septiembre 03, 2012

Supongamos, Andrés Manuel

Víctor Beltri (@vbeltri)
Analista político
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Excélsior

Es difícil imaginar lo que pasa estos momentos por la mente de Andrés Manuel López Obrador. La frustración, el enojo, la definición de lo que hará no sólo con el capital político que acumuló en la última campaña y que le dio más de 15 millones de votos, sino de lo que será su futuro inmediato.

Un futuro inmediato en el que las decisiones que tome afectarán la vida de millones de mexicanos. Son muchas las personas que temen desde ahora los plantones, marchas, protestas y el clima de ingobernabilidad que se avecina por la incapacidad de una sola persona de aceptar una derrota. Él mismo lo sabe, al reconocer que lo llaman —o los llaman, en el mayestático que prefiere utilizar— “malos perdedores, locos, mesiánicos, necios, enfermos de poder y otras lindezas”. Andrés Manuel, sin embargo, afirma que prefiere los insultos “antes que convalidar o formar parte de un régimen injusto, corrupto y de complicidades que está destruyendo a México”.

Supongamos por un momento que sus motivaciones son sinceras, que es un hombre —como lo creen con fervor los millones de votantes que lo han acompañado en cada una de sus aventuras electorales— honesto, con valores, y cuya única motivación es servir a México. Que es la única persona con la autoridad moral suficiente —e incluso superior a la de cualquier otro político viviente— para transformar a nuestro país, y que su mayor ambición es pasar a la historia como quien fue capaz de luchar incansablemente por el bien de la patria, hasta conseguirlo. Bajo estos supuestos, que sus detractores no están dispuestos a aceptar, su llamado a la desobediencia civil es, al menos, desafortunado.

Desafortunado porque las instituciones que ahora tenemos, los avances democráticos, el sistema mismo que ahora denuesta y desconoce, ha tenido un costo demasiado alto. La lucha de las dos generaciones que precedieron a quienes lograron la alternancia en el año 2000 ha dejado un sedimento que no puede ser soslayado, un tejido y un armado que no puede desaparecer por la vía de las marchas, los plantones y la falta de respeto a las instituciones.

¿En qué puede consistir la desobediencia civil que, durante esta semana, discutirán los integrantes de la izquierda, pero que Andrés Manuel comienza a esbozar cuando habla de abolir el régimen de corrupción que defienden “los sostenedores de este estado mafioso, traficantes de influencia, políticos corruptos, dueños y voceros de los llamados medios de comunicación y otros integrantes del régimen”? ¿Movilizaciones contra los medios? ¿Tomas de tribuna? ¿Plantones en las calles? ¿Negativas al pago de impuestos? ¿Nombramientos de nuevos espurios? ¿Impedimento a la operación de quien llama poderes fácticos e ilegítimos?

Las tácticas que hemos observado hasta el momento, de parte del Movimiento Progresista y de los diversos movimientos sociales que le apoyan, serían completamente incongruentes con un hombre que está dispuesto a que su nombre se inscriba en letras de oro en los anales de la historia. No, Andrés Manuel no puede estar pensando en que marchas, movilizaciones, plantones o la desobediencia civil a la que ha llamado, las acciones que han dado lugar a los calificativos que se le han propinado, sean suficientes para asegurarle un lugar entre los próceres de la patria. ¿Cómo pasar a la historia como héroe simplemente por el mérito de haber reventado otro gobierno? ¿De nombrar espurios, ilegítimos, y hacerles la vida imposible, negándole por otros seis años al país la posibilidad de crecer y mejorar? No, en absoluto. Su estrategia debe ser mayor, distinta, más inteligente.

Andrés Manuel debería de estar pensando, por ejemplo, en seguir el modelo de la democracia inglesa. De hecho llegó a esbozarlo en el 2006, cuando nombró a su gobierno legítimo e incluso designó a los responsables de cada cartera. En el sistema inglés, el líder de la oposición se asume como contraparte directa al jefe de Gobierno, y funciones similares son atribuidas a quienes ocuparían cada uno de los ministerios. La función del gabinete de sombra, shadow cabinet, como es conocido este grupo, es hacer críticas al gobierno establecido y a sus diferentes iniciativas, al tiempo en que se hacen propuestas de políticas públicas alternativas. Es, también, quien llama a cuentas y a la explicación del proceder de cada una de las decisiones tomadas.

Es por demás interesante esta figura. Una de sus características más valiosas se establece desde su denominación. Her Majesty’s Loyal Opposition. La oposición leal de Su Majestad, en castellano. El término leal es crucial, puesto que la legitimidad del gobierno no es cuestionada, sino la correcta actuación de cada uno de sus integrantes. Es evidente que, ante las pifias de la administración en turno, el gabinete en la sombra adquiere una relevancia mayor, y la vida democrática se enriquece cada vez más. Basta con ver una sesión cualquiera de debates en el parlamento inglés para darse cuenta del nivel de discurso y la calidad de las propuestas. Allá, simplemente, no hay mantas ni tomas de tribuna.

Andrés Manuel tenía bien orquestado un gabinete de altos vuelos que se empeñó en presumir durante su campaña. Gente valiosa y que podría aportar su conocimiento y compromiso para el bien de la patria entera. La constitución y correcta operación de un gabinete de sombra le daría un capital político enorme, así como el reconocimiento de la superioridad moral que tantas reticencias produce en quienes no son sus votantes. Podría instrumentar una figura similar en un instante, y olvidarse del llamado a la desobediencia civil que a muchos oídos no suena sino como una opereta para chantajear a la autoridad y a la sociedad civil en general. Podría, claro, si entendiera que el término inglés tiene un concepto clave y que no significa claudicar en la lucha por un país mejor: lealtad. Lealtad hacia la patria. Eso, lealtad y no berrinches, se requiere para estar en los libros de historia. ¿Podrás, Andrés Manuel?

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