enero 09, 2012

'Este o este' por Paco Calderón




Un frasco peligroso

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

Un frasco puede ser un recipiente de agua o de veneno. El mismo envase puede alojar una medicina o una sustancia letal. Por eso importa la etiqueta. Confiamos en el marbete para identificar la composición del líquido, para mantenerla lejos de los niños, para aplicar la dosis correcta, para separar los líquidos de la cocina de los del botiquín o la cochera. Una de las campañas más intensas de los consumidores en los últimos años ha sido precisamente la batalla por las etiquetas: contar con información veraz y comprensible de lo que uno compra en un empaque. El consumidor (como el votante) requiere información para decidir. No puede arriesgarse a probar con la tripa el misterio de los frascos.

Enrique Peña Nieto es un frasco sin etiqueta porque carece de contenido propio. Puede ser garrafón de gasolina, una olla de sopa vieja o una botella de cocacola. Peña Nieto será lo que otros viertan en el recipiente. Es un envase, un frasco vacío. ¿Alguien puede dudar del peligro que significa beber de un frasco sin nombre? Lo advirtió Manlio Fabio Beltrones y creo que tiene razón: un político sin ideas es un político peligroso. Si el atractivo del candidato único del PRI es estrictamente formal (una imagen, una carátula, un actor que representa el papel de un político joven), sus respaldos provienen de su vacuidad. No es raro que así sea. ¿Qué mejor para los grupos de interés en México que patrocinar a un político atractivo que no presenta el inconveniente de pensar por sí mismo? Conforme pasa el tiempo, parece claro que el escándalo de los libros no fue un resbalón menor. La incapacidad del candidato para lidiar ágilmente con lo imprevisto mostró su vulnerabilidad central: no solamente se trata de un político ignorante, sino de un político sin fibra, un cartón sin constitución propia, un estuche sin esqueleto. Si aquel incidente de la chachalaca fue tan nocivo para la primera candidatura de López Obrador fue porque ofreció a muchos dubitativos la confirmación de una sospecha. El candidato de la izquierda no era un hombre tolerante, como mostraba esa orden de silencio al Presidente. Los escándalos no se evaporan fácilmente cuando conectan con una intuición colectiva, cuando alimentan un recelo preexistente. Esa es la puntería del escándalo de los libros. Creíamos que Peña Nieto era un actor en busca de un papel protagónico para el que no está preparado. Lo confirmamos. De ahí la posibilidad de que aquel tropiezo con autores y títulos sea más que un accidente para convertirse en una definición.

Digo definición pero debo decir caricatura. El tropiezo de Peña Nieto no lo convirtió en un político temible sino risible. En unos minutos, Peña Nieto se ganó la peor de las descalificaciones para un hombre que aspira al gobierno: el ridículo. En Guadalajara, el candidato priista perdió algo más que la imagen de invulnerable: perdió respetabilidad. No será fácil ya tomarse en serio al exgobernador del Estado de México. Y cuando lo vemos de nuevo en el estudio de televisión deseándonos una feliz Navidad, mientras su esposa lo acaricia y lo admira con ojos tiernos, ratificamos que se trata de un político de aparador. Un político inventado por los reflectores de la televisión que puede ser destruido por la luz natural. Si mostraba habilidad política como gobernador y como líder del priismo mexiquense, parece que ese talento termina en la frontera del Estado de México. A Peña Nieto no le sienta bien cruzar las Torres de Satélite: fuera de la protección de la política local, el político ha tropezado una y otra vez.

