agosto 06, 2012

Sobre la manipulación

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

Las elecciones de julio no fueron auténticas porque los votantes fueron manipulados, dicen los impugnadores. Los electores decidieron bajo engaño. La condena señala en primer lugar a los manipuladores, aquellos que, a través de la mentira o la distorsión, presentan un cuadro del mundo que no corresponde con la realidad, induciendo a otros a servirles. El manipulador falsifica en su beneficio. Pero el manipulado también es reprendido en el diagnóstico: es un ciudadano desprevenido y débil que se entrega al servicio de sus propios opresores. El manipulado asiente con docilidad en su perjuicio. El territorio de la manipulación es el inconsciente: el manipulador sabe que miente, sabe que distorsiona, sabe que engaña pero el manipulado lo ignora. Por indolencia o por ignorancia es presa del engaño sin saberlo.

La denuncia de la manipulación tiene fundamentos nobles: la búsqueda de la voluntad auténtica del ciudadano. Un acto de resistencia frente a las formas más penetrantes y ocultas de un poder que no busca solamente controlar actos sino moldear el pensamiento. La última ambición del poder es entrar al bulbo de la voluntad y, desde ahí, mandar sin resistencias. La última forma de poder no es la conquista del territorio sino la ocupación de la mente. La crítica tiene su valor. El problema es que descansa en una arrogancia, en una pretensión absurda, en una ilusión. Un mundo donde rige la Verdad y en el que las decisiones de cada persona surgen de una voluntad sin intrusiones y corresponden con sus intereses auténticos. No hay tal mundo, es imposible esa cápsula para un albedrío sin interferencias, no hay mejor juez del interés propio que cada individuo.

Si manipulación es la parcialidad de ellos; compromiso es la parcialidad de los nuestros. La denuncia de la manipulación cuelga de una idea belicosa pero hermética de la Verdad: existe una realidad objetiva que nosotros conocemos y que sólo puede negar la complicidad con los poderosos. Cualquier dato que se aparte de nuestro relato es el engaño de los manipuladores. No hay espacio aquí para las versiones encontradas, las perspectivas antagónicas, el punto de vista. Señalar con el dedo a los manipuladores implica creer que existe una cobertura periodística pura, ajena a cualquier interés, plenamente objetiva. Enfocar la denuncia a la actuación de los medios con la retórica de la manipulación podrá tener enormes efectos políticos pero no parece un buen diagnóstico ni anticipa cura porque nos lleva a relegar lo más importante: la concentración mediática y la falta de profesionalismo de nuestra prensa. Sí, hay instancias periodísticas dedicadas groseramente a la publicidad de algunos. Sin embargo, a mi juicio, el problema central de nuestra prensa no es ese. Es la falta de diversidad en los medios electrónicos y el escaso rigor en su actuación profesional.

El segundo ingrediente de la denuncia es el quebranto de la autonomía del ciudadano. La manipulación inyecta una voluntad extraña en la mente. El manipulado ve el mundo con ojos ajenos: los ojos de su opresor. No ve lo que ve, sino lo que otros le hacen ver. La crítica tiene un elemento irreprochable: en efecto, el universo se hace inteligible a través de otros que nos aportan información y la evalúan, que ofrecen datos y críticas. Pero todos los agentes sociales que entretejen la vida en común son eso: emisores de informes y advertencias marcados por la parcialidad y la conveniencia. La escuela y la iglesia, la familia y el trabajo, los medios y la calle configuran el complejo de referencias que le sirven a un individuo para ubicarse en el mundo y decidir. La socialización es una constante invasión de juicios exteriores. Si vale denunciar la manipulación, debe hacerse sin la ilusión de una consciencia amurallada que podamos resguardar de un invasor. La voluntad individual es una trama, no una fortaleza.

La tercera cuerda de esta crítica descansa en la idea de que el manipulado pierde de vista su interés auténtico, por efecto de la larva que le han incrustado en el cerebro. El manipulado no sabe lo que quiere, no sabe lo que le conviene, olvida lo que le beneficia porque han sometido el nervio primordial de su juicio. Lo curioso de este argumento es que el crítico de la manipulación suele pensar que es buen juez del interés ajeno, mejor que el individuo mismo. Al manipulado le dice paternalmente: no sabes lo que te conviene, has vivido engañado: escúchame que yo no te manipularé. Yo sé lo que tú, realmente, quieres. Los críticos de la manipulación tropiezan frecuentemente con este achaque paternalista: creerse en mejores condiciones para juzgar la conveniencia de otros. Suponer que la voluntad con la que disienten es falsa. Creer, en el fondo, que los otros no tienen derecho a equivocarse.

No niego la existencia de la manipulación. Advierto las trampas que suele esconder esa denuncia. Creo que valdría tenerlas presentes.

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