marzo 30, 2012

Paco Calderón



Iniciará Clouthier campaña el 10 de abril en Puebla



La contradictoria fantasía de Peña Nieto

Andrