agosto 03, 2012

Políticos que escupen para arriba

Héctor Aguilar Camín (@aguilarcamin)
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Los políticos son los encargados de administrar el pleito de las pasiones y los intereses de una sociedad. Su trabajo es institucionalizar esas pasiones y esos intereses, someterlos a un cauce racional, impedir que desemboquen en lo que naturalmente desembocarían sin mediación de la política: en la discordia, la violencia, el estado de guerra permanente de que hablaba Hobbes.

Los políticos necesitan ellos mismos ser domados en sus pasiones e intereses. Esto solo puede lograrse por la vigencia de reglas externas que hagan más rentable para ellos conducirse de forma constructiva que de forma corsaria.

Los políticos profesionales son una tribu aparte que necesita inventar su propio lenguaje, un estilo, un repertorio de conductas que les permitan entenderse entre ellos, ser previsibles, manejables para ellos mismos.

Toda transición democrática descompone reglas que funcionaron para normar a los políticos y abre un interregno de relativa incertidumbre para construir una nueva etiqueta del comportamiento político.

Durante muchos años, las reglas del PRI permitieron a los políticos administrar sus pasiones con apego a reglas claras. No eran reglas democráticas pero eran transparentes para los miembros de la tribu, los políticos profesionales que eran en su mayoría abrumadora priistas.

La tribu ha crecido mucho en todas direcciones, hacia todos los partidos. El poder ha cambiado de manos. Las reglas del oficio político priista, eficaz durante tanto tiempo para mantener en orden a la clase política, son un código del pasado.

Destituido el manual de conducta, los políticos de la naciente democracia mexicana construyen sobre la marcha nuevas reglas de trato. Una nueva clase política profesional improvisa sus códigos.

Visto de conjunto, el espectáculo es el de una torre de Babel, un griterío de malentendidos más que el murmullo de una nueva civilidad.

A diferencia de los enanos inmortalizados por Augusto Monterroso, poseedores de un sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista, en la incipiente democracia mexicana los políticos no se reconocen entre sí. Tienden, por el contrario, a desconocerse.

Tratan de mejorar su imagen satanizando la de sus competidores, dan al adversario trato de enemigo, subrayan las diferencias más que las semejanzas. Hacen caricaturas y se las creen.

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