noviembre 26, 2012

Felipe Calderón

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

No se hizo en los rigores de la tecnocracia, ni en las exigencias de la empresa; no lo moldeó la oscuridad de la academia ni la flama de la movilización social. Se formó en las labores de partido, entre las paredes del parlamento. De ahí viene su perfil oratorio, su energía polémica, su ánimo persuasivo. No le bastaba hacer, se empeñó en convencer. Hablar fue, para él, parte sustancial del gobernar. A diferencia de sus antecesores (y de su sucesor), Felipe Calderón cree en una política capaz de pasar la prueba del razonamiento público. No ignoró a sus críticos. Los vio de frente, los escuchó, se expuso al resentimiento. No se aisló del dolor. Lo que se mantuvo siempre hermética fue su política. En su obstinación no se asomó la fisura.

Pudo haber sido un sensato Presidente conservador si hubiera sido leal a esa mitad de su temperamento, pero fue infiel al político tradicionalista que es. Su gobierno se batió entre la prudencia de ese conservador y el ímpetu de un cruzado. Su conservadurismo no se expresó solamente al defender la penalización del aborto o al oponerse al matrimonio como derecho universal. Fue un conservador porque entendió su trabajo como el de un protector de lo que existe. Lo que mejor hizo lo hizo como cuidador o, si acaso, continuador de lo iniciado por otros. No fue un innovador, fue un buen protector de lo heredado. Y así cuidó del patrimonio común... y también de los privilegios de algunos.

De la timidez conservadora viene, en efecto, el escrupuloso manejo económico, la tenacidad constructiva, la exitosa política de salud. De ese mismo impulso viene también la renuncia a conducir la política educativa, el apocamiento frente a los grandes intereses corporativos y los monopolios, la cortedad de su ambición histórica.

Pero lo más nocivo del gobierno de Calderón, su herencia más perdurable, no proviene de esa mitad de su temperamento sino de la otra: de su temeridad. Más que gobierno valiente, el suyo fue gobierno de valentonadas. Calderón pudo haber acertado al ejercer su sentido de autocontención pero (a excepción de su confrontación con el SME) erró en sus atrevimientos. Incurrió en uno de los peores vicios del actuar político: la obsesión. En defensa de sus decisiones iniciales y en respaldo de sus soldados optó por suspender relaciones con la realidad. Buscó nuevos argumentos, nuevas explicaciones, nuevas justificaciones para la misma estrategia. Se atrevió a enfrentar a los criminales pero no se atrevió a corregir el rumbo. Su peor papel fue el de su obcecación: comandante de una guerra voluntaria. Voluntaria, digo, porque si enfrentar el crimen no era opción, encararlo con la fantasía de una guerra de liberación, sí lo era.

Conocedor de las leyes, parlamentario decimonónico, Felipe Calderón entendió la importancia de dignificar el ejercicio de la Presidencia. Fue un gobernante sobrio, de infrecuentes desplantes. Pero esa conciencia de Estado, ese aprecio de las reglas, ese esmero por defender las instituciones como patrimonio común, encalló en aquella política de la que se imaginó fundador. En la lucha contra el crimen organizado nada de lo preexistente servía, todo había que inventarlo. Ahí no hubo perspectiva de Estado sino manía de cazador. Por eso, a pesar de haber visto el fracaso de su estrategia nunca admitió responsabilidad para dar el giro de adaptación. Primero los culpables eran los de antes, después los de afuera.

El efecto de su estrategia (lo único que verdaderamente cuenta) fue el contrario al esperado: erosión del Estado, no su fortalecimiento. La libertad es hoy más precaria que hace seis años. El Estado, más arbitrario y abusivo que hace seis años. El presidente católico, el abogado panista, llegó a presumir la muerte como si se tratara de un trofeo. En el sexenio de la muerte, el Presidente se celebró con cadáveres.

Desconfiado hasta de su sombra, como advirtió su mentor, hizo política sin hacer equipo. Por ello no deja herencia ni herederos. Ordenado y sensato no cayó en las trampas de la frivolidad ni en las tentaciones de la demagogia. No lo manchó el escándalo personal. Apenas rozó la megalomanía. Nunca absorbió el odio sembrado por sus malquerientes. Encaró con aplomo las dificultades que habrían enloquecido a muchos. Entre la furia de malos perdedores, tremendas epidemias, provocaciones criminales y cataclismos internacionales, Calderón se mantuvo ecuánime.

Siendo, como decían sus promotores iniciales, el primer panista en Los Pinos, condujo la abdicación ideológica de su partido. La derrota más grave que debe encarar el PAN no es la electoral, sino la cultural. Al ceder la Presidencia a su enemigo histórico, Felipe Calderón entrega un país económicamente estable y con perspectivas promisorias de crecimiento. También un país menos libre, más temeroso, más bárbaro.

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