diciembre 11, 2012

La leyenda inmortal

Rafael Cardona (@cardonarafael)
racarsa@hotmail.com
El cristalazo
La Crónica de Hoy

La pregunta de hoy es tan simple como imposible de responder: si todos los detenidos eran inocentes, como dijo la justicia, ¿dónde están entonces los culpables?

La discusión o al menos el análisis en torno de la culpabilidad de quienes a la postre y como era previsible fueron liberados hasta con disculpas de por medio (lo cual se justifica si eran inocentes), nos ha dejado ayunos de otro análisis: las razones reales de la protesta.

Los manifestantes (incluidos entre ellos los vándalos y los anarquistas, aunque éstos se hayan desvanecido en el infinito) querían protestar por la toma de posesión del Presidente de la República cuya ilegalidad en el cargo es una invocación, no una evidencia.

La rebeldía y el coraje, la rabia y la furia no serían entonces, en todo caso, nada más en contra del presidente Peña, sino también contra los órganos electorales, los tribunales, los partidos políticos, las embajadas y los grupos representativos de gremios, oficios e industrias; es decir, todo aquel ajeno a la protesta por la imposición vendría resultando cómplice de esa especia pastosa conocida como “la compra de la presidencia”.

En esas condiciones la notoria disparidad entre quienes se manifiestan en contra y quienes de manera normal siguen su vida bajo el nuevo gobierno es notoria. Peña llegó al cargo, obviamente, con una mayoría electoral de tres millones de votos.

—Los compró, dicen sus adversarios, lo cual jamás pudo ser comprobado.

Pero sí está probado el número de personas dispuestas a seguir la vida en este país bajo las actuales condiciones institucionales. Son más los conformes y menos los inconformes. Así hayan sido más quienes en conjunto (como sucede en toda democracia) votaron por otras opciones.

Por eso es muy importante exigirles a las autoridades de todos los niveles el compromiso de poner las cosas verdaderamente en claro. La pregunta de hoy es tan simple como imposible de responder: si todos los detenidos eran inocentes, como dijo la justicia, ¿dónde están entonces los culpables?

Los fabricantes de explicaciones han diseminado su teoría. Y su acusación: los verdaderos vándalos, los enmascarados, equipados y adiestrados se ocultaron tras los hechos debido a la protección de su paternidad clandestina: el propio PRI; perverso hasta para eso y más, los habría enviado a sembrar el caos para desacreditar la protesta social legítima, pacífica, constructiva y democrática. Los comandos del mal se prodigaron en el vandalismo para construir una imagen y hacer creer en el vandalismo ajeno.

No desearás el vándalo de tu prójimo, podrían decir.

Pero la pregunta sigue siendo válida: infiltrados o no, los enmascarados incendiarios no actuaban en un territorio propio. Los estaba vigilando la policía de la ciudad de México, si bien desarticulada por la ausencia de Manuel Mondragón y la impericia de la operación en esos momentos de cambio de guardia.

Como sea, una vez más las cosas fuera de control se quedan fuera de comprensión. Nadie sabe nada o quien lo sabe no lo explica. Sólo quedan entonces la sospecha, la desinformación y la vulnerabilidad del Estado frente a vándalos armados o frente a la dispersión siempre condenatoria de las redes sociales.

Y también queda la leyenda inmortal sobre la ilegalidad de los procesos electorales.

Los propagandistas de la causa han desplegado una estrategia de comunicación infalible. Les ha bastado desacreditar a la otra parte, en muchos casos con la colaboración de ésta. La leyenda urbana ha colocado a los buenos de un lado y a los malos (el neo sistema) del otro.

Cada cosa se confirma con su sola existencia o con su sola mención. Es la automática veracidad del diagnóstico redentor.

La represión es el paso automático de la ilegalidad. La prudencia es el miedo por cuya existencia se confiesa la culpa.

Bienaventurados los manifestantes, pues de ellos será el reino de los cielos. Si la justicia los libera por presión política, se demuestra su inocencia (y la de futuros manifestantes); si los mantiene encerrados, entonces se prueban los motivos de la inconformidad (la condición represora) y se convoca a una nueva manifestación con más elementos y consignas.

Los mecanismos de comunicación social de la izquierda y sus afines terminan siempre por sembrar su verdad y, en no pocas ocasiones, con ellos acaban escribiendo la historia.

Y desde su cómoda situación, alguien se dobla de risa.

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