marzo 02, 2012

Paco Calderón





Encuestas: matar al mensajero

Adrian Trejo (@adriantrejo)
atrejo@callemexico.com
Calle Mexico

> ¿Qué está pasando la interior del equipo de Enrique Peña Nieto que solo se ha dedicado a descalificar las encuestas que reducen la ventaja del mexiquense sobre Josefina Vázquez Mota?

Los de adentro dicen que “es la pura soberbia” de negarse a aceptar que los 20 puntos de ventaja que traía en diciembre el priísta se redujeron; los de afuera dicen que se les acabó la estrategia.

El martes pasado dimos cuenta de las versiones que existen sobre un enfrentamiento dentro del equipo de Peña encabezado por Luis Videgaray, y los priístas que simplemente no pueden acceder a la toma de decisiones del equipo de campaña.

Videgaray se ha convertido, en un factor que ha dividido al que se pensaba compacto grupo de colaboradores de Peña.

Además de los conflictos internos en el equipo, no se ha notado el trabajo de los vicecoordinadores de la campaña, el yucateco José Carlos Ramírez Marín y Felipe Solís Acero, quienes tienen la responsabilidad de tejer las relaciones con los grupos de poder dentro del propio partido.

Peña debería estar preocupado no solo por la reducción de la ventaja; su equipo tenía una encuesta desde la semana pasada en la que la ventaja del priísta era de solo seis puntos; información que se confirmó con la encuesta publicada por GEA/ISA.

Más que ocuparse en descalificar al mensajero, el equipo de Peña tendría que estar ocupado en el diseño de una campaña moderna, propositiva, atractiva para el porcentaje de indecisos (entre el 20% y el 17% de los encuestados), que serán sin duda los que definan la elección.

> Por cierto, para algunos causó extrañeza que Emilio Gamboa Patrón, en entrevista radiofónica, haya reconocido “el rápido crecimiento de Andrés Manuel López Obrador en las encuestas”.

El priísta no estaba siendo irónico.

Simplemente colocó en el ánimo de la gente que escucha a la entrevistadora a López Obrador como un candidato fuerte no porque lo vea así, sino porque hacerlo supone que le representará más competencia a Vázquez Mota que a Peña Nieto.

Puro colmillo pues.

> Ni tres meses duró como diputado local en el Asamblea Legislativa del Distrito Federal, en la actual legislatura, cuando el priísta Joel Ayala Almeida ya había pedido licencia para separarse del cargo y dejar no solo la curul sino la coordinación de la bancada tricolor.

Antes, como diputado federal, el líder de la burocracia nacional se convirtió el legislador que más faltó a las sesiones; públicas fueron sus largas ausencias por “problemas personales”, lo que incluso motivó que la oposición pidiera llamar a su suplente, cosa que no ocurrió.

Hoy como premio a sus aportaciones partidistas, Ayala Almeida es nuevamente candidato a diputado federal por la vía plurinominal, porque una elección no la gana, con todo y que se dice amigo de Peña y de Beatriz Paredes.

¿Qué le deben?

Europa sin esperanza y sin fe

Antonio Navalón (@antonio_navalon)
Periodista
El Universal

En México, en junio de 2012, se reúne el G-20. Será la reunión más importante, de cuantas ha habido hasta el momento, en la historia de ese organismo mixto que nadie sabe muy bien para qué sirve.

La relevancia de esta ocasión se debe a que si en México no se toman las medidas necesarias que permitan demostrar que es el sitio perfecto para encontrar el pasado y el futuro del mundo, el G-20 desaparecerá y el mundo tendrá un nuevo problema.

Eran suficientes los problemas creados o no resueltos por el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, y ahora se suma que tenemos instituciones multinacionales que no representan los equilibrios multinacionales.

Me explico: China, India, África y América Latina tienen papeles de segunda en un mundo dominado por los dos grandes colosos en decadencia: la Unión Europea —que, créame y acompáñeme, cuando llegue junio estará en mucho más problemas que ahora— y Estados Unidos —que sin duda, encontrará su camino de recuperación tal como señala la mejora respecto al empleo y a la actividad económica—.

Las demostraciones y las caras del poder están viejas y antiguas. No es sólo que se necesita sentar a los nuevos dueños —India, América Latina, China, sobre todo, y la potencialidad de crecimiento de África—, sino que la crisis europea nos ha llevado a una fase en la que debemos preguntarnos: ¿es posible vivir en política y en economía sin esperanza?

Claro que no. La política, como la vida, sin esperanza es imposible. El problema del modelo de la crisis europea es que ha decidido prescindir del día después y se basa en la sangre, el sudor y las lágrimas, sin anestesia.

Resulta estremecedor leer en cualquiera de los grandes periódicos mundiales, por ejemplo, en El País de España, la crónica sobre lo que significa el alcance de la crisis en ese continente. Los enterradores llevan meses sin cobrar. Los bomberos llevan meses sin cobrar. Las enfermeras llevan meses sin cobrar. Los hospitales cierran grandes pabellones porque llevan meses sin cobrar.

La crisis es más profunda de lo que jamás imaginamos. Cuando vemos a la gente manifestarse o pelearse con la policía antidisturbios, nos hacemos una ligera idea de lo que significa vivir en ciudades en las que no se le paga a la gente y se cierran empresas e instituciones por no tener dinero.

Y cuando se pregunta ¿hasta cuándo? La respuesta es: hasta que haya una selección natural y a fuerza de parar toda la inversión en vida se vuelva reconstruir la vida.

La pérdida de la esperanza y la fe es un factor tan importante que puede llevar a la muerte a la Unión Europea. El pasado 20 de febrero, diversos mandatarios firmaron una carta dirigida a los presidentes del Consejo Europeo y de la Comisión Europea —Van Rompuy y Durao Barroso—.

Inglaterra, Holanda, Italia, Estonia, Letonia, Finlandia, Irlanda, República Checa, Eslovaquia, España, Suecia y Polonia han decidido poner un alto a ese suicidio que por momentos parece seguir siendo parte de la Unión Europea.

Estos países exigen medidas urgentes para reactivar la economía de la zona euro, sometida a la recesión y el paro. Pero la pregunta es: ¿por qué no fueron incluidos ni Alemania ni Francia? Quizá con esto Merkel y su eterno aliado Sarkozy deberían entender que no hay posibilidad de un futuro sin esperanza. Que en la Unión Europea todos, excepto ellos, no están dispuestos a sacrificios inútiles que sólo les garanticen más hambre, desempleo, estancamiento y frustración.

Europa está invirtiendo en destruir y apostando muy poco en construir. ¿Qué país será el primero en irse de la Unión Europea?

En esta reunión del G-20 es importante que ahora que están los ministros de asuntos exteriores en una gran cumbre en Los Cabos, y que los ministros de finanzas del mundo vienen a nuestro país para preparar la reunión del próximo junio, se incorpore un nuevo escenario ¿cómo debe tratar el G-20, en todas las reuniones, la posibilidad del estallido de la gente tras la gran crisis que se vive?

Hemos visto fotos de una funcionaria colocada sobre una ventana de una empresa pública en Atenas queriendo saltar. De aquí a unos meses habrán saltado no sólo en Atenas, sino en Turín, Madrid, y otras ciudades. El precio de la crisis es impagable, sobre todo porque no existe ni previsión ni cálculo por parte de los políticos europeos. Todos, menos los alemanes, consideran una traición hablar de fe y de esperanza.

¿Fe en qué? ¿En que sólo sobrevivirán los fuertes como en la ley de la selva? Esperanza es una palabra prohibida hoy en Europa. Por ello, la reunión del G-20 será una reunión con los restos de Europa, no con Europa.

No pretendo ser adivino, nada me encantaría más que todos cobren sus salarios y la vida siga. Pero de momento la crónica que percibo, las uvas de la ira del mundo hablan de muerte, destrucción, tristeza y ciudades fantasmas convertidas en la nada, bien sea por la codicia sin límite de algunos, la renuencia de controlar la actividad económica de otros y la brutalidad sistemática manifiesta de una Europa dominada por Alemania que sencillamente no puede mirar ni alrededor ni hacia abajo.

Terminar una época

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Faltan 120 días para la elección. Las encuestas, a diferencia de lo que decían a fines de 2011, apuntan a una verdadera contienda. En vez de 30 o 35 puntos de ventaja, hoy estamos en un dígito. La inevitabilidad del triunfo del PRI no existe más, aunque si la elección fuese hoy, ese partido tendría la victoria. Pero faltan cuatro meses.

Lo que esta elección significa no es menor. Es el último intento del nacionalismo revolucionario por recuperar el poder. Aunque sea con caras nuevas, lo que está detrás es ese conjunto de creencias en que vivimos durante el siglo XX y que nos llevó al fracaso. Igual que ocurrió con todos los países que apostaron, como nosotros, por una orientación colectivista bajo un sistema político autoritario.

El viejo régimen, la Revolución, fue un intento de impedir, una vez más, la modernidad. Usted lo aprendió al revés, como si la Revolución hubiese sido una reacción natural del pueblo mexicano contra la dictadura. Pero eso lo aprendió en las escuelas del régimen, usando sus libros de texto, cuyo fin era convencerlo a usted, adoctrinarlo, para que encontrara legitimidad en el grupo vencedor de las guerras civiles, que mientras tanto se mantenía en el poder extrayendo dinero a los mexicanos. Me dicen que ese régimen de la Revolución tuvo varias virtudes, pero sigo sin hallarlas. Más allá de lo que todo el mundo obtuvo en el siglo XX, no encuentro nada.

El objetivo de ese régimen, como el de cualquiera, era mantener el poder, y para ello hizo lo que fuera necesario. Pero nada es eterno, y en 1997 el régimen se vino abajo. Desde entonces vivimos en México sin claridad en el rumbo, porque no hemos podido llegar a un acuerdo sobre cuál debe ser éste. Desde entonces el Congreso es relevante, lo mismo que la Suprema Corte. Y no está de más recordar que estos 15 años son el periodo más largo en que esto ha ocurrido en los 200 de historia independiente. Pero ese Congreso ha estado dividido, salvo en esta última Legislatura, donde el PRI tuvo mayoría, pero prefirió no usarla para nada. No fuera a ser que nos diéramos cuenta de que el viejo régimen quiere regresar.

Aunque tenemos tres partidos grandes, en realidad representan sólo dos opciones, y es por eso que las elecciones presidenciales tienden a polarizarse. En 2000, entre PAN y PRI; en 2006, entre PAN y PRD; ahora nuevamente entre PAN y PRI. Porque PRI y PRD representan el viejo régimen, mientras que el PAN no. En los dos gobiernos que este partido ha encabezado se han hecho intentos infructuosos por transformar a México. Un par de intentos de reforma fiscal, varios de reforma política y al menos uno de energética o laboral. Una transformación total de la política social, que no aquilatamos: Oportunidades, iniciado con Zedillo como Progresa, y el Seguro Popular han transformado verdaderamente la vida de decenas de millones de mexicanos. Como nunca ocurrió en el siglo XX, por cierto.

Los tres grandes partidos tienen a su interior gente de primera, pero también de quinta. Siempre puede uno intentar descalificar uno de esos partidos usando como ejemplo uno de esos personajes. Pero lo relevante no es eso, sino la capacidad, o no, de terminar el proceso de transformación. Muchos critican a Fox por no haber culminado esa transformación al inicio de su gobierno. Estoy convencido de que era imposible, más allá de las características personales del ex presidente. Calderón ni siquiera pudo intentarlo dadas las condiciones de su llegada.

Quince años después del derrumbe del viejo régimen, hay una nueva generación que empieza a llegar al poder. Una generación que ya no pudo ser adoctrinada con la misma eficiencia, y que por lo tanto no tiene esa limitación mental tan frecuente en los mayores de 45 años. Por cierto, votantes del nacionalismo revolucionario.

Ha llegado el momento de terminar la transformación. La derrota de Peña Nieto en la elección presidencial, si ocurre, será el catalizador del gobierno de coalición. Liberará a los priístas, permitiéndoles romper con su pasado y convertirse en una verdadera opción para el futuro de México. Lo mismo que López Obrador ha logrado ya en el PRD: su insania los ha obligado a liberarse.

El fin de la transformación de México requiere un gobierno de coalición, que sólo es posible derrotando, una vez más, al nacionalismo revolucionario. Después, habrá espacio para izquierdas y derechas, para el pluralismo de la democracia liberal. Después.

