marzo 29, 2012

¿Por qué fracasan las naciones?

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Daron Acemoglu es uno de los economistas más prolíficos y citados de los últimos años. En colaboración con James Robinson ha publicado algunos de los más interesantes artículos acerca del desarrollo económico, así como un libro titulado “Orígenes económicos de las dictaduras y democracias” que tiene como portada el mural de Diego de la Alameda. Única referencia a México en ese libro.

Ahora acaban de publicar otro texto: ¿Why Nations Fail? aparecido la semana pasada, en el que inician con nosotros. Su punto de partida es la comparación de Nogales, el de Sonora y el de Arizona.

Las observaciones son las que conocemos: nada más pasando la barda, todo cambia: el ingreso es más elevado, los servicios públicos son más y de mejor calidad, y ahí sígale usted.

Es un buen punto de partida para un libro que tiene como subtítulo “Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza”. Ahí nomás. En poco menos de medio millar de páginas, Acemoglu y Robinson hacen un muy amplio tour para demostrarnos la validez de su propuesta teórica mediante ejemplos. Es una forma totalmente distinta del otro libro que le comentaba, en el que las matemáticas se llevan la carga de la prueba. Posiblemente debido a la mala recepción de ese texto, ahora no encontrará usted una sola ecuación en el libro, ni una gráfica. Varios mapas y algunas fotografías, que complementan este esfuerzo que, sin embargo, no va más lejos en la propuesta que el anterior.

La esencia de la interpretación que Acemoglu y Robinson han construido es que las instituciones (las reglas de la sociedad) son determinantes para explicar el desempeño económico de un país. Sin embargo, estas instituciones se forman en la esfera política, de forma que se deben analizar de forma simultánea ambas áreas si se quiere entender el proceso. No es mala idea, y la han desarrollado de forma bastante amplia por ya 15 años en una multitud de artículos académicos, resumidos en Orígenes económicos… y ahora traducidos para lectores menos especializados en ¿Por qué fracasan…?

En una nuez, el argumento es el siguiente: existen dos tipos esenciales de instituciones (es decir, reglas), las extractivas y las incluyentes. Las primeras son reglas que permiten a un grupo de la sociedad extraer riqueza de los demás, mientras que las segundas obligan a la inclusión de cada vez más grupos de la sociedad en la repartición de la riqueza producida. Aunque las primeras pueden promover crecimiento económico, lo harán sólo por un breve periodo de tiempo, agotando los recursos de la sociedad y finalmente fracasando. Las segundas, en cambio, no sólo permiten el crecimiento de forma más estable, sino que además generan un círculo virtuoso, porque al incluir a más grupos en la distribución, este crecimiento es cada vez más “igualitario”, alimentando una mayor inclusión.

Pero las instituciones extractivas no son fáciles de destruir, porque los grupos beneficiados por la extracción de riqueza harán hasta lo imposible por evitar cambios. En particular, se sentirán amenazados por la “destrucción creativa”, es decir, ese proceso que Schumpeter definió como la base del crecimiento de largo plazo.

La innovación que destruye las fuentes de riqueza actual abriendo más riqueza a futuro. Puesto que cualquier cambio de ese tipo amenaza la capacidad extractiva de las élites, éstas no querrán que ocurra, y limitarán la innovación. Por eso una sociedad con instituciones extractivas no puede crecer por mucho tiempo.

El momento en el cual una sociedad puede romper con las instituciones extractivas lo llaman “coyuntura crítica”. Esos momentos históricos no necesariamente llevan a una transformación hacia instituciones incluyentes, pero pueden hacerlo. Para los últimos mil años, Acemoglu y Robinson encuentran cuatro coyunturas criticas de efecto global: la Peste (s. XIV), la apertura del Atlántico (s XV), la Revolución Industrial y la Revolución Francesa (ambas a fines del XVIII).

En las casi quinientas páginas, usted puede pasear por prácticamente todo el mundo, leyendo breves viñetas históricas que sustentan el argumento de los autores. Varias de ellas valen la pena.

Ahora lo que no es tan bueno. La definición de los conceptos es muy débil, empezando por la “coyuntura crítica” que parece definirse de forma tautológica: es cuando es. Eso complica mucho verificar la validez de la teoría, que en principio no suena mal, pero tampoco ayuda a explicar mucho, por falta de profundidad. Algo muy frecuente en las viñetas nacionales a lo largo del libro. En el caso de México, por ejemplo, no hay explicación clara de por qué el Nogales de Sonora es tan diferente del de Arizona. Unas líneas acerca de Porfirio Díaz no me parecen explicación adecuada para un fenómeno que ocurre cien años después. Me parece que para una mejor construcción teórica acerca de la diferencia entre instituciones extractivas e incluyentes, y su desarrollo histórico, hay que leer Los orígenes del poder político de Fukuyama (reseñado acá el 12 de mayo de 2011). Para tener una idea más completa y sólida del proceso económico a lo largo de los últimos mil años, hay que leer Power and Plenty de O’Rourke y Findlay (un extraordinario libro que no le he platicado, usted disculpe). Y para una crítica de la visión institucional como motor del gran crecimiento económico que el mundo ha visto en los últimos dos siglos, vuelvo a recomendarle los dos libros de Deirdre McCloskey que hemos comentado acá, Virtudes Burguesas (28 de octubre 2010) y Dignidad Burguesa (5 de octubre de 2011).

Acemoglu y Robinson, que sin duda han aportado mucho en los últimos años, no se deciden a profundizar.

Y ahí se le va a ir el Nobel al primero de ellos.

Acto de fe

Carlos Elizondo Mayer-Serra (@carloselizondom)
elizondoms@yahoo.com.mx
Reforma

No me refiero a la visita del Papa Benedicto XVI. Sino a la celebración de la expropiación petrolera del 18 de marzo. Éste fue un evento crucial para el desarrollo de nuestro país. Pero hoy los retos de la industria son otros y seguimos atados a nuestra fe. Sólo Corea del Norte y México mantienen un régimen tan cerrado en el sector petrolero. No somos líderes en ningún indicador positivo en la industria. Los que se han abierto, como Brasil, hoy están mejor que nosotros.

Empecemos por la necedad de hacer una nueva refinería, o peor todavía, cinco, como propone López Obrador. Todas nuestras refinerías pierden dinero. No es por el subsidio enorme a la gasolina. Éste lo paga el fisco. Para subsidiar la gasolina es irrelevante si es importada. Nuestras refinerías pierden dinero porque son ineficientes. Gastan más tiempo en paros por mantenimiento y reparaciones que sus pares internacionales y consumen más energía. Las reconfiguraciones que hemos hecho en nuestras refinerías siempre han costado y tomado mucho más tiempo que lo planeado. Lo mejor y menos costoso para el país hoy sería tirar a fondo perdido lo que se ha gastado hasta ahora en la nueva refinería de Tula.

La confusión mayor es respecto a los impuestos que paga Pemex. Compararlos con lo que pagan de impuestos las empresas privadas es una tontería, porque en el caso de Pemex se mezclan regalías e impuestos. Se asume que Pemex es dueña de las reservas, pero no es así. Son de la nación. Se le debería cobrar regalías por poderlas explotar, a una tasa como la que se cobra en Estados Unidos, y luego tendría que pagar un impuesto sobre la renta, como cualquier empresa, sobre sus utilidades. En estos términos sí se podría hacer la comparación.

Para los creyentes, la fe mueve montañas. En nuestro culto de un Pemex monopólico y sin competencia, mejorar nuestra ineficaz empresa petrolera es cuestión de voluntad. Hoy la crítica de la oposición es que los panistas son incompetentes, basta sacarlos del poder. Los panistas pensaban lo mismo: bastaba echar a los barbajanes de Los Pinos y poner buenos administradores privados en Pemex para mejorar las cosas. No fue así, ni será así si pierde el PAN. Ni Dios podría administrar Pemex. Las rigideces sindicales, legales, hacendarias, contractuales y políticas, la corrupción que la corroe en tantos ámbitos, las desaforadas pensiones, el exceso de personal, por citar algunos de sus problemas, no se pueden enfrentar con pura voluntad. Se requieren incentivos distintos. La eficiencia sólo se puede lograr con una adecuada combinación de más competencia y mejor regulación.

