agosto 01, 2012

¿Qué pasa entre lo político y lo electoral…?

Marco Rascón (@MarcoRascon)
De monstruos y política
www.marcorascon.org
Milenio

El problema y el acceso al poder presidencial en México no es un tema electoral sino político.

Saber diferenciar entre lo político y electoral es una necesidad para entender el sistema político mexicano en su evolución y explicarnos el regreso del PRI a la Presidencia de la República. Nuestra imperfección política se aleja siempre de la tendencia hacia la perfección para sufragar; dicho de manera distinta: la urna, nada tiene qué ver con las reglas políticas.

Empezando por lo electoral, nuestro sistema para elegir legisladores y gobernantes, si bien ha cambiado y mejorado en cuanto al conteo de votos e imparcialidad de los órganos que organizan, cuentan y califican la elección, no ha logrado la equidad en las campañas previas de los partidos.

La primera desventaja a nivel municipal, distrital, estatal o federal, la establecen los que gobiernan: todo buen ejercicio gubernamental construye un voto duro, una clientela base y establece la ventaja de las alianzas, que por naturaleza surgen de la discrecionalidad del ejercicio del poder.

En la disputa presidencial, los grandes intereses económicos se mueven asegurando estar presentes con el ganador. Es común en nuestro sistema electoral los apoyos económicos diferenciados a todos los candidatos de manera secreta con el fin de que nadie proteste si todos recibieron, y que el donante esté protegido frente a todos los candidatos. ¿Qué sucedería si en vez de prohibir los apoyos, se estuviera obligado hacerlo públicamente, tanto en monto como al destinatario como sucede en Brasil o Estados Unidos? La cargada e inequidad en su caso sería evidente y, por tanto, las alianzas transparentes y de efecto limitado frente al poder.

El tema de falta de equidad no afectó técnicamente el sufragio ni el conteo de los votos. El problema electoral es la calidad de nuestra democracia, donde el voto de un empresario o banquero teóricamente cuenta igual que el de un pobre que recibe una despensa o una camiseta, pero esto políticamente no es cierto.

“Un ciudadano un voto”, es una abstracción de nuestra democracia. Es tener diseñada en el discurso una democracia de iguales para quiénes en la estructura del poder son desiguales. Esto nos lleva a que vivimos una democracia sustentada en votos, pero en la que unos tienen mayor poder que otros para elegir, y por ello mismo, todo resultado será siempre cuestionado, aunque suceda como diría un mago en la jornada electoral: “nada por aquí, nada por allá”.

En principio, por estas razones ganó el PRI la mayoría, aunque con su porcentaje obtenido en las urnas no le dé poder suficiente para ejercer su fantasía de presidencialismo absoluto. El PRI se impone también en lo electoral, no por sus méritos que son pocos, sino por la suma de errores de sus adversarios que fueron muchos y que fueron sembrados en un caso desde hace seis años.

En breve tiempo el Tribunal federal (TEPJF) dará por terminado el proceso electoral declarando válida la elección y a un ganador. El proceso electoral técnicamente quedará resuelto, pero no el problema político, que para todo el país sigue siendo un problema, pues no podemos, aún por la vía electoral, construir los acuerdos esenciales para avanzar nacionalmente en lo político, lo económico y lo social.

Lo presidencial es importante en la medida que expresa alianzas, acuerdos y un bloque de intereses decidiendo el país. El gran problema político de México es que el nuevo Presidente constituye la visión de intereses privados, parciales y de corto plazo, tomando las decisiones que deberían velar por el interés público, nacional y con visión de Estado soberano.

Para que hubiera un estadista, el próximo Presidente tendría que romper con los intereses que le apoyaron y eso México solo lo vivió con Lázaro Cárdenas, que en un sexenio y sin inmiscuirse en los gobiernos que le sucedieron, rompiendo, sentó las bases de 40 años de desarrollo económico y social del país que agotaron el autoritarismo, la corrupción, los desvíos y sumisión ante los intereses de corte oligárquico y monopólico.

Para esos intereses poderosos pero muy minoritarios, la simple posibilidad de construcción de consensos entre fuerzas políticas es una amenaza. Para ellos, la permanencia del poder de facto se apoya en la polarización; en los vacíos, falta de diálogo, en la incapacidad de la política para realizar reformas; en que los esfuerzos pierdan la perspectiva de los fines y autodestruyan los medios para llegar a ellos.

En el sentido de lo anterior, el problema es fundamentalmente político y si no se resuelve de fondo, regresará en cada elección en tres o seis años y ya sea en elecciones ordinarias o extraordinarias, de primera o segunda vuelta.

Por la supeditación a los intereses parciales que les apoyan, los nuevos candidatos y por ende los gobernantes de hoy, se ven mínimos. Su falta de palabras y pobreza en el discurso es por su ausencia de conceptos políticos y no tener libertad para decirlos.


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