agosto 14, 2012

Loar la ley y rechazarla

Rafael Cardona (@cardonarafael)
racarsa@hotmail.com
El cristalazo
La Crónica de Hoy

El resultado electoral no puede ser otro sino el previamente sentenciado por quien lo determinó ilegal desde antes de la intervención judicial. Cualquier otra cosa es obra de la mafia.

En el Zócalo de mejores tardes Andrés Manuel ha rechazado desde ahora el fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, cuyos integrantes, con su presidente, Alejandro Luna Ramos, —a la cabeza— ya habían sido descalificados desde julio por los miembros del Movimiento Progresista.

“No vamos a aceptar —ha dicho el adalid perdidoso— ninguna argucia legaloide que permita que se viole la Constitución”.

Su prensa promotora lo publicó de este modo:

“Los magistrados del tribunal electoral tienen en sus manos la posibilidad de reencauzar al país hacia la libertad y la democracia, por lo que deben ser muy cuidadosos en su respuesta” a las miles de pruebas que presentó el Movimiento Progresista del fraude en las elecciones presidenciales del mes de julio, advirtió Andrés Manuel López Obrador.

“Ante un Zócalo lleno, el tabasqueño sostuvo que no hay modificación alguna en la dirección de la estrategia política para invalidar la elección, nombrar un gobierno interino y que sea éste el que convoque a nuevas elecciones, por lo que reiteró a sus seguidores “no caer en provocaciones” y seguir la lucha:

“¡No vamos a suicidarnos políticamente, a nuestros detractores no les gusta que impugnemos el proceso electoral, ellos quisieran que siguiéramos por otros caminos, esperaban que después del fraude llamáramos a la violencia, pero se van a quedar con las ganas porque nuestro movimiento ha sido, es y seguirá siendo pacífico!”.

“Al participar en el Expo Fraude que se instaló en la explanada del Zócalo, López Obrador insistió en que no va cejar en su empeño por restaurar la democracia en el país”.

En las condiciones de jolgorio febril de su “Expo fraude”, en el Zócalo, una idea realmente imaginativa —una especie de kermesse para los inconformes— en la cual los artículos promocionales de una campaña fueron exhibidos como automáticas evidencias de compra de votos y por tanto elementos probatorios procesalmente válidos en un tribunal de término, López Obrador ya se adelantó al fallo.

Y no lo hace por anticiparse como cartomántico infalible o vidente perfecto, sino por saber, en el fondo, lo feble de sus argumentos jurídicos, a los cuales opone la fortaleza de su presencia movilizadora; su capacidad infinita de movilización de masas agradecidas con tarjetas de ancianidad remunerada o reparto de espacios en la amplia pradera de las prebendas de la informalidad.

Andrés Manuel no conoce, lo hemos visto en reiteradas ocasiones, otra política sino la del movimiento constante. Por eso se llama así su organización: Movimiento Progresista. En términos gramaticalmente más exactos debería llamarse “Movimiento progresivo”.

Sin embargo, un rasgo permanente de su activismo siempre es de agradecerse: Andrés Manuel, como en el Zócalo, ante una asistencia considerable si se toma en cuenta la cruda secuela dominical y “chelera” de los festejos por el triunfo de los “verdes” en Londres, siempre anuncia sus movimientos. Con él no hay lugar ni para la sorpresa ni para la improvisación.

Ya lo ha dicho: no vamos a aceptar “argucias legaloides”.

Una de esa artimañas, recursos, chicanas o como se les quiera llamar es la negativa a anular las elecciones. El resultado electoral no puede ser otro sino el previamente sentenciado por quien lo determinó ilegal desde antes de la intervención judicial. Cualquier otra cosa es obra de la mafia.

En este sentido los términos están enrevesados.

Uno acude a un tribunal en espera de la conclusión legal de un proceso cualquiera. En este caso sucede lo contrario, el tribunal debe consagrar judicialmente una inconformidad política. Si no lo hace lo desconozco tanto como hice con las autoridades bajo cuya supervisión se realizó el proceso impugnado. En esas condiciones Andrés Manuel vuelve a quedar en el papel cuya hondura dramática mejor representa: el hombre sólo contra el mundo armado únicamente con el refulgente escudo de la verdad.

—¿De cuál verdad?

—De la suya. Ninguna otra existe, ninguna otra es real, ninguna otra se puede admitir. Un mundo perverso en el cual las fuerzas del mal conspiran todas en contra del “pueblo bueno” (representado por él, y nada más por él); donde se unen las televisoras, las estaciones de radio, la prensa venal, los votantes ilusos, los ciudadanos masoquistas; aquellos quienes añoran la corrupción (de los otros), las encuestadoras, los promotores de la mentira reaccionaria, las iglesias, el clero católico, el Instituto Federal Electoral y ahora el tribunal de elecciones; todos están equivocados y nos quieren sorprender con una “argucia legaloide”, expresión para sustituir el algoritmo de hacer un sexenio.

Así pues, aguardemos con paciencia los bloqueos, tomas callejeras, obstáculos a la vialidad y el comercio; el saqueo de tiendas, el secuestro de clientes, las clausuras de supermercados en municipios perredistas; en fin, todo el catálogo de expresiones “pacíficas” con los cuales el caudillo nos anuncia la perpetuación de su movimiento inconforme.

¡Ah!, falta la inevitable visita a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la adhesión de varias decenas de organizaciones internacionales de corte similar.

Dios los cría…

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