No tiene sentido mantener el monopolio, o incluso la propiedad del Estado, en las actividades industriales de Pemex, como refinación y petroquímica. Son negocios de muy baja rentabilidad. Recientemente, Chevron ha decidido vender sus refinerías para concentrar sus recursos en lo que genera más valor. Hay que permitir que cualquier empresa invierta en la materia a la par de hacer del Pemex que refina y produce petroquímicos empresas independientes, con capital mayoritario público o incluso privado, pero administradas como empresas privadas. Pemex no debe invertir en gas y petróleo shale. Éstos son los mismos hidrocarburos, pero para extraerlos de las rocas sedimentarias donde se encuentran atrapados se requiere de técnicas especiales. Es otra vez un negocio de margen bajo o incluso negativo, como ha sucedido en Chicontepec, yacimiento muy parecido en estructura al shale y que ha sido un tiradero de dinero. Una empresa que tiene amplias reservas de hidrocarburos en aguas profundas, donde, si se sabe explorar y explotar, el margen es mucho mayor, debería concentrar sus recursos ahí, aunque compartiendo el riesgo con socios estratégicos. Es un acto de fe pensar que se puede hacer todo. Hasta la mejor organización empieza a hacer tonterías cuando hace de más.

Se requiere una Comisión Reguladora de Energía que obligue a Pemex a evitar prácticas monopólicas, que fije los precios de las gasolinas y otros productos como el gas LP con base en fórmulas automáticas como en el caso del gas natural. Así no habría subsidios y tampoco abusos. Una Comisión de Hidrocarburos cuya opinión tenga implicaciones en las decisiones de Pemex.

Hay un cierto discurso de reformismo en Peña Nieto y en Josefina Vázquez Mota. Ambos hablan de abrir el sector. Falta ver en qué y en dónde. Se acerca el momento de que puedan revelar sus creencias con detalle.

De cómo Peña enterró el caso Montiel

Leo Zuckermann (@leozuckermann)
Juegos de Poder
Excélsior

Al parecer, la apuesta de Enrique Peña Nieto le funcionó. Aproximadamente un año después de que tomó posesión como gobernador del Estado de México, por allá de finales de 2006, el hoy candidato presidencial del PRI le dio “carpetazo” al caso de su antecesor en el gobierno mexiquense, Arturo Montiel. Lo hizo de manera rápida apelando a la memoria de corto plazo de la gente para minimizar un futuro costo político. Hasta ahora, el escándalo Montiel no ha sido un tema de campaña que haya dañado las intenciones de voto a favor de Peña en las encuestas.

Recordemos que fue Roberto Madrazo, quien competía en contra de Montiel para conseguir la candidatura presidencial del PRI en 2006, quien destapó, en el noticiero de Joaquín López-Dóriga, el asunto de las propiedades del gobernador del Edomex, su esposa y familiares cercanos. Investigaciones periodísticas posteriores demostraron que Montiel habitaba en lujosas mansiones en Metepec, Las Brisas, Careyes y España.

Ya como gobernador del Edomex, Peña formó una Fiscalía Especial para investigar la fortuna de su antecesor. El Ministerio Público investigó y, de acuerdo a sus conclusiones, la Procuraduría de Justicia del Estado de México resolvió que “no hubo incremento al patrimonio” de Montiel durante su gestión como gobernador y por tanto recomendó “el no ejercicio de la acción penal”. De esta forma, Peña exoneró a su padrino político, el que lo escogió para que fuera candidato a la gubernatura mexiquense, el que lo catapultó en la política del Estado de México, plataforma para eventualmente convertirse en candidato presidencial del PRI.

