noviembre 28, 2012

Un aplauso

Ricardo Alemán (@RicardoAlemanMx)
El Universal

Si bien apenas se encuentra en etapa de buenas intenciones —porque las pláticas para un gran acuerdo nacional apenas empiezan—, ya es digna de un sonoro aplauso la posibilidad de que las tres fuerzas políticas más relevantes del país —PRI, PAN y PRD— pacten, acuerden y negocien lo necesario, en favor de los mandantes, de sus patrones, que son —somos— los ciudadanos.

Y es que precisamente esa, la de negociar, pactar, acordar, convenir y ver por el bien de las mayorías es la diferencia entre una clase política de buenos para nada —como han sido la mayoría de los políticos en la última década—, y una clase política eficaz, de profesionales capaces de empujar las grandes transformaciones y que se asuman como parte del Estado mexicano, antes que pertenecer a las groseras mafias de las tribus, los partidistas y los caudillos que vemos todos los días.

Y parece que luego de 12 años de divorcio entre los partidos y la política, luego de años de odio y fractura irracional entre el bien común y la política, existen nuevas condiciones para utilizar las armas de la política en la lucha contra los grandes problemas nacionales. Y las armas son todas ésas, el diálogo, la negociación, el acuerdo, el consenso, el pacto entre todas o las más importantes fuerzas políticas para empujar al país fuera del alcance de los grandes flagelos.

Pero también es tiempo de acabar con esa tara dialéctica que pregona un sector de la mal llamada izquierda mexicana, que supone que dialogar, negociar, pactar y/o acordar con el PRI o con el PAN es un pecado capital; una supuesta traición a quién sabe qué timoratas creencias que en la práctica han demostrado, una y otra vez, que son un fracaso.

Lo cierto es que —en México y en el mundo— los grandes cambios y las verdaderas transformaciones se han conseguido gracias al consenso, el acuerdo, la negociación y el pacto entre los adversarios políticos. Y no es casual que en México las últimas grandes reformas se hayan conseguido cuando sumaron fuerzas los tres grandes partidos políticos mexicanos: PRI, PAN y PRD.

Y tampoco es coincidencia que uno de los últimos pactos nacionales de gran aliento fueran posibles, en México, gracias al consenso, al acuerdo, el pacto y la negociación, nada menos que entre Felipe Calderón, Andrés Manuel López Obrador y el PRI de Ernesto Zedillo. Y la gran reforma lograda en esa ocasión fue nada menos que la reforma electoral de 1996-1997, que desencadenó la democracia electoral, la alternancia en el poder y la pluralidad políticas.

Y en efecto, por increíble que hoy parezca a los fanáticos que a ciegas y sordas siguen a AMLO y a Morena, lo cierto es que López Obrador fue el primero de los jefes del PRD que pactó con el PRI; con el de Ernesto Zedillo, quien de esa manera abrió la puerta para que las llamadas izquierdas partidistas accedieran al poder y cerraran el círculo de la alternancia y la transición democrática. Sin embargo, cuando cayó el PRI del poder presidencial, en el año 2000, también se acabó el tiempo de los grandes cambios, las grandes reformas y la grandeza de algunos políticos mexicanos.

¿Qué pasó en los últimos 15 años? ¿Por qué la política cedió su lugar al odio, el chantaje, el chanchullo y la chabacanería? ¿En qué momento los partidos y los políticos se divorciaron de la política y olvidaron sus herramientas esenciales?

Lo cierto es que desde la emblemática elección presidencial de 1988, cuando el PAN pactó con el PRI las grandes reformas que requería el país, las llamadas izquierdas se marginaron y fue el PAN el gran ganador de las circunstancias, al privilegiar la alianza con el PRI y los grandes cambios. Esa política de alianzas y acuerdos políticos le permitió al PAN acceder al poder, en tanto que las izquierdas se alejaron de esa posibilidad al apostarle a la mezquindad, el odio y el chantaje.

Hoy, curiosamente semanas después que el PRD tiró el lastre de López Obrador y de Morena, los amarillos parecen dispuestos a un golpe de timón que los lleve de nueva cuenta a la corriente de cambio, junto con el PAN y el PRI. Y claro, en el PRD de inmediato saltaron de las catacumbas las fuerzas más atrasadas —como la mafia Bejarano y Padierna—, que insisten en vivir en el pasado.

¿Hasta dónde llegará el gran acuerdo nacional que planean PRI, PAN y PRD? Hoy nadie lo sabe, y no se debe descartar que no llegue lejos. Pero sí sabemos que el esfuerzo ya merece un aplauso. Al tiempo.

EN EL CAMINO

Por cierto, dicen los que saben que El Chucho Carlos Navarrete pronto dará una sorpresa que marcará aún más el divorcio entre los descocados de Morena y el PRD.

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