enero 29, 2012

'¡Aparátenseme ahí!' por Paco Calderón




De hackers, elecciones y ciberactivismo

Saúl Arellano
sarellano@ceidas.org
La Crónica de Hoy

Desde hace dos décadas, tomando como referencia emblemática la “caída del Muro de Berlín”, hay un debate global en torno a lo que es y cómo se configura el espacio público. En la modernidad, la noción del espacio público ha estado necesariamente ligada a las teorías sobre la democracia, y en ese marco, a las distintas visiones y propuestas para la garantía y ampliación constante de las libertades; y específicamente en este tema, las de conciencia, creencia, expresión y su correlato en el derecho a la información.

De acuerdo con el filósofo Habermas, la opinión pública y el espacio público contemporáneos tienen su origen moderno en los cafés burgueses que comenzaron a proliferar en Europa a partir del siglo XVII y su consolidación en los siglos XVIII y XIX, al grado tal, que las primeras revoluciones burguesas no podrían entenderse sin estos espacios de debate y crítica.

De ese entonces a la fecha, la clave sigue estando, al parecer, en la capacidad de comunicación e intercambio de opiniones; con la diferencia de que hoy, en sociedades multitudinarias, existen capacidades técnicas de comunicación instantánea de amplia penetración y posibilidades de diseminación.

No es nuevo sostener, en esa lógica, que las redes sociales están abriendo nuevas rutas de participación y debate social y político, que están incidiendo directamente en la configuración y dinámica del poder en todo el mundo; hace cuatro años, por ejemplo, el activismo de Obama en redes sociales fue un factor clave en su triunfo electoral, y sin estos instrumentos, las revoluciones en los países árabes no podrían siquiera imaginarse.

Hay además otros ámbitos para los que este tema es de singular relevancia, vinculados a la propia dinámica estructura y funcionamiento de la seguridad del Estado, y con ella, la de las instituciones responsables de la garantía de la transparencia y equidad de los procesos electorales, muy particularmente el IFE, el Tribunal Electoral del Poder Judicial, así como los Institutos Electorales de todas las entidades de la República.

¿Qué pasaría, por ejemplo, si el PREP sufriera un ataque efectivo de hackers o piratas cibernéticos? ¿Qué ocurriría si grupos delincuenciales pudieran infiltrar los “gadgets” de las principales autoridades o de personajes clave, y difundir ilegalmente información utilizando los recursos informáticos?

La problemática está muy lejos de ser mera ciencia ficción. McAffe, la empresa global de software y seguridad informática, alerta en su Boletín de Predicciones de Amenazas para 2012, de un conjunto de riesgos para los cuales no se cuenta todavía con las capacidades suficientes, ni en las empresas ni en el sector público, como para garantizar un completo blindaje.

Desde esta perspectiva, habría dos dimensiones de alerta para las autoridades electorales, especialmente para el IFE: la primera, la del “ciberactivismo”, es decir, la participación legal, activa y consciente de ciudadanas y ciudadanos que ejercen su libertad de expresión y crítica a través de redes sociales; a ello, hay que agregar el desarrollo de acciones propias de los candidatos y precandidatos pues el uso de las redes sociales es gratuito, por lo que difícilmente podría decirse que se incurre en gastos de campaña, enviando, por ejemplo, millones de mensajes a través de redes como Facebook, Twitter, plataformas P2P, e incluso el correo electrónico en el que ni Yahoo, hotmail o gmail cobran, por citar sólo tres ejemplos.

Están, por otro lado, el llamado “hackactivismo”, el cual no necesariamente emplea métodos o recursos legales. Se trata de la acción de personas o grupos con la capacidad de infiltrar sistemas, plataformas de información o hardware incrustado, ya bien con el propósito de robar información o suplantar identidades, o bien para difundir rumores o datos clasificados de “seguridad nacional”, como en el caso de Wikileaks.

En general, McAffe plantea en el boletín citado las siguientes predicciones para el 2012: “Las amenazas industriales se consolidarán y se segmentarán; los ataques al hardware incrustado serán más amplios y profundos; el hacktivismo y Anonymous se reinventarán y evolucionarán. Los sistemas de monedas virtuales sufrirán ataques a mayor escala y con más frecuencia; este será el “el año para la ciberguerra”; la tecnología DNSSEC, de protección de DNS, dará lugar a nuevos vectores de amenazas a redes.

Adicionalmente, “el spam tradicional se va a ‘legalizar’, el phishing dirigido o spearphishing evolucionará hacia un tipo de ataque selectivo a través de mensajes; las redes de bots y los rootkits para dispositivos móviles evolucionarán y convergerán; los certificados falsos y las autoridades de certificados falsas debilitarán la confianza de los usuarios; las mejoras en los sistemas operativos y en la seguridad contribuirán a la aparición de redes de bots y rootkits de próxima generación”.

Ante este escenario la pregunta es si en México estamos listos para hacer frente a estas amenazas y riesgos, y si se cuenta con las capacidades institucionales para el control adecuado de los daños en caso de que se den ataques reales, sobre todo en el escenario de incertidumbre, desorden y descontrol gubernamental sobre la mayoría de los procesos que se están desarrollando. Lo que está en juego es mucho, y al parecer hay una desatención total del gobierno ante este tema.

¿Quién va a pagar?

Jean Meyer
Profesor e investigador del CIDE
jean.meyer@cide.edu
El Universal

Se preguntan, hoy, los europeos. No debemos desinteresarnos del asunto, porque cuando ves que están rasurando al vecino, puedes poner tus barbas a remojar. Indignarse —palabra de moda— contra “la dictadura de los mercados financieros” y “el poder exorbitante e injustificado de las agencias de notación” de nada sirve y responde a un diagnóstico equivocado. El único medio de salvar las inevitables deudas públicas de la no menos inevitable inestabilidad de la finanza global de mercado, dice Pierre Giraud, “es financiar de otra manera los déficits públicos”.

En los últimos 30 años, todos los Estados han querido e instalado un tipo de financiamiento de la deuda pública que, ahora, resulta fatal, cuando los inversionistas dudan de su capacidad para pagar sus deudas. Cuando Europa salga de la crisis actual, deberá en primera urgencia concebir un nuevo sistema de financiamiento de la deuda, algo que no se antoja fácil. Por ahora, las dificultades económicas, con sus nefastas consecuencias sociales y políticas continuarán. Se dice que la catástrofe está descartada, por lo menos alejada. ¡Ojalá!, pero queda claro que no sólo Grecia no está en condiciones de pagar su deuda. Austeridad, rigor y ¿nada de crecimiento? ¿Congelar salarios y subir impuestos? Es bajar el consumo, la actividad… y las entradas fiscales. Todos anuncian que Europa entró en recesión y que eso afecta al resto del mundo.

¿Entonces? Que estos países “periféricos”, “meridionales”, “esa bola de ineptos y corruptos que nos parasitan desde tanto tiempo” (resumo lo que dice buena parte de la prensa alemana y francesa) vayan a la… suspensión de pagos. ¡Imposible! Son muchos los bancos que especularon tanto tiempo sobre la apuesta que no se dejaría quebrar dichos países, porque quebrarían aquellos bancos; estos bancos alemanes y franceses, demasiado grandes para ir a la bancarrota, que pondría en riesgo el sistema entero.

Por eso, maestro, la pregunta angustiada es “¿quién va a pagar?”. Los “ricos” europeos, desde hace más de siete meses, han intentando evadir la pregunta y han caminado como tortugas, dando un pasito cada vez que sienten la brasa en el lomo. Esa lentitud agravó la crisis financiera y bancaria, la transformó en depresión económica, porque han rechazado la solución de repartir lo que griegos, portugueses, españoles, italianos etc… no pueden pagar, entre todos los europeos. El problema no es técnico —los dirigentes hablan solamente de técnica—, sino político: optar por una deuda europea mutualizada es una decisión política.

Curiosamente, la verdad salió de la boca del ministro de finanzas de Alemania. Dijo que todo gran paso hacia la integración europea se ha dado tras una crisis. Eso ha sido siempre, y ésa puede ser, también ahora, la solución… la unificación política de la eurozona. Digo curiosamente porque Alemania ha frenado y frenado esa solución, por buenas y malas razones, siendo la primera economía de Europa, y la que más contribuiría a cualquier plan de rescate. Si es cierto que no hay mal que por bien no venga, quizá era necesario llegar hasta el borde del abismo para que los Estados y las instituciones europeas (y los pueblos) se decidan a una reforma profunda, condición sine qua non, para disciplinar los mercados.

Uno puede pensar que es imposible, que el euro va a morir y la Unión Europea a desaparecer, provocando tarde o temprano el derrumbe final del capitalismo. Se ha puesto muy de moda leer, o releer las profecías de Marx sobre un capitalismo que cava su propia tumba. Puede que Marx tenga algún día razón; puede que, una vez más, la crisis dé su oportunidad a los reformistas. Me siento incapaz de escoger entre las dos probabilidades.

Si los reformistas quieren salvar el euro y la Unión Europea, deben imponer rápidamente la solución mutualista, la de los tres mosqueteros, que eran cuatro: “uno para todos, todos para uno”. Urge, porque enfrente de los partidarios de Europa, crece cada día el número de sus adversarios. La derecha extrema se alimenta de la crisis: es el Frente Nacional que, en Francia, ha sido el primero en pedir la desaparición del euro y la vuelta al franco; su campaña de “desmundialización”, en toda Europa, va a la par con la xenofobia, cada día más violenta. Y es de lamentar que cierta izquierda demagógica y populista le siga el paso sin ofrecer ningún programa coherente. La única salida es la creación de un verdadero gobierno europeo que centralice las decisiones económicas, políticas y sociales.

Organizarse para la denuncia

Gabriel Zaid
Reforma

La sociedad mexicana se ha vuelto más moderna que su clase política, y eso ha creado problemas inéditos. Tradicionalmente, la modernización era un problema de autoridades preocupadas por el atraso de un pueblo irredento, al que había que llevar a rastras al progreso. En el México actual, hay que llevar a rastras a los políticos.

¿Cómo se puede lograr que los servidores públicos sirvan? Pocos dependen del voto, y no basta con votar. Aunque resulten elegidos los mejores, nada garantiza que cumplan lo que prometieron, o que puedan o quieran deshacerse de los incompetentes, irresponsables o corruptos. Tampoco es fácil. Sustituir depende de circunstancias de poder, de política, de normatividad, de presupuesto, y de que esté disponible un reemplazo mejor. Otra dificultad es que toda sustitución parece una maniobra política, y lo es.

En el mejor de los casos, las depuraciones internas son insuficientes. En el peor, sirven para consolidar a los peores en el poder. Por eso, es indispensable intervenir desde afuera. No hay manera de ahorrarse la presión ciudadana, aunque sea costosa en tiempo y disgustos. La intervención no puede limitarse a votar cada tres años. Debe ser permanente.

También debe ser eficaz. Los activismos que no conducen a nada (o, peor aún, resultan contraproducentes) exasperan y desaniman. La frustración puede volverse apatía resentida: el sentimiento tradicional de que no se puede. Sentimiento apoyado por la burocracia para que nadie se meta.

Los funcionarios siempre tienen cosas más importantes que atender: su propia carrera. Y, como no están dispuestos a ignorarla, son un peligro para los ciudadanos que tienen el valor civil de denunciar. La denuncia puede tener efectos tan graves en ellos que prefieren sabotearla. Por eso, a los ciudadanos poco conocedores que en sus ratos libres se enfrentan a pillos de tiempo completo se les ofrecen buzones oficiales que canalizan las denuncias hacia la nada, o peor aún: la represalia.

La forma en que se reciben las denuncias, los datos que se piden de los hechos denunciados y del denunciante inspiran desconfianza. La noticia sobre "incongruencias en la forma de vida de operadores y supervisores que reciben" las denuncias: un nivel de vida que no corresponde a sus salarios, por lo cual "se teme que detrás de esas diferencias entre ingresos y egresos estén los cárteles de las drogas" (El Universal, 27 de noviembre 2011), confirma las sospechas.

La denuncia tiene en contra esa realidad aplastante: o no pasa nada o te pasa a ti, para que aprendas. Ejemplos terribles en menos de un año: Marisela Escobedo Ortiz, plantada ante el palacio de gobierno de Chihuahua para exigir justicia por el asesinato de su hija, fue asesinada. Leopoldo Valenzuela Escobar localizó dónde tenían secuestrado a su hijo, pidió ayuda inútilmente a las autoridades de Durango, las acusó de negligencia en un manifiesto y fue asesinado. Nepomuceno Moreno Muñoz acusó a las autoridades de Sonora por el secuestro de su hijo, recibió amenazas de muerte, las desafió sumándose a la Marcha por la Paz, logró ser escuchado personalmente por el Presidente, recibió protección y murió asesinado. Como si fuera poco, el procurador declaró que investiga sus antecedentes (Reforma, 29 de noviembre 2011). No vaya a ser que resulte el responsable de su propia muerte.

Otro sería el país si, una y otra vez, miles de veces, fuera público y notorio que denunciar tiene consecuencias en el servidor omiso o delincuente, sin represalias para el denunciante. El día en que los ciudadanos tengan bases para creerlo (confirmadas por la experiencia de amigos y conocidos), habrá cien veces más denuncias. Pero tal avalancha es, precisamente, lo que cuatro millones de burócratas quieren evitar.

¿Qué se puede hacer desde afuera? Organizarse para la denuncia. Pero ¿cómo encauzar la presión ciudadana sin desviaciones partidistas, sin demagogia, sin perder absurdamente el tiempo ni provocar represalias peligrosas? No hay una solución, sino muchas, según las circunstancias y creatividad de cada quien. Pero conviene tomar en cuenta criterios prácticos.

Hay que evitar las metas indefinidas, excesivas o imposibles. Hay que segmentar el problema, actuar separadamente en muchos frentes especializados y escoger el más apropiado para uno (por su experiencia, por sus relaciones, por sus recursos). Cualquiera que pretenda acabar con toda la incompetencia, irresponsabilidad y corrupción fracasará. Puede tener éxito, sin embargo, en acabar con eso en una ventanilla.

Hay que tener cuidado con los políticos supuestamente interesados en apoyar, cuando lo que quieren realmente es reclutar aliados legitimadores.

Hay que medir los propios recursos y la capacidad de sostener una acción terca mucho tiempo. Varios casos de éxito impresionante (pese a la negligencia o complicidad de las autoridades) han demostrado que sí se puede localizar y castigar a los asesinos de un hijo, sin acabar asesinado. Pero no se debe alentar a nadie para que lo intente sin recursos suficientes y arriesgando su propia vida y la de su familia.

Hay que distinguir las acciones directas (denunciar) de las indirectas (apoyar a los que denuncian), y distintos niveles de gravedad, costo y riesgo. Crear un centro externo para canalizar denuncias anónimas graves y proteger a los denunciantes sería una operación mayúscula. Habría que construir un búnker a prueba de sabotaje. En cambio, crear un centro externo para exigir información sobre los resultados de cada denuncia presentada tiene menores costos y peligros. También un centro de shoppers de servicios públicos: ciudadanos encubiertos que vayan a pedir servicio (o lo pidan por teléfono) y documenten cómo los atienden.