Se dirá que ha firmado un libro que es un programa serio y razonable de gobierno y que en sus propuestas se mide su estatura pero, evidentemente, la solidez de un político no está en los documentos que suscribe, sino en el temple. Peña Nieto navega con instrumentos prestados. No contempla el mundo con sus propias herramientas, los utensilios que ha ido formando a lo largo de la vida, producto de su experiencia, del éxito y del error. En ausencia de curiosidad intelectual, de una vida nutrida de experiencias, carente de ideas propias, su vínculo político con el mundo es indirecto: el que su corte le ofrece. La dependencia de su entorno es absoluta. El frasco no se llena desde dentro. ¿Con qué elementos podría, por ejemplo, resistir la influencia de un tecnócrata arrogante que convirtiera en su asesor principal? ¿Tiene elementos para ponderar sensatamente juicios contrarios? ¿Cómo reaccionaría ante una crisis imprevista? ¿Cómo podría resistir las intimidaciones de los poderes económicos? Votar por un frasco vacío es arriesgarse a beber una botella de amoniaco con la ilusión de que sea agua de limón.

AMLO, el renegado

Ricardo Alemán (@RicardoAlemanMx)
Excélsior

No es novedad que los hombres del poder recurran al engaño y la simulación, como estrategia política y de gobierno

En las democracias modernas, la mayoría de electores saben que el poder es capaz de hacer milagros.

Saben, por ejemplo, que un político que aspira a un puesto de elección popular es capaz de todas las mentiras posibles —por absurdas, descocadas y/o disparatadas que parezcan—, con tal de ganar el voto ciudadano.

De hecho, los electores saben que los políticos suelen engañarlos y, al mismo tiempo, los electores hacen como que no descubren el engaño, en una suerte de simulación democrática.

Por ejemplo, hoy en España se generó una potente corriente de opinión que cuestiona al nuevo presidente, el derechista Mariano Rajoy, por engañar a los españoles al no hablar nunca —en su periplo proselitista— de recortar la burocracia y menos elevar los impuestos, como estrategias obligadas para paliar la crisis económica. Sin embargo, todos saben que si Rajoy hubiese prometido recortes y más impuestos, nunca hubiese ganado.

Pero tampoco es novedad que los hombres del poder recurran al engaño y la simulación, como estrategia política y de gobierno. En su clásico El Príncipe, Nicolás Maquiavelo elogia las capacidades de los príncipes que saben ser zorros. Dice. “El que mejor ha sabido ser zorro, ese ha salido mejor librado. Pero hay que saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y en disimular; los hombres son tan simples y se someten hasta tal punto a las necesidades del momento, que aquel que engañe encontrará siempre quien se deje engañar”.

Viene a cuento porque los electores mexicanos que acudiremos a las urnas el 1 de julio próximo presenciamos, desde hace meses, una de las más grandes farsas electorales de nuestra historia. ¿De qué estamos hablando? Casi nada, de la campaña electoral de Andrés Manuel López Obrador, el político mexicano que en las redes sociales es motejado como el más grande mentiroso. ¿Por qué lo califican de mentiroso?

Porque embona de manera perfecta en la definición del príncipe zorro, de Nicolás Maquiavelo; “sabe disfrazarse bien y es hábil en fingir”. ¿Y si quieren evidencias..?, están a la vista de todos.

Hace unas cuentas horas, en entrevista con Milenio Televisión, Diego Fernández de Cevallos calificó a AMLO como “Víbora con el mismo veneno”. El Jefe Diego se refirió a que el López Obrador que hace campaña en todo el país, es el mismo zorro de siempre, sólo que con piel de oveja. Y claro, para confirmar su vocación maquiavélica y que ha renegado de “su otro yo”, AMLO respondió con un mensaje de amor a Diego Fernández, a quien extendió “mi mano franca, porque yo no odio a nadie”.

Contrasta la viñeta, porque todos saben que AMLO convirtió al Jefe Diego en epítome de la maldad “contra los pobres”. Incluso, no pocos estudiosos de grupos clandestinos que operan en México, ubican presuntos vínculos entre el grupo radical que secuestró a Diego, y algunos promotores de las aspiraciones presidenciales de AMLO.

Pero la escaramuza entre AMLO y el Jefe Diego no es más que una pincelada del formidable montaje que soporta la campaña de AMLO. Todos saben que López Obrador mandó al diablo a las instituciones, que rompió todas las reglas de la convivencia política con la farsa del plantón de Reforma al Zócalo, y que promovió la destrucción del IFE, como lo conocimos entre 1997 y 2007. Contra todo eso, hoy AMLO promueve la “república amorosa”.