Un Chevrolet para Obama

Fran Ruiz (@perea_fran)
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

El presidente Barack Obama dijo el martes en Detroit, ante trabajadores de la General Motors, que cuando deje la Casa Blanca dentro de cinco años —o sea, en enero de 2017— se comprará un Chevrolet. El anuncio lo hizo el mismo día en que, no muy lejos de allí, Mitt Romney (nacido en Detroit) luchaba angustiado para evitar que su rival, Rick Santorum, le humillase con una victoria en su estado natal, Michigan, donde se celebraron primaras republicanas.

Al final, se impuso Romney, aunque por poco; pero regresemos de nuevo al Chevrolet de Obama. Se le podrá criticar de arrogante y en exceso confiado en su victoria este noviembre, pero tal y como está la carrera republicana por la candidatura presidencial, la reelección del demócrata nunca ha estado tan cerca.

A seis meses para la Convención Nacional de Tampa (Florida), los republicanos están más divididos que nunca y la incertidumbre sobre quién será en agosto ungido como candidato presidencial es total. Ninguna de las dos corrientes dominantes es capaz de imponerse a la otra: por un lado pelea el oficialismo, que apoya al candidato más pragmático, Mitt Romney; y por el otro pelea el sector rebelde, dominado por el Tea Party, que apoya al radical Rick Santorum.

La ironía en la actual batalla republicana es que el Tea Party, que hundió a los demócratas en la elecciones legislativas de 2010, podría ser ahora el principal responsable de la reelección de Obama dentro de nueve meses. ¿Y cómo acabaría sucediendo esta tragedia para ellos? Fácil: espantando al voto moderado, mediante la imposición en campaña de un candidato radical —Santorum—, quien a su vez ha forzado a su más directo rival —Romney— a radicalizar también su discurso.

La clase media estadunidense, que al principio vio con simpatía la ruidosa aparición del Tea Party, como reacción a la victoria del “radical” Obama en 2008, se está ahora alejando de los republicanos al comprobar que, en realidad, el radical no es el presidente demócrata, sino la oposición republicana. ¿Se acuerdan de lo que le ocurrió a López Obrador en 2006, cuando espantó a miles de potenciales votantes con su discurso radical? Pues algo parecido es lo que está ocurriendo ahora en EU, para alegría de los demócratas.

Un ejemplo de cómo el radicalismo perjudicó seriamente las aspiraciones de Santorum esta misma semana. Ya vimos que si el candidato del Tea Party hubiera ganado en Michigan habría asestado un golpe casi mortal a Romney, pero no fue así por muy poco, por 3.2 puntos de diferencia. Si vemos con lupa el escrutinio resulta que el grueso del voto femenino republicano abandonó a Santorum y apoyó a Romney, lo que pudo ser decisivo para que la balanza se inclinase a favor del menos radical de los dos.

¿Qué grave error cometió Santorum? Dijo, ni más ni menos, que los anticonceptivos “son un peligro para la mujer y para la sociedad”. ¿Se puede decir mayor estupidez que esta? ¿Qué pretende Santorum, que las estadunidenses se olviden del sexo y se pongan a parir como conejas?

Ahí les va otro error del candidato ultracatólico. En un mitin el sábado pasado en Michigan declaró lo siguiente: “Entiendo por qué Obama quiere que los jóvenes vayan a la universidad. Los quiere hacer a su semejanza; quiere adoctrinarlos en recintos progresistas”. ¿Cuántos universitarios en todo el país se habrán quedado estupefactos con esta declaración? ¿Cuántos votos habrá sumado Obama gracias a Santorum?

Y Romney no se queda atrás. No sólo ha perdido para siempre el favor de los hispanos, tras apoyar de manera entusiasta la deportación de indocumentados (o la “autodeportación”, como propone), sino que desprecia a la clase media obrera, golpeada duramente por la crisis, con declaraciones como “tampoco es para tanto”, cuando se le preguntó si creía un exceso ganar 374 mil dólares por ocho discursos que dio el año pasado.

Su resistencia a reconocer que paga en proporción al fisco mucho menos que la mayoría de los estadunidenses, pese a contar con una considerable fortuna, ha irritado a la clase media, que defiende la intención de Obama de que los ricos paguen mucho más.

Cuanto más se resista Romney (y como él todos los republicanos) a que sean los ricos los que paguen la dureza de la crisis, y no la clase media, más cerca estará Obama de acariciar una nueva victoria.

