noviembre 01, 2012

Razones para la esperanza

Agustín Basave (@abasave)
abasave@prodigy.net.mx
Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Excélsior

Los mexicanos solemos debatirnos entre la ilusión y el fatalismo. En este siglo XXI, desde la prospectiva neoliberal de nuestra economía, el país aparece enfilado hacia un futuro promisorio, mientras que en la perspectiva de los críticos de nuestra realidad social las cosas van de mal en peor. Aunque yo validaría elementos de ambas apreciaciones, francamente encuentro más motivos para preocuparme por la segunda que para entusiasmarme con la primera. Cierto, soy de los que asumen que hoy por hoy un optimista es un pesimista mal informado, pero más allá de sesgos estoy persuadido de que la salud macroeconómica no llega a las entrañas del país. Las dos principales enfermedades históricas de México son la corrupción y la desigualdad, y en ninguna de ellas observo mejoría. Me resulta imposible pensar que saldremos del subdesarrollo sin extirpar esos dos tumores o al menos detener su metástasis.

Con todo, tengo razones para la esperanza. Soy pesimista, no fatalista, porque creo que tenemos remedio. Si los mexicanos hemos echado a perder a México, y si hay mexicanos capaces de recomponerlo, entonces la redención es posible. Me refiero a la sociedad civil, en la que le tengo más fe que en la partidocracia. Existen personas y organizaciones con espíritu justiciero en el más amplio sentido de la palabra que trabajan admirablemente para redimir a México. Pienso en centros de derechos humanos como el Miguel Agustín Pro Juárez de los jesuitas, que acaba de sacar a un inocente más de la cárcel, o el Fray Francisco de Vitoria de Miguel Concha, y en movimientos como el de Javier Sicilia que busca hacer visible el sufrimiento de las víctimas de la violencia y revertir el envilecimiento del tejido social. Y pienso en el Obispo Raúl Vera y su voz a favor de quienes no la tienen, en el Padre Solalinde, en las mujeres de La Patrona y en otros que se dedican a proteger a los desprotegidos.

Pienso sobre todo en los miles de mexicanos que se levantan todos los días con la determinación de vivir honradamente. En este país donde están dadas las condiciones para que sea muy fácil corromperse y muy difícil apegarse cabalmente a la legalidad y a la honestidad, deberíamos erigir un monumento al ciudadano íntegro. Es mucho más meritorio ser legal y honesto en México que en Nueva Zelanda o en Suecia. Allá conviene cumplir la ley, porque está hecha para cumplirse y porque los que la violan pagan un precio muy alto; acá la distancia entre norma y realidad y la impunidad hacen rentable la corrupción en todas sus manifestaciones, y quienes la rechazan nadan contra la corriente al grado de que sus vidas llegan a ser apostolados. Por eso es tan esperanzador conocer mexicanos probos: el comerciante que vende kilos de mil gramos, el taxista que devuelve la cartera olvidada, el maestro que se entrega a la buena enseñanza, el policía que no pide mordida, el burócrata que busca ayudar sin que lo “ayuden”, y no se diga el político que de veras quiere servir a los demás.

Cuando encuentro gente así me convenzo de que no todo está perdido. Y es que, si cambiamos los incentivos perversos que hay en nuestra legislación y contrarrestamos la mentalidad que se ha arraigado durante tanto tiempo de ignorar a la ley como referente, podemos forjar la cultura de la legalidad que tanta falta nos hace. Y si comprendemos que combatir la desigualdad y la pobreza es tanto un imperativo moral como un asunto de paz social, dejaremos de impulsar la agenda de la plutocracia que desvirtúa la democracia representativa. Aunque limitados, existen espacios mediáticos que difunden ese análisis crítico, como el programa Primer Plano de Canal Once. Y ahí están las redes sociales. El germen del cambio reside en la sociedad, especialmente en la juventud, esa que despertó en el 11-MM.

Los vicios idiosincráticos de México, por desgracia, no se agotan en esas dos enfermedades. Otros de nuestros males son nuestra proverbial desconfianza, la costumbre de no confiar ni en nosotros mismos, y la manía de desperdiciar nuestra creatividad en la adaptación de imitaciones extralógicas. Y de ese contexto extraigo más razones para la esperanza. Razones que algunos juzgan “frívolas”, como nuestra medalla de oro en futbol en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, ganada por representantes de una nueva generación que se sabe capaz de asaltar las alturas y que no se achica ante los rivales poderosos. Y razones “serias”, como el éxito de mexicanos que están poniendo en alto el nombre de nuestra cultura en el mundo. Por falta de espacio me limito a mencionar a los primeros que me vienen a la mente: Ignacio Padilla en la novela, Sergio Hernández en la pintura, Sabina Berman en el teatro, Enrique Olvera en la cocina y Alejandro Filio en la trova. Y si voy más atrás, agrego a algunos de los que han impregnado de originalidad a sus disciplinas, académicos del calibre de Diego Valadés, Roger Bartra, Jaime Labastida o Josefina Zoraida Vázquez. Y qué decir de Gabriel Zaid. Si, como sostengo, para redimirnos debemos abrazar el filoneísmo, he aquí unos cuantos ejemplos de que podemos hacerlo. ¿Cómo no vamos a tener solución, carambas?

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