Todos saben que AMLO llamó “delincuentes de cuello blanco” a los empresarios que lo cuestionaban. Hoy AMLO elogia a los empresarios, a los que jura y perjura que no les quitará nada y que, claro, todos se equivocaron al entender que “primero eran los pobres”. Durante años, Televisa fue parte de “la mafia” que le arrebató el poder a AMLO. Hace semanas vimos al zorro tabasqueño, convertido en cordero, que pidió perdón a Televisa.

Durante los meses de su inalcanzable candidatura presidencial —entre 2005 y 2006—, AMLO se negó a debatir con los adversarios presidenciales. Hoy propone 10, 20 y 30 debates, y un día sí y otro también le pide a Peña Nieto debatir. En 2006 se negó a responderle al conductor de Televisa, conocido como Brozo, sobre su cultura literaria. Argumentó que no quería dañar su imagen ante sus seguidores. Hoy hace mofa de Enrique Peña Nieto, porque el mexiquense no pudo hilar tres títulos.

Entre la jerga de la biología y en literatura, una mutación como la que vemos en AMLO es conocida como metamorfosis; en siquiatría se le llama bipolaridad, pero en política, las dos caras de AMLO se resumen con una palabra: farsante.

Lo curioso es que miles se tragan la farsa, sin siquiera masticarla. Al tiempo.

La mediocridad del PAN

Héctor Aguilar Camín (@aguilarcamin)
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

El PRI terminó su era en el poder marcado por dos etiquetas: autoritarismo y corrupción. Los 12 años en el poder del PAN parecen terminar con otros dos sellos inamovibles: mediocridad y violencia.

Ninguna de las dos cosas es cierta, ni la herencia del PRI en el año 2000 era sólo autoritarismo y corrupción, ni la del PAN hoy es sólo mediocridad y violencia.

Pero así se cerraron los signos entonces sobre la imagen pública del PRI, y así van cerrándose ahora sobre el PAN.

El problema de los panistas frente a la elección de 2012 es el mismo que tuvieron los priistas en el año 2000: sacudirse las etiquetas que les imponen, de un lado, sus adversarios, y del otro la fatiga de materiales de la opinión pública, eso que llamamos el desgaste del poder.

El poder desgasta y el poder continuo desgasta continuadamente. No es la ley de Cuba o Corea del Norte, pero es la ley de las democracias.

Como el PRI del año 2000, el PAN de ahora carece de una narrativa convincente de sus logros y de una explicación clara de sus errores.

No vemos aparecer todavía esa narrativa en el discurso de ninguno de los aspirantes panistas, quienes tendrán la misión, se diría imposible, de ser a la vez los candidatos del cambio y los candidatos de la continuidad.

La palabra continuidad es mala, malísima, cuando hablamos de elecciones, pero uno de los logros fundamentales del PAN ha sido darle continuidad a cosas que heredó bien encaminadas.

Primero, el equilibrio de las finanzas públicas, la estabilidad económica, y monetaria, la baja inflación, la responsabilidad fiscal, todo eso que permitió sortear la crisis externa de 2008 con rapidez y eficacia.

Segundo, el clima de las libertades públicas, el espectáculo mayor de la democracia mexicana: su pluralidad política expresándose sin otras trabas que las de sus propios intereses y convicciones.

Tercero, la seguridad social. Por un lado, los programas de combate a la pobreza, por el otro la extraordinaria ampliación de la cobertura de salud.

Nada de esto alcanza para gritar que los años de gobierno del PAN han sido un éxito. Tampoco para construir una promesa de futuro suficientemente poderosa como para vencer las etiquetas.

Quien vaya a ser el candidato o la candidata del PAN tendrá que defender su pasado y prometer el futuro. Tarea compleja tras 12 años de ejercicio en el poder.