octubre 31, 2012

El Paseo de los Dictadores

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

La estatua de Aliyev es una de las grandes paradojas de una ciudad gobernada por una izquierda que olvida sus orígenes...

Si el gobierno del DF (o sus funcionarios, porque nadie sabe dónde quedó ese dinero) pudo embolsarse diez millones de dólares colocando la estatua del dictador de Azerbaiyán, Heydar Aliyev, en pleno Paseo de la Reforma, ¿por qué no convertir esa bella avenida en el Paseo de los Dictadores, colocar en Reforma las estatuas de todos los personajes menos respetables del mundo político contemporáneo y convertirla en una suerte de paseo de los horrores? Además, si se pagaron diez millones de dólares por la estatua de Aliyev, ¿cuándo se pagaría por personajes mucho más conocidos en México?

Imagínese usted que en lugar de las estatuas de bronce de los héroes patrios (estatuas que, sobra decirlo, están desapareciendo con velocidad sorprendente, se supone que robadas por amigos de lo ajeno), pudiéramos disfrutar de las estatuas de Francisco Franco (sin duda habría muchos dispuestos a financiarla) o de los hermanos Fidel y Raúl Castro (en última instancia, los Castro que nunca renegaron públicamente de Franco y eran tan amigos de Fraga Iribarne, llevan en el poder casi el doble de tiempo que el Generalísimo), junto con Alfredo Stroessner, Anastasio Somoza, Duvalier o incluso Idi Amin o los genocidas de Pol Pot, para no dejar fuera a los clásicos, como Adolf Hitler o Benito Mussolini, ubicados junto con los Pinochet, los Videla, los Bordaberry que han asolado este continente. La lista sería casi interminable, pero sería también un negocio extraordinario: todos tuvieron (y muchos aún tienen) simpatizantes, hombres y mujeres que creen que la intolerancia, la violencia contra los suyos, la tortura y el totalitarismo son instrumentos útiles para mantener el orden y generar progreso (como argumentan los defensores de la estatua de Aliyev). Además, todos esos dictadores han arruinado a sus países pero todos, sin excepción, han dejado una casta en torno suyo que supo enriquecerse con la miseria de su gente. El Paseo de la Reforma convertido en el Paseo de los Dictadores, desde esa óptica, no parece ser una mala idea si, en la dinámica del homenaje a Aliyev, cualquiera puede pagar por estar allí.

La verdad es que todo lo ocurrido en torno a esa estatua es vergonzoso, desde el personaje hasta el pago de diez millones de dólares que nadie sabe a dónde fueron a parar. Desde la soberbia de los funcionarios que intervinieron en ese proceso, pensando que nadie sabría quién era el ilustre personaje homenajeado, hasta la ausencia de explicaciones plausibles de Marcelo Ebrard, como jefe de Gobierno capitalino. Poco, sin embargo, es más vergonzoso que las palabras del secretario del embajador de Azerbaiyán en México, Miguel Luna, que le dijo el viernes en el programa Frente al País a nuestro amigo Pablo Hiriart, que todo era parte de un complot, una conjura de los miembros de la comunidad armenia y particularmente del ex rector José Sarukhán (por cierto, uno de los científicos y mexicanos más respetados en nuestro país, en todos los ámbitos) a los que calificó de “asesinos, genocidas e invasores que se meten en asuntos que no les competen”.

¿A poco no podrían decir lo mismo los defensores de los aspirantes al Paseo de los Dictadores, a poco no brindarían recursos, dinero, apoyos a quien les diera un reconocimiento que la comunidad internacional les regatea? La estatua de Aliyev es una de las grandes paradojas de una ciudad gobernada desde hace 15 años por una izquierda que en demasiadas ocasiones olvida sus orígenes y sus principios, unos gobiernos que colocan en mármol a un dictador que paga por ello pero que en todos estos años no ha homenajeado de la misma forma a las víctimas y a los luchadores por la dignidad, la democracia y los derechos humanos que tanto han contribuido a la transformación del mundo y de nuestro propio país.

Por si faltaran ejemplos

El deterioro de estas mismas fuerzas se pone de manifiesto en muchos ámbitos. El municipio de Benito Juárez, en donde se encuentra Cancún, ha sido gobernador por el PRD desde hace años. Pero su anterior presidente municipal, Greg Sánchez, terminó en la cárcel por sus relaciones con el narcotráfico. Es verdad que está en libertad porque el juez Efraín Cázares López, que acaba de ser destituido de su cargo por el Consejo de la Judicatura, le otorgó un amparo sin informarle a la PGR que no pudo, porque no tuvo conocimiento, apelar contra el mismo. Su sucesor, el también perredista Julián Ricalde, fue acusado, por los mandos militares de la zona, de tener una policía corrupta en más de 90% de sus elementos. Y para desmentirlo, además de insultar a los mandos militares, Ricalde acusó a Sánchez, quien a su vez lo tildó de traidor y mentiroso. En estas manos está el principal centro vacacional del país.

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