el partido. No importa quién de los dos gane más adeptos dentro de los consejeros; no importa si Calderón logra que Madero se vaya antes de diciembre o si Madero logra quedarse hasta agosto del año que viene. Lo que no puede haber es dos encargados de administrar la derrota y de crear las condiciones para una futura victoria.

La reforma estatutaria puede ser pertinente, pero si se mira otra vez al PRI que recuperó la Presidencia, mantuvo su dominancia en el terreno de los gobiernos locales y recobró su estatus de primera minoría en ambas Cámaras, se podrá discernir con claridad que sus triunfos poco tuvieron que ver con una reforma estatutaria y mucho con la unidad y pragmatismo que estuvieron ausentes en el PAN.

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