Así que, tal como están las cosas, que nadie se extrañe si en enero de 2017 vemos a Romney paseando con su lujoso Cadillac y soñando con lo que un día pudo ser y no fue, mientras rebasa a gran velocidad a un canoso Obama, distraído al volante de su Chevrolet, al recordar la gloria de haber dormido ocho años en la Casa Blanca.

Centroamérica: ¿una nueva Somalia?

Andrés Oppenheimer (@oppenheimera)
El Informe Oppenheimer
Reforma

Cuando le pregunté al nuevo Presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, en una entrevista días atrás si América Central se está convirtiendo en una región sumida en el caos y la violencia, como Somalia en África, hizo un gesto negativo con la cabeza y respondió que esa comparación es "exagerada".

Poco antes, el 20 de febrero, el diario español El País había publicado un artículo del analista político salvadoreño y ex jefe guerrillero Joaquín Villalobos, en el que afirmaba que Guatemala, El Salvador y Honduras corren un serio peligro de convertirse en "una Somalia latinoamericana".

Entre sus argumentos se cuentan: Honduras y El Salvador ya son los dos países más violentos del mundo, con un índice anual de homicidios de 81 y 66 personas por cada 100 mil habitantes, respectivamente, según cifras de las Naciones Unidas. Guatemala no se queda muy atrás, con 41 homicidios anuales por cada 100 mil personas.

En comparación, el índice de homicidios en México es de 18 personas por cada 100 mil habitantes, y el de Estados Unidos y casi todos los países europeos es de 5 o menos por cada 100 mil habitantes.

"Centroamérica es un entramado de fallas sísmicas, ruta de drogas, paso de huracanes, agravios históricos, oligarquías insensibles que se resisten a pagar impuestos, polarización política irracional, Estados sin recursos, ausencia de riquezas naturales, pobreza extrema, corrupción elevada, pandillas salvajes, narcotraficantes poderosos y una clase política incapaz de mantener la cohesión social", escribió Villalobos.

¿Acaso todo eso no es cierto?, le pregunté al Presidente guatemalteco. Pérez Molina concedió que algunos de esos hechos son innegables, pero agregó que confía en que las tasas de violencia en su país comenzarán a bajar "en seis meses o un año".

Dijo que desde que asumió la Presidencia, el 14 de enero, ha lanzado campañas contra el crimen y contra la pobreza, y ha empezado a sostener conversaciones con sus colegas de El Salvador y Honduras para combatir conjuntamente el narcotráfico y las pandillas.

Al mismo tiempo, ha lanzado una campaña regional a largo plazo para despenalizar las drogas y cambiar el enfoque de la actual guerra contra las drogas, para poder dedicar más recursos a la educación y la reducción del uso de drogas en los países consumidores.

Pérez Molina me dijo que llevará su propuesta de despenalización a la Cumbre de las Américas que se realizará en Colombia el 14 de abril, a la que tienen previsto asistir el Presidente Barack Obama y 33 jefes de Estado del continente.

"Estamos hablando de despenalizar para ver si podemos abrir otra línea que sea diferente a la que hemos estado intentando por más de 30 años", me dijo Pérez Molina, agregando que la actual guerra contra las drogas "es una locura".

Algunos analistas comparten la opinión de Pérez Molina de que las comparaciones de Centroamérica con Somalia son exageradas, señalando que hay varias tendencias positivas en América Central.

Manuel Orozco, un experto en Centroamérica del Diálogo Inter-Americano, un centro de estudios con sede en Washington, dice que las economías de América Central han estado creciendo lenta, pero constantemente durante las dos últimas décadas, y que se espera que tengan un crecimiento del 3.5 por ciento este año. Además, los países de la región tienen gobiernos que, pese a sus problemas, siguen funcionando.

"A diferencia de lo que ocurre en Somalia, en Centroamérica hay gobiernos que tienen un monopolio del uso de la fuerza", señaló Orozco. "Han sido infiltrados por el crimen organizado, pero no han sido capturados, ni tomados".

Sin embargo, un informe anual publicado el martes por la Junta Internacional para el Control de Estupefacientes de la ONU dijo que los niveles de violencia de Centroamérica han llegado a "niveles alarmantes que no tienen precedentes". Según el informe, hay 900 pandillas armadas con un total de más de 70 mil miembros en Centroamérica.

