noviembre 13, 2012

Di sí a la mota

Roberta Garza (@robertayque)
Milenio

Colorado y Washington han votado por legalizar la mariguana, ya no con fines “medicinales”, como es en otros 18 estados, sino llamándole a las cosas por su nombre: para fines recreativos. Pero la lista de asegunes entre la aprobación de la ley y su aplicación en la vida real es enorme.

Si se va a tratar la sustancia con los necesarios controles vigentes para el alcohol o el tabaco, habrá que fijar cuál es la dosis mínima, digamos, para considerar a alguien no apto para conducir, asunto difícil porque no existe una prueba barata o instantánea para saber el nivel de tetrahidrocanabinol (THC) en la sangre. Habrá también que detectar y señalar la potencia de cada cepa vendida por su carga de THC, de la misma manera en que un tequila no es igual en grado de alcohol a un vino tinto. En suma, habrá que armar una legislación completa —fiscal, penal, mercantil, etcétera— y destinar dinero a clínicas de orientación y salud; la capacidad adictiva de la mota es nula, pero sus efectos casi siempre desinhibitorios, a veces alucinógenos y las menos veces conducentes a estados de paranoia —éstos parecidos a los que padecen los profesionales del prohibicionismo, por cierto, sin que nadie los tache de nada— pueden ser problemáticos en casos aislados; como sucede, de hecho, con el alcohol, sin que sea razón para negárselo a las mayorías celebrantes y sensatas. Y no olvidemos que cuando la mota es fumada libera humo; ¿se prohibirá su uso en sitios públicos, como es el caso del tabaco, por respeto a los pulmones de terceros?

Y eso es lo fácil. Las cosas se complicarán cuando se trate de compatibilizar una legislación estatal que contraviene abiertamente a la federal y, más allá de las fronteras del Tío Sam, cuando se intente justificar en los bueyes de mi compadre una lucha abundante en violencia, corrupción y pérdida de vidas y de recursos por algo que en selectas regiones de la unión podrá regalarse en las canastillas navideñas como cualquier botella de buen whiskey.

Pero lo más increíble es que nuestra flamante administración en vez de aprovechar la coyuntura para sacar de las garras de los cárteles a una industria que para México podría ser tanto o más lucrativa que el petróleo —que, por cierto, tampoco vendemos, sino que defendemos— fije de entrada, para darle coba al medroso conservadurismo nacional e internacional, la postura del no a la legalización, desperdiciando una magnífica oportunidad de hacer historia convirtiéndose en impulsora de un cambio de paradigma para América toda.

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