octubre 11, 2012

Murió Lazcano... ¿y?

León Krauze (@Leon_Krauze)
leon@wradio.com.mx
Epicentro
Milenio

Por irresistible que sea, dejemos por un momento la reflexión sobre el tragicómico proceso de la difusión de la muerte de Heriberto Lazcano y el destino-hurto-extravío de sus restos.

Después de la muerte de Lazcano habrá que concederle algo a Felipe Calderón: al menos en la estrategia propuesta inicialmente por su gobierno, la lucha contra las organizaciones criminales ha sido un éxito. El equipo calderonista ha explicado muchas veces que el eventual “triunfo” del Estado mexicano comienza con la captura o asesinato de los principales líderes del narcotráfico en el país. Desde esa perspectiva, el gobierno ha cumplido con creces. Hace seis años, prácticamente todas las organizaciones criminales mexicanas podían presumir de un organigrama intacto. Un sexenio más tarde, casi todo el primer círculo de al menos cuatro de las peores bandas criminales del México moderno ha sido, para usar un adjetivo muy de nuestros tiempos, “desarticulado”. Solo el cártel de Sinaloa ha evitado el arresto de sus cabecillas. 25 de los 37 capos más importantes están detenidos o bajo tierra. Si cayera Joaquín Guzmán, el gobierno podría presumir la captura de la gran mayoría de los líderes históricos del narcotráfico en México. No es poca cosa.

O quizá sí lo es. Parte de la desgracia mexicana es que, seis años después de comenzada la guerra, aún no está claro si la estrategia de decapitación resultará en una disminución sostenida de la violencia y en la recuperación de las funciones del Estado en los lugares que dejaron de regirse por las leyes del país. En otras palabras: ¿el descabezamiento de las organizaciones criminales las debilitará volviéndolas más manejables o dará paso al peligroso surgimiento de nuevas y voraces cabezas de la hidra, hombres menos preparados, más ambiciosos y más sanguinarios; eso que expertos como Alejandro Hope llaman “bandolerismo”? ¿Es esa la mejor manera de acabar con el círculo vicioso de un negocio tan redituable y persistente como el narcotráfico? ¿Servirá de algo la estrategia cuando todavía se ve tan lejano el día en que México tenga fuerzas policiacas locales ya no incorruptibles —parece una utopía— sino mínimamente confiables?

Esas son las preguntas que importan ahora. Y nadie, en realidad, tiene una respuesta definitiva. Quien diga lo contrario, miente.

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