Y una encuesta publicada la semana pasada por la firma encuestadora Latinobarómetro, con sede en Chile, revela que los centroamericanos tienen tan poca confianza en sus policías, que tan sólo el 7 por ciento de los hondureños y el 11 por ciento de los guatemaltecos y salvadoreños denuncian crímenes a la Policía, menos que en prácticamente todos los demás países latinoamericanos.

Mi opinión: no sé si Centroamérica está a punto de convertirse en otra Somalia, pero los países centroamericanos deberán hacer mucho más de lo que están haciendo por dejar atrás sus mezquinas disputas internas, y dedicarse a aumentar su cooperación en seguridad e intercambio de inteligencia. Incluso deberían crear una fuerza regional para combatir el crimen.

Por absurdo que suene, los diminutos países centroamericanos siguen teniendo una profunda desconfianza entre ellos debido a viejas disputas territoriales que aún mantienen vivas, y que les impiden actuar en conjunto. Si no crean estructuras supra-nacionales, integran sus economías y adoptan estrategias regionales para combatir el crimen, es difícil ser optimista sobre su futuro.

El diablo está en las tendencias

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

Puede todavía el PRI revertir la tendencia, pero ahora será mucho más difícil porque, además, la disputa es por la novedad y las expectativas.

Algunos están comparando la situación que se estaría viviendo en la actual campaña electoral, con el cierre de la distancia entre Enrique Peña Nieto y Josefina Vázquez Mota que, según la más reciente encuesta de GEA ISA, se redujo a sólo siete puntos y, según Parametría, a 11, como lo que sucedió en 2006 entre Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador. No creo que sea el ejemplo correcto; las condiciones y la situación son diferentes. Pero sí se parece a la que vivió Francisco Labastida con Vicente Fox en 2000.

Hace seis años la campaña se vivía en medio de una durísima polarización, no sólo electoral sino también política. El López Obrador de entonces estaba muy lejos del de la república amorosa de ahora. Y su estrategia política se basaba en agudizar esa polarización, acompañada de una soberbia que lo llevó, precisamente en esos días, a pronunciar aquella famosa sentencia de “cállate chachalaca”, dirigida al presidente Fox, y a rechazar desde reuniones con empresarios hasta su participación en el primer debate presidencial, decisiones que le terminaron costando la elección. En ese contexto, y con un PRI que con Roberto Madrazo no podía ofrecer ninguna alternativa, la opción Calderón creció hasta derrotar, con lo mínimo, al ex jefe de Gobierno capitalino.

No es la situación actual: se podrá o no estar de acuerdo con Peña Nieto, pero no es percibido como “un peligro para México” ni su campaña está basada en la polarización. No ha rehusado, ni mucho menos, encontrarse con empresarios o grupos que pudieran ser antagónicos y para muchos es una opción de recambio muy aceptable después de 12 años de gobiernos panistas.

En eso la campaña de Peña Nieto no se parece en nada a la de López Obrador, pero sí se parece, por como está operando, a la de Labastida en 2000. Cuando comenzaba aquel año, Labastida tenía una comodísima ventaja sobre Vicente Fox que en diciembre de 99 llegó a ser de 20 puntos. En esa situación, en el equipo de campaña de Labastida decidieron que no tenían por qué arriesgar ni gastar de más. Decidieron que durante la segunda mitad de diciembre, y en enero y febrero, el candidato aparecería poco, cuidaría la ventaja, incluso cancelaron la publicidad, para ahorrar dinero. Pensaron que sólo había que administrar la ventaja hasta julio, que el trabajo ya estaba hecho. Incluso pensaban que el verdadero adversario sería Cuauhtémoc Cárdenas, que había ganado el DF en 1997, más que un Fox que no terminaba de ser del agrado de todos los panistas.

Labastida no era, no lo es hoy, un hombre de confrontaciones estériles; no era ni es “un peligro para México”, no presentaba ningún programa rupturista y la economía, pese a la crisis que azotó al país al inicio del sexenio, venía cerrando con un crecimiento cercano a siete por ciento. Fox fue, sin embargo, la novedad, y su consigna era sacar al PRI de Los Pinos, nada más, nada menos. Cuando llegó marzo, en el equipo de Labastida descubrieron que esa ventaja de diciembre había comenzado a desaparecer; que de una elección con una brecha que parecía imposible de cerrar estaban ante unos comicios competidos. Comenzaron a cometer errores para cambiar las tendencias, pero no lo lograron. Al final, se intentaron compensar los errores con recursos y se dio aquel famoso Pemexgate (paradójicamente, buena parte de aquel dinero se lo quedó quien es hoy un destacado miembro de la oposición de izquierda, que no fue tocado ni con el pétalo de una rosa porque saltó oportunamente de partido, como seis años antes el dinero y los documentos de la caja fuerte de Colosio, en las oficinas de Aniceto Ortega, desaparecieron horas después de su asesinato, se asegura que por personajes que hoy también están en esa misma oposición).

Conservar una ventaja no es difícil cuando no cambia el viento que agita a los electores. Pero cuando las tendencias se invierten, cuando las amplias ventajas se comienzan a convertir en una disputa cerrada, cuando uno comienza a bajar y el otro a subir en forma permanente, esas tendencias pueden ser determinantes en el resultado final.

Hace ya muchas semanas que aquí dijimos que en el equipo de Peña Nieto se estaban equivocando; que no podían seguir jugando a la defensiva, tratando simplemente de conservar una ventaja que les parecía muy amplia; que precisamente esa ventaja era la que les permitía abrir el juego, ser más propositivos, jugar con caras nuevas. No lo han hecho: guardaron a Peña Nieto (más todavía luego del episodio de la FIL de Guadalajara y en este periodo de intercampañas), jugaron a la defensiva, a la hora de optar por candidatos, como lo hizo en su momento Labastida, apostaron por los viejos personajes de la política priista, pensando asegurar la unidad de “los sectores”. Y la ventaja de 20 puntos ahora se ha reducido a siete o a once. Puede todavía el PRI revertir la tendencia, pero ahora será mucho más difícil porque, además, la disputa es por la novedad y las expectativas: se apuesta por el regreso del ese partido a Los Pinos o la llegada, por primera ocasión, de una mujer a la Presidencia de la República.

La gratuidad de Facebook

Antulio Sánchez (@tulios41)
Internet
tulios41@yahoo.com.mx
Milenio

Chris Anderson en su libro Free (Gratis), escrito a fines de la década pasada, describe la forma en que se desarrollan la economía y los negocios en la era digital. Para entenderlos, según el autor, se debe partir de que hemos entrado a la era de lo gratuito, aunque advierte que si algo es gratis para el usuario es porque otros lo subsidian y sufragan, y la forma en que eso se da es a través de una especie de trueque en donde el usuario está dispuesto a “consumir” determinada propaganda a cambio del uso de un servicio o de una tecnología.

No obstante, con el tiempo se ha ido aclarando que una parte fundamental del valor de las empresas de la nueva economía está en su demografía, pero también en la eficacia en la recopilación de datos de sus usuarios. Es decir, no sólo se trata de que los usuarios vean determinada publicidad, sino que se puedan registrar con precisión sus hábitos, lo que al final termina siendo un “pago” que no es poca cosa.

Un caso destacado es Facebook, que se ha tornado fundamental para un sector importante de personas del planeta para comunicarse con sus amigos y otras personas, para establecer vínculos sociales y organizar sus vidas e incluso para maximizar sus talentos. Facebook es una vía para ampliar la riqueza existencial y un inmenso laboratorio social para desarrollar las identidades y para explorar nuevas formas de ampliación familiar ofrecidas por las nuevas tecnologías.

Es decir, Facebook es una de las mejores maneras y plataformas para medir los comportamientos en línea (y fuera de la red) ya que con sus más de 850 millones de usuarios a escala planetaria, permite establecer mediciones diferenciadas (por país, grupos de edad, escolaridad, etcétera).

Sin embargo, muchos usuarios de esa red social no saben que cualquier contenido que suben (fotos o videos) se ceden a esa empresa tácitamente y por tanto ella puede hacer lo que guste con esos materiales. Asimismo, no existe forma de recuperarlos, amén de que cada palabra o comentario escrito o compartido en Facebook también es propiedad de la compañía.

Al final, el modelo de Facebook se basa en el “despojo” de la propiedad de los usuarios y es el reflejo perfecto de que esa gratuidad no es tal, que cuando uno no sufraga por un servicio al final no termina por ser un consumidor sino un producto para ser “vendido”.