agosto 28, 2012

Salvemos a los niños de esos locos (y una recomendación)

Carlos Puig (@puigcarlos)
masalla@gmail.com
Duda razonable
Milenio

No tengo claro por qué, pero tengo claro que es a partir de los 18 años que nuestras leyes reconocen que una persona es un adulto.

Es decir: que es responsable de sus actos y que no requiere la tutela de nadie.

Así que si los mayores de 18 años que tienen la desgracia de haber nacido en Turicato, Michoacán, y de haber sido engañados con el cuento de que una virgen se le apareció a una tal Gabina que se lo contó a un tal Nabor y que le dio instrucciones precisas sobre cómo deben comportarse los seres humanos para que un supuesto Mesías los trate bien cuando venga a la tierra, pues allá ellos.

Si creen que la televisión, el futbol o los libros —todos excepto la Biblia, por supuesto— son cosa del Diablo, pues que con su pan se lo coman. Si quieren someterse a la tiranía de un viejito necio que se dice profeta de quién sabe qué historias, pues muy su rollo.

Hay entre nosotros, acá en la ciudad, quienes no usan anticonceptivos porque así se los manda su guía espiritual y los que piensan que el sexo, sin la bendición en un templo, es receta para después de la muerte sufrir toda la eternidad. Es más: hay quienes actúan toda su vida y todo el tiempo de acuerdo con lo que creen que les será más conveniente en la supuesta vida después de la muerte. Porque sí, hay aquellos que creen que hay vida después de la muerte. No hay problema. Cada quien sus cosas.

Es más, el Estado debe proteger la libertad de cada uno de ellos para creer y profesar lo que se les pegue la gana, mientras no pongan en peligro su vida o afecte a los demás.

Lo que es imperdonable es que el Estado haya permitido por décadas que en una comunidad no se instalara una escuela pública —a cambio de votos, dicen. Y que ahora, a pocos años de instalada, un loco de estos la intente destrozar y ahora impida que los menores de edad estudien.

Sí es responsabilidad del Estado proteger de los locos a los menores de edad de todo el país, incluidos los que viven en lo que con asombrosa y ridícula normalidad llamamos Nueva Jerusalén y que han sido abusados por sus padres y paisanos.

El Estado ha abdicado de su responsabilidad fundamental. No hay otra manera de llamarlo.

Por años les han quitado el derecho a una educación como a la que tienen acceso el resto de los mexicanos. No solo eso, la “doctrina” de los locos esos implica castigos corporales por ciertos comportamientos, la obediencia absoluta de las mujeres, el rezo obligatorio y cotidiano a horas determinadas, en fin. No hay que olvidar que un convicto de violación de un menor fue líder de la secta por algún tiempo.

Entiendo la llamada al diálogo de, entre otras instituciones, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Pero no hay que olvidar que esos locos no dialogan. Por lo pronto habría que quitarles a los niños para protegerlos.

Una recomendación: corra al videoclub a sacar El evangelio de las maravillas. La lectura certera de Ripstein de la Nueva Jerusalén. Protagonizada por Katy Jurado y Paco Rabal, con una gran aparición de Rafael Inclán.

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