febrero 28, 2012

Paco Calderón





Siete amenazas para México

Alberto Aziz Nassif (@AzizNassif)
aziz@ciesas.edu.mx
Investigador del CIESAS
El Universal

En estos días está de visita en nuestro país el sociólogo y jurista portugués Boaventura de Sousa Santos. El año pasado ganó el premio México 2010, que da el gobierno mexicano a destacados científicos extranjeros. Desde su creación en 1990 por primera vez se otorgó a un científico social. El pasado jueves Boaventura impartió una conferencia en el CIESAS e hizo formulaciones interesantes, polémicas e inteligentes que nos ayudan a pensar las amenazas al desarrollo desde lo que el autor llama “una epistemología del sur”. Un material muy útil en estos tiempos electorales.

La crisis en Europa sirvió de inicio para establecer de qué forma se ha fracturado el tiempo lineal de la modernidad. En estos días resulta un laboratorio social ver los ajustes draconianos de los gobiernos de España y Grecia, ante los cuales la sociedad organizada ha salido a protestar. Estos programas los padecimos en México y América Latina hace 20 años y el costo social fue muy alto. Estas experiencias le permitieron a Boaventura plantear cómo se ha roto la linealidad de acontecimientos: nadie imaginó que Europa regresaría al subdesarrollo y a los severos ajustes contra el bienestar, —que hemos padecido históricamente países en vías de crecimiento— tras haber llegado al desarrollo y al Estado benefactor.

En la conferencia se plantearon siete amenazas al desarrollo vigentes en nuestro país:

1) La desorganización del Estado. Se trata de una construcción contradictoria, de un campo de luchas. En México los debates políticos por lo general, de por sí pocos, no suelen plantear con suficiente claridad y amplitud que parte importante de la lucha política por el poder apunta hacia proyectos de país diferentes, en donde, a pesar del escurrimiento ideológico, aún hay un balance diferente entre izquierdas y derechas. Hay diferencias entre un Estado que regula los intereses para tutelar los derechos de todos o un Estado que deja que el mercado asuma el control. En nuestro país los intereses han capturado al Estado y a una buena parte de sus organismos reguladores.

2) El vaciamiento de la democracia fue otra tesis de Boaventura. De este tema en México sabemos bastante. No sólo por la crisis de la democracia representativa, sino por las formas en que el mercado y los intereses de los poderes fácticos han hecho que todo se venda y compre: candidatos, partidos, sindicatos, jueces o policías.

3) La destrucción de la naturaleza, dice Boaventura, plantea la pregunta sobre los límites ecológicos a la acumulación de ganancias. Hay una larga lista de agravios que cruzan la destrucción ambiental, desde políticas extractivistas de minas, bosques y selvas que arrasan y contaminan los recursos de pueblos y comunidades campesinas e indígenas, hasta la debilidad para regular a empresas y contaminadores de los recursos naturales.

4) La grave desvalorización del trabajo, vía privilegiada para el acceso a la ciudadanía, se ha agravado desde los ajustes de los 80. Con el modelo exportador y la globalización la estrategia mexicana fue jugar a la carta de bajos salarios, con lo cual se han roto las posibilidades de tener trabajo suficiente y protección social; en su lugar ha crecido el subempleo y la informalidad.

5) Otra amenaza es la mercantilización del conocimiento. Es una lastimosa limitación a nuestro desarrollo que la inversión pública en ciencia y tecnología sea tan limitada, se invierte sólo 0.4% del PIB, mientras otros países con economías similares tienen 3 o 4 veces esa suma. En algunas naciones se invierte sobre todo en tecnología hasta llegar al absurdo, en voz de Boaventura, de que conocimiento que no conduce a una patente no es tal.

6) Una amenaza muy presente es la criminalización de la protesta. La producción de una cultura del miedo que se ha agudizado en estos años con la estrategia contra el crimen organizado.

7) la última tiene que ver con el regreso del racismo y la xenofobia. En México el racismo nunca se ha ido y es parte de una cultura en amplios sectores que desprecian profundamente a indígenas y excluidos. Sólo hay que ver el trato humillante a los centroamericanos.

Las salidas que plantea Boaventura se vuelven casi consignas: desmercantilizar la vida social, redemocratizar la política secuestrada en un sistema representativo que no representa a los ciudadanos. Sin duda, contenidos importantes para el debate político y para cambiar los viejos discursos de la izquierda.