Es práctico empezar con denuncias que no asusten demasiado y donde los perdedores sean funcionarios de nivel inferior: falta de señales y rótulos en las calles, cobros excesivos de luz, guarderías inseguras, gasolineras que roban, permisos de construcción indebidos, desabasto de medicinas en el IMSS (o en el ISSSTE, pero no en ambos: es mejor que actúen grupos separados), avisos abusivos de Hacienda que asustan y ponen a trabajar innecesariamente a los que están al corriente, alumbrado público desatendido, colas excesivas en tal ventanilla, oficinas que no atienden por teléfono, seguridad en los taxis, mordidas de tránsito, baches peligrosos, tiraderos de sobrantes (después de hacer obras en la calle) y mil cosas más.

Ahora hay más ciudadanos exigentes que nunca, y eso es un signo de que el país mejora, aunque parezca lo contrario. Pero hay mucho que aprender. Empezar desde abajo, por problemas muy visibles y de fácil solución, facilita que los funcionarios se adornen y los ciudadanos queden satisfechos. No es poca cosa. Vivir la experiencia de que el gobierno puede mejorar exigiéndole es educativo para ambas partes y tiene efectos multiplicadores.

La profética maldición de El llano en llamas

Francisco Javier Acuña (@f_javier_acuna)
fjacuqa@hotmail.com
Especialista en Derechos Humanos
Excélsior

La obra de Juan Rulfo sintetiza la urgente asimilación artística de la amargura.

Sacuden a la República noticias tremendas, la escasez y la penuria aumentan, dolores sociales profundizados por el infame estiaje. Resulta inevitable asociar los episodios actuales de sequía y violencia inusitada con los aciagos días aquellos que siguieron al régimen de Porfirio Díaz, días de explosiones y de trenes descarrilados, tragedias a lomo y/o bajo las patas de caballo, fusilamientos masivos, asaltos a los comercios y viviendas por las tropas, lo mismo las de Villa, las de Zapata o las de Huerta. Al aroma de pólvora esparcida en el ambiente, mezclada con los terregales urbanos y rurales plagados de casquillos detonados, días de cementerios agolpados, tiempos similares a los nuestros en que la vileza y la ambición de los caciques se coludía con la bestialidad de milicianos que al mejor postor sumergieron a la nación en baños de sangre.

En medio de la nada, en el ignoto norte desde la Sierra Hermosa de Zacatecas hasta Mexicali o hasta la Tarahumara, se extiende la Biafra mexicana, el hambre, eficaz jinete apocalíptico todo lo devora, lugares semejantes a los cráteres lunares en donde el viento silba reseco y levanta tolvaneras. Y tristemente se vuelven pertinentes las palabras de Juan Rulfo que además de un gran literato, fue un angustiado profeta y sus relatos una suerte de epitafio.

La antigua ilusión agrícola hizo desiertos los pobres llanos heredados a los pobres como compensación simbólica y se han vuelto dunas por las talas clandestinas y el desmontamiento progresivo de los agostaderos, tarea asistida por incentivos gubernamentales y penosamente concluida justo antes de los últimos éxodos desesperados al espejismo de cruzar al “otro lado”.

La obra de Juan Rulfo sintetiza la urgente asimilación artística de la amargura. La amalgama de fatalidades que a la vez que ultrajan el alma por sus desgarradores mensajes de protesta ante las desigualdades, que subliman por sus cualidades estéticas y reivindican con poderosa actualidad a través de esa prosa porosa que penetra en la conciencia social en medio de estampas caliginosas.

Rulfo sentenciaba en el El llano en llamas que mientras las codiciadas tierras óptimas para la agricultura —motivo de la Revolución— pasaron de las manos de los antiguos terratenientes y hacendados a los nuevos dueños premiados por designios oficiales, dejaban a los pobres beneficiarios del reparto agrario los más pobres llanos, estériles llanuras poco a poco arrasadas por el ignorante capricho de hacerlos cultivables bajo un cielo cruel del que han huido, otra vez, las nubes cobardes.