noviembre 12, 2012

El Buen Fin: tú decides y eliges

Arturo Damm Arnal (@ArturoDammArnal)
arturodamm@prodigy.net.mx
La Crónica de Hoy

La actividad económica terminal, aquella que le da sentido a todas las otras actividades económicas —ahorro, inversión, producción, comercio, etcétera— es el consumo. Si por alguna extraña razón dejáramos de consumir, lo cual se conseguiría una vez que todas las necesidades, deseos, gustos y caprichos quedaran total y definitivamente satisfechos1, todas las otras actividades económicas saldrían sobrando. ¿Qué sentido tendría, por ejemplo, realizar todas las tareas que supone producir bienes y servicios si nadie consumiera los bienes y servicios producidos? ¿Tendría algún sentido, otro ejemplo, la oferta de bienes y servicios si no hubiera demanda por ellos? Al margen del consumo la realización de todas las otras actividades económicas reportaría, no un beneficio, sino un perjuicio, no una ganancia de utilidad sino una pérdida de la misma. ¿Qué actividad económica es la que le da sentido a todas las otras actividades económicas? El consumo, que es la actividad económica terminal, y de la cual nadie, por más frugal que sea, escapa.

¿Qué es el consumo? He aquí la respuesta del Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española: acción y efecto de consumir comestibles y otros géneros de vida efímera, lo cual nos lleva a preguntar ¿qué es consumir? He aquí la respuesta del mentado diccionario: utilizar comestibles perecederos u otros géneros de vida efímera para satisfacer necesidades o gustos pasajeros, definición que apunta en la dirección correcta (cosa que no siempre sucede, muchos menos con términos relacionados con la actividad económica), resaltando lo esencial del consumo: la disposición efectiva del satisfactor para la satisfacción de la necesidad, el gusto, el deseo o el capricho, comenzando por las necesidades básicas, que son aquellas que, de quedar insatisfechas, atentan en contra de la salud o la vida del ser humano. Así definido, y esta es la definición correcta, el consumo es algo distinto de la compra, y a las pruebas me remito: ¿cuántas veces compramos mercancías que, por una u otra razón, no consumimos? ¿Resultado? Despilfarro de recursos, lo cual, si el problema económico de fondo es la escasez —no todo alcanza para todos, y menos en las cantidades que cada uno quisiera— resulta una situación antieconómica, y ello por un doble motivo, uno del lado de la oferta y el otro del lado de la demanda: 1) se usaron factores de la producción —recursos naturales; instalaciones, maquinaria y equipo; trabajo humano— para producir algo que, al final de cuentas, no va a satisfacer una necesidad, por más que genere ingreso y ganancia para su productor; 2) se destina parte del ingreso del comprador, ingreso que es limitado, a la compra de un satisfactor que no se va usar como tal, de tal manera que el comprador no se convierte en consumidor: compró una mercancía, cuyo fin es satisfacer una necesidad, un gusto, un deseo o un capricho, que no llegó a proporcionar esa satisfacción.

¿Qué fenómeno se suscita cuando la compra no se convierte en consumo, es decir, cuando se compra por comprar y no para consumir? El hecho que se produce es una de las manifestaciones del consumismo, que, bien vistas las cosas, debería llamarse comprarismo: se compra por comprar, no para consumir, lo cual, si bien genera una ganancia objetiva para el oferente, y un bienestar subjetivo para el demandante, no deja de ser una acción antieconómica, a favor del despilfarro de recursos, tanto por el lado de la producción, como en el frente del consumo.

Este comprarismo no es la única manifestación del llamado consumismo, definido, según el Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, como: actitud de consumo repetido e indiscriminado de bienes en general materiales y no absolutamente necesarios, definición que, nuevamente, apunta en la dirección correcta, haciendo mención a lo necesario, debiendo de distinguir entre lo que verdaderamente se necesita y lo que únicamente se quiere. Lo que se necesita, por estar anclado en la naturaleza (recordemos la distinción de Aristóteles entre economía —satisfacción de necesidades, que tienen límites— y crematística —afán de poseer, que no los tiene—) resulta limitado, tal y como ya lo apunté en algún otro párrafo: las necesidades, si bien no definitivamente, sí pueden satisfacerse totalmente. Por el contrario, lo que se quiere, por pertenecer al campo de la imaginación, resulta ilimitado: el ser humano puede quererlo todo, por más que no pueda obtenerlo todo, querer ilimitado que, combinado con un poder limitado, crea un estado de insatisfacción y frustración constante, por la desproporción entre el deseo y la fuerza: quererlo todo sin poderlo todo, y si poderlo porque, va de nuevo, el problema económico de fondo es el de la escasez: no todo alcanza para todos, menos en las cantidades que cada uno quisiera2, sin olvidar que el primer recurso escaso al que nos enfrentamos es el tiempo: veinticuatro horas al día, por una determinada cantidad de días en la vida de cada quien, ¡y nada más!

Más allá de las consecuencias económicas tanto del comprarismo como del consumismo —despilfarro de recursos, tanto por el lado de la oferta como en el frente de la demanda— hay que tomar en cuenta la dimensión ética de tales prácticas, por ejemplo, en el caso de la sustitución de un satisfactor por otro de igual calidad y eficacia semejante, sustitución que, bien vistas las cosas, es una modalidad del comprar por comprar, en la cual la cosa se impone a la persona, lo cual supone una inversión del orden correcto, en el cual la persona es la que se debe imponer a la cosa, imposición que hace posible que la persona conserve su libertad frente a la cosa y, por ello, frente a sus necesidades, gustos, deseos y caprichos, libertad frente a todo ello que hace del querer un querer consciente, en el cual la inteligencia guía a la voluntad, permitiendo distinguir, por ejemplo, entre lo que se verdaderamente se necesita y lo que únicamente se quiere, distinción indispensable para, entre otras muchas cosas, hacer un buen uso del crédito que, bien usado, es una herramienta extraordinaria, de la misma amera que, usado malamente, es un arma muy peligrosa.

Todas las reflexiones anteriores vienen a cuento porque estamos a unos días del Buen Fin, ese largo fin de semana en el cual los consumidores encontraremos, desde buenos descuentos hasta atractivos préstamos, todo lo cual debe usarse a favor del consumo, no del comprarismo o el consumismo, debiendo hacernos las siguientes dos preguntas. Con relación a las mercancías en oferta: ¿realmente las necesito o solamente las quiero? Con relación a los préstamos en condiciones favorables: ¿realmente estaré en condiciones de pagar el préstamo contraído?

Por último, suponiendo que pretendamos aprovechar el Buen Fin con cargo al próximo aguinaldo, cuyo pago en muchos casos podría adelantarse, tener en cuenta que una buena manera de utilizarlo es, en el orden citado, la siguiente: 1) para comprar aquello que verdaderamente se necesita (debiendo subrayar lo de verdaderamente; 2) para pagar deudas (por lo menos pagar parte de lo que se debe); 3) para ahorrar (ahorro que es el primer paso en el camino del progreso económico); 4) para comprar aquello que únicamente se quiere (que, por ser eso, lo que únicamente se quiere, puede quedar pospuesto para mejores tiempos).

Frente el Buen Fin, tú decides y tú eliges.



1 Las necesidades pueden quedar totalmente satisfechas, pero no definitivamente satisfechas: después de una buena comida uno puede quedar totalmente satisfecho, pero ello no quiere decir que tarde o temprano no nos vuelva a dar hambre.

2 ¿Quién no tiene alguna necesidad, gusto, deseo o capricho insatisfecho?

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