agosto 21, 2012

PRD: el conflicto pendiente

José Antonio Crespo
cres5501@hotmail.com
Investigador del CIDE
El Universal

Adios a María de las Heras

Muchos de quienes queríamos que la izquierda llegara al poder en esta ocasión —como hubiera sido lo normal antes de que el PRI retornara a Los Pinos— considerábamos que eso no sería posible si su candidato era Andrés Manuel López Obrador, pues sus teatralizaciones a partir de 2006 le habían alejado los suficientes electores independientes como para ganar en 2012. Así ocurrió, si bien los obradoristas prefieren seguirse autoengañando con el triunfo de su abanderado (“siempre gana”) y el consabido magno fraude (“pero siempre le roban la elección”). Mientras la izquierda mantenga ese axioma incuestionable, sin importar lo que diga la realidad (“peor para ella”), seguirá desperdiciando cuanta oportunidad tenga de alcanzar el poder, pues entonces no hay revisión de fondo que hacer, ni hace falta corregir errores (“el candidato nunca se equivoca”). En consecuencia, seguirá tropezando con las mismas piedras una y otra vez.

Es probable que el Trife deseche la solicitud de invalidar la elección y que López Obrador descalifique a los magistrados como vendidos a Peña Nieto (por lo visto, prácticamente todo el país se vendió a ese candidato). Lo que está pendiente es ver cómo reaccionará la izquierda no obradorista. Si lo hace como en 2006, se automarginará pese a ser (unida) la segunda fuerza legislativa, además de no hacer las rectificaciones para aspirar al poder en 2018. Lo que podría hacer las cosas distintas son dos variables: A) a diferencia de 2006, esta vez la distancia entre punteros fue holgada (14 veces más de votos que hace seis años). Es más difícil sostener contra viento y marea la tesis de un fraude determinante. B) Ebrard ya no tiene margen para seguir bajo la directriz de su mentor. El año pasado decidió hacerse a un lado de la candidatura presidencial, ante la decisión de López Obrador de ir por la ruptura antes que ceder el lugar a quien tenía mejores posibilidades de ganar (y por eso frustró la coalición PAN-PRD en el Estado de México, que bien pudo darle un golpe letal a Peña Nieto). Tiene Ebrard que deslindarse para buscar el liderazgo del PRD y su eventual transformación en un partido más democrático, moderno y, por ende, con mayores probabilidades de triunfo.

La Declaración Política de Guerrero, signada la semana pasada, parece adelantar la aceptación legal del fallo del Tribunal y el reconocimiento del ganador, así sea bajo protesta. Falta por ver si la posición se confirma cuando el Tribunal presente el dictamen final, y quiénes en la izquierda lo acatan. El PT y Movimiento Ciudadano se han caracterizado por su cercanía y respaldo incondicional a López Obrador (y vaya que les ha sido redituable). Habrá que ver si de verdad marcan distancia de su líder. De no ser así, la coalición se romperá en el Congreso y perderá fuerza legislativa. Y habrá que ver la reacción de los obradoristas ante el intento de Ebrard de retomar el liderazgo del PRD, pues López Obrador lo último que hará es retirarse políticamente. Su impugnación tiene el propósito de seguir vigente y, quizá, intentar su tercera candidatura (en lo que parece perfilarse como una regla no escrita en ese partido). Gusta citar a la izquierda el caso de Lula para justificar una intentona tras otra del mismo abanderado, pero cabe recordar que Lula sí reconocía sus derrotas, lo que le permitió allegarse poco a poco el apoyo de los independientes. Con AMLO ocurre a la inversa. El equivalente de su investidura como presidente legítimo en 2006, que le hizo perder seriedad como estadista, parece ser ahora la presentación —como pruebas irrefutables de la compra masiva de votos— de un puñado de chivos, patos y guajolotes ante las autoridades electorales, así como utilitarios que todos los partidos, lícitamente, regalan en sus mítines.

López Obrador logró hacer a un lado a Cárdenas en 2006 (el ingeniero de buena gana hubiera sido candidato otra vez). Falta ver si Marcelo o alguien más logra lo mismo en 2018. Habrá que ver el costo que todo esto implicará al PRD en términos de nuevas divisiones (con las endémicas acusaciones de traición), de votos y curules (como en 2009, cuando cayó a un lejano tercer sitio).

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