¿Cómo es posible que los fiscales de Peña no hayan encontrado pruebas cuando el mismo Montiel había reconocido la propiedad de su residencia en Careyes en enero de 2006? ¿Acaso Roberto Madrazo se equivocó cuando le había dicho a López-Dóriga en televisión nacional que Montiel y su familia se habían enriquecido misteriosamente durante su gestión como gobernador mexiquense? ¿No encontró la Fiscalía Especial las múltiples propiedades? ¿No hallaron a posibles testaferros?

Hace seis años me quedó claro, y aún tengo esa idea, de que los fiscales de Peña sólo buscaron por encimita. Que el entonces gobernador mexiquense estaba solapando la presunta corrupción de su antecesor en el cargo comportándose como miembro de una familia política que, en lugar de cumplir la ley, se tapan las espaldas entre ellos. Así ocurrió: Montiel fue exonerado, cosa que nunca perdonó, y con toda razón, el gran columnista y escritor Germán Dehesa quien, hasta el último de sus artículos, nos recordó la impunidad en la que quedó este escándalo de políticos priistas.

Lo increíble es que, seis años después, todo indica que Peña se salió con la suya: el asunto Montiel se ha olvidado. Poco se habla de él. Ni siquiera Josefina Vázquez Mota ni Andrés Manuel López Obrador se han encargado de recordárselo al electorado. ¿Por qué? ¿Acaso se la van a perdonar al joven y carismático priista quien, a la hora de la verdad, prefirió solapar la corrupción en lugar de castigar?

Hoy, mientras Peña navega con pocas dificultades hacia la Presidencia, Arturo Montiel se pasea tranquilamente por el país. Incluso asistió a la toma de posesión de Eruviel Ávila quien sustituyó a Peña como gobernador del Estado de México. Ahí, en el Teatro Morelos de Toluca, la clase política mexiquense lo ovacionó y la cúpula priista nacional lo abrazó. Él, muy campante, sonreía: se había salido con la suya. Nunca le investigaron a profundidad los millones de dólares de su fortuna, el tráfico de influencias durante su gestión, la corrupción rampante en los permisos de construcción en la zona conurbada de la Ciudad de México y, desde luego, las mansiones y palacios en los que habitaba.

Todo bajo la complicidad implícita o explícita de su sucesor en el palacio de gobierno de Toluca: Enrique Peña Nieto. Ahora que este viernes comienzan las campañas presidenciales, habría que preguntarse, como lo hizo en tantas ocasiones Germán Dehesa, ¿y Montiel?

"Tercer Grado", dos horas con Felipe Calderón

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

El presidente Calderón traía cuerda para seguirle. O al menos con esa impresión me quedé cuando Leopoldo Gómez despidió el Tercer Grado de anoche, la entrevista de ocho a uno que duró cerca de dos horas.

Lo he expresado en otras ocasiones: el mejor Calderón es el polemista. Le encanta el debate. Se fajó con Carlos Loret de Mola en el tema de las plazas federales de los maestros, y con Denise Maerker en el de Florence Cassez. Resguardó como un comandante a Genaro García Luna. Dijo que le gustaría ser el consorte de una Margarita Zavala presidenta de la República. Confesó que perdona los insultos de Andrés Manuel López Obrador, pero no los olvidará. Rechazó, una y otra vez, que Peña Nieto le descomponga el estómago. Se dibujó ante las cámaras el 1 de julio felicitando al ganador. Y como si estuviera en el Castillo de Chapultepec, se revolvió en el asiento y levantó la voz para defender su estrategia en la lucha contra el crimen. Pregunta tras pregunta, arremetida tras arremetida.

En cierto sentido, fue su última entrevista como mandatario. La castrante ley electoral le impondrá la congeladora hasta el día de las votaciones. Entonces habrá un presidente electo. Las entrevistas con Calderón serán otra cosa.

Me llevo dos imágenes de la experiencia de anoche: la de un hombre que cree fervorosamente en lo que hace y la de un político que disfruta su trabajo. No vi en él la sombra del paso del tiempo, que tanto marca y deteriora el alma y el cuerpo.

Novedoso, interesante ejercicio para nosotros. Según me informan, vienen ahora Josefina, Peña Nieto, López Obrador y Quadri. Calderón les está dejando el listón bien alto.