Voto: la parálisis y el candor

Eduardo R. Huchim (@EduardoRHuchim)
omnia08@gmail.com
Reforma

Las elecciones para gobernador de Michoacán debieron ser anuladas porque en el proceso comicial hubo graves violaciones constitucionales y legales que, lamentablemente, fueron desestimadas por la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. En el expediente respectivo se acreditaron las más relevantes, cometidas conjunta o individualmente por los tres candidatos a gobernador, pero los magistrados no vieron -o no quisieron ver- que tales comicios incumplieron el mandato constitucional de ser libres y auténticos.

Encerrados en criterios endogámicos que los anclan en sus instalaciones de Carlota Armero, es decir en sí mismos y en sus equipos, los magistrados con frecuencia se apartan de la realidad y, cuando de nulidades se trata, se colocan un grillete que los paraliza: la determinancia. Si bien ésta se establece como requisito para que las violaciones cometidas puedan conducir a la nulidad, no debe ser interpretada como un blindaje impenetrable.

Tal impenetrabilidad pervierte la naturaleza del juicio de revisión constitucional electoral, cuyo fin principal (énfasis mío) es "garantizar la constitucionalidad de actos o resoluciones definitivos y firmes de las autoridades competentes de las entidades federativas para organizar y calificar los comicios" (LGSMIME, art. 3). Al margen de quién ganó y quién perdió, ¿de verdad puede sostenerse que los comicios michoacanos fueron constitucionales? En realidad, si la triunfadora hubiera sido la candidata panista, esa lección también habría sido violatoria de la Constitución y, por tanto, anulable.

Los magistrados consideran que, al no anular, defienden el voto ciudadano, pero importa preguntarse si es una defensa legítima convalidar el sufragio que se envilece al ser comprado o que se conquista mediante propaganda ilegal en un marco en que el dinero se convierte en eje de las campañas, además de que los programas sociales, financiados por el erario, se ponen al servicio de los partidos.

Una de las violaciones cometidas en el proceso electoral michoacano es el relativo a la difusión televisiva de los cierres de campaña de los tres contendientes, difusión que fue escandalosamente considerada por algunos consejeros del IFE y magistrados del TEPJF como "ejercicios periodísticos" cuya sanción representa ¡un ataque a la libertad de expresión! Tal distorsionada apreciación sólo puede tener origen en el candor, el desconocimiento del periodismo y/o el interés en servir a la tv comercial.

Sólo con una alta dosis de candor se puede suponer que la televisora michoacana hizo esas transmisiones a título gratuito (y aun así, serían ilegales). Sólo la ignorancia y el interés en servir a la tv pueden llevar a considerar "periodismo" la difusión completa de un torneo de retórica partidaria. Esas transmisiones fueron, sencilla y claramente, propaganda que actualizó uno de los supuestos del artículo 350 del Cofipe, cuyo inciso b) considera infracción de los concesionarios de tv (énfasis mío) "la difusión de propaganda política o electoral, pagada o gratuita, ordenada por personas distintas" al IFE.

Adicionalmente, como la propaganda en medios electrónicos sólo puede hacerse en los tiempos oficiales que administra el IFE, se vulneró el nuevo modelo de comunicación electrónica aprobado en 2007. Hay quienes sostienen que, como los tres contendientes cometieron la misma infracción, no se rompió la equidad y, por ende, no había lugar a sancionar, pero esto equivale a legitimar las violaciones si son cometidas por todos los candidatos.

La Sala Superior hizo bien en rechazar el proyecto presentado por María del Carmen Alanís, que contó con el apoyo de los magistrados Nava y Carrasco y que proponía exonerar a la televisora y a los otros involucrados. Se impuso la mayoría constituida por los magistrados Luna, Galván, Penagos y González y se ordenó sancionar a la televisora. Si acaso, habría que preguntarse si hizo bien el TEPJF al exonerar a los demás infractores.

Si el TEPJF hubiera valorado con igual rigor otras violaciones cometidas en Michoacán, en estos días se estaría preparando la elección extraordinaria.

·OMNIA

En el mar de corrupción que ahoga a México, posee relevancia el acuerdo de la Sala Superior del TEPJF que, tomado en diciembre de 2011, comenzará a materializarse próximamente, cuando se hagan públicas (incluso con videos en la página http://te.gob.mx/) las sesiones de su Comité de Adquisiciones y los procesos de adquisición y adjudicación.

Apodaca

Marcelino Perelló
Matemático
bruixa@prodigy.net.mx
Excélsior

Al sultán Omar,
que se empeña, obstinado,
en vivir en el futuro.
En su futuro.


Desde hace siglo y medio, el sueño, el ideal, el «punto omega» de la Revolución y los revolucionarios ha sido, de una manera u otra, en un plazo u otro, la defenestración del Estado. Del Estado y de sus estamentos e instituciones: del dinero y por lo tanto la banca, La policía, los tribunales y, con ellos, cualquier tipo de castigo, corporal o pecuniario, las cárceles incluidas; de la Iglesia, sus rituales, ordenamientos y prohibiciones de cualquier naturaleza, abstinencias, penitencias, matrimonios de cualquier rito o credo. La desaparición del comercio y las mercancías, y por lo tanto de la publicidad. En otras palabras, la desaparición del Estado conlleva, sin solución de continuidad, a la de cualquier tipo, modelo o jerarquía de autoridad.

Y por ende la de todas las formas de gobierno, manipulación y control.

No voy a insistir. La teoría del movimiento revolucionario es ancha y ajena. Y, sobre todo, no se trata de una teoría sino de muchas, muchas, y mal amalgamadas. Ahí dentro se encuentran en rescoldo —se encontraban debí decir, pues en la primera mitad del XX ya se habían enfriado—.

Aquellos lectores poco informados acerca de la historia del pensamiento y el movimiento revolucionarios y, en particular, en torno a los objetivos últimos con los que se inició esta entrega, los encontrarán probablemente irrealizables e incluso descabellados, pero quiero que sepa, escéptico, pero no por ello menos juicioso lector, que durante muchos decenios, millones de hombres en el mundo entero estaban y están convencidos no sólo de su validez, sino de que cualquier otro propósito social constituye una abyección.

En el más benevolente de los casos, considerará tal proyecto como una utopía. Término extraído de la literatura fantástica y que se ha ido degradando; no tan lentamente, hasta convertirse en sinónimo de irrealizable, de lo “deseable inalcanzable”, un cuento de hadas para niños pequeños o la alucinación de un alienado. El propósito ya no se sabe si de un sicótico en plena crisis paroxística o, ya puestos, de plano un desvarío: una jalada, una mafufada.

Cómo diantres va a existir una comunidad de hombres cuerdos y gentiles con iglesias, pero sin curas, con tiendas, pero sin dinero, con orden, pero sin policía. He ahí sólo algunas de las cuestiones clave a las que debe enfrentarse todo proyecto revolucionario serio. Con el paso de los años, las tragedias, los muertos y el aprendizaje de la represión y la sumisión, sin embargo, se han vuelto “de obvia resolución”, donde lo obvio no es la resolución, sino su manifiesta imposibilidad.

Imagine, como diría el pobre hombre (pobre en todos los sentidos excepto en el monetario, que es el menos importante), que en la habitación de Heliodoro suena el despertador a las seis cuarenta. “¡Chin!, se exclama sobresaltado; ya llegué tarde”. La mujer, molesta, se voltea y se cubre la cabeza con el edredón: “¿No puedes mentar madres en voz baja, carajo?” “Como si te pagaran”.

“Eso de pagar es cosa del pasado, Aurora; no voy a chambear porque es mi obligación, porque si no acudo, alguien del turno de noche tendrá que suplirme y llegar a su casa, ocho horas tarde. No me baño: Buenos días.”

Aurora no respondió y acabó de acurrucarse bajo las cobijas. Esa tarde, cuando regresó cansado de la chamba, fueron juntos al súper. Precisaban de comida para los perros, los gatos y la foca que tenían en el chapoteadero: pasaron por las cajas y les registraron las adquisiciones; no con el fin de cobrarles; sino únicamente para efectos de inventario.

En fin, la ilustración puede ir mucho más lejos, pero aquí no estamos haciendo ni literatura ni socio-economía: es simple periodismo. Y viene al caso simplemente porque se acaba de producir un caso, dramático, en el que “el Estado”, el Estado mexicano queda en entredicho; en grave entredicho:

El Estado, desde hace siglos, tal como lo definimos líneas atrás, más que un espacio de convivencia, es uno de combate por la sobrevivencia. Llegamos inocentes, a este valle de lágrimas, en el que el pecado, “la culpa”, nos es impuesta al nacer: antes mismo de nacer.

El domingo se produce un enfrentamiento armado con base en “puntas”, es decir, armas blancas artesanales, obtenidas al afilar perfiles, varillas y otras piezas metálicas.

En fin, los verdugos y las víctimas que mataron y murieron el domingo, hace una semana, en el penal de Apodaca, tal vez sin saberlo, se la jugaron y tal vez murieron, por el derrumbe del Estado, por el final de un Estado mortífero; por sus hijos y por los nuestros. Por la demolición de un aparato estatal podrido.

Las palabras se gastan y se confunden. A base de usarlas van careciendo de sentido. Y de tanto hablar de corrupción hemos olvidado que equivale, matiz más, matiz menos, a podredumbre. El Estado mexicano, edificado a sangre y fuego por nuestros próceres —de los buenos y de los malos— está encontrando su derrumbe también a sangre y fuego.

Los revolucionarios de tantas generaciones habíamos soñado tantas veces, y de tantas maneras distintas, en la desaparición del Estado burgués, ahora vemos azorados cómo la demolición se lleva a cabo desde adentro, obra de sus presuntos defensores. Y que el vacío que deja será rellenado, cual triste muñeco de peluche, de la borra más despreciable.

Democracia embozada

León Krauze (@Leon_Krauze)
leon@wradio.com.mx
Epicentro
Milenio

La democracia mexicana ha extraviado muchas cosas desde 2006, ninguna tan lamentable como la libertad. Hace seis años, la elección presidencial fue todo menos recatada. Los candidatos dijeron lo que quisieron. Algunos, como Andrés Manuel López Obrador con su célebre chachalaca, pagaron el precio de la desmesura. Pero ninguno fue censurado, ni siquiera limitado. Lo mismo puede decirse de otros actores políticos. Vicente Fox creyó prudente declarar que había que cambiar de jinete, pero no de caballo. La oposición le reclamó el desplante, pero casi nadie buscó mandar al presidente a una suerte de exilio declarativo, al menos no como ahora. En la televisión imperaba, entonces, un clima de creatividad y libertad. Desde los encuentros entre los candidatos a la Presidencia con intelectuales, periodistas y académicos hasta los programas de comedia política de aquel entonces, a la pantalla chica no se le exigía silencio o mesura. Por supuesto, esa libertad dio pie a desmanes. La campaña publicitaria contra Andrés Manuel López Obrador es una muestra de ello. Pero incluso ese capítulo tan polémico de la historia de 2006 me parece preferible a la nueva moda que, como reacción a aquella vibrante y competida campaña, ocurre ahora en México. Hemos pasado de la democracia estridente a la democracia embozada. Prefiero, mil veces, la primera.

Las heridas de aquel apasionado 2006 dieron pie a una reacción a todas luces excesiva. Para evitar asperezas perfectamente normales en democracia, la clase política reescribió las reglas para reducir al mínimo la fricción y la confrontación. El resultado ha sido una vergüenza: de tanto querer reducir los riesgos del trajín democrático, las reglas electorales han reducido el proceso a una costosísima simulación. En México, los problemas de la democracia se han resuelto con menos democracia.

Los últimos meses han sido tan absurdos que uno ha comenzado a desear el regreso de Jorge Ibargüengoitia. El primer atisbo de esta nueva democracia con camisa de fuerza lo tuve hace algunos meses cuando, aún en W Radio, me atreví a llamarle “candidato” a un “precandidato” a la Presidencia. Recuerdo que no tardamos en recibir una amistosa aclaración del IFE sugiriéndonos que habláramos con propiedad: el aspirante no era aspirante, sino preaspirante porque las reglas indicaban que la aspiración requería el sufijo apropiado porque…vaya usted a saber. Obsesionado con hacer respetar un marco legal restrictivo y risible, el IFE comenzó a perder sueño en ridiculeces. Desde entonces, las cosas han ido de mal en peor. Que si los precandidatos únicos no pueden hablar porque son únicos y no son… bla, bla, bla. Que si esos mismos precandidatos podían debatir pero cuidado si una estación transmitía ese debate porque eso podía implicar no sé qué cosa. Que había que respetar una veda electoral justo cuando el país necesita conocer a fondo las propuestas de los candidatos. Que si este partido pide el video de aquella presentación de ese candidato o de ese otro funcionario porque se atrevió —¡Dios nos libre!— a mencionar una encuesta. Que si los comunicadores tienen que observar reglas estrictas de autenticidad periodística y equidad en tiempos para que nadie pueda decir que uno favorece a tal o cual. Que a nadie se le ocurra invitar a tal candidato a tal programa porque eso pude ser propaganda electoral o uno de esos “actos anticipados de campaña”, bello eufemismo mexicano. Y claro: que nadie más que los partidos se anuncie o diga lo que piensa y le preocupa.

En suma: la democracia embozada. Aclaro: entiendo perfectamente los riesgos en los que incurre una democracia que cede a la tentación de la estridencia. No se me escapan los excesos de lo ocurrido en 2006. Aun así, prefiero aquel ambiente casi pugilístico a esta democracia de quirófano en la que estamos ahora. Prefiero gritos, debates, acusaciones, juegos sucios, opiniones y gritos a campañas reguladas maniáticamente. Como con casi cualquier otra cosa en la vida, uno no aprende a vivir en democracia teniendo miedo a vivir en democracia. La camisa de fuerza de 2012 nos hará retroceder. Eso sí: muy limpiecitos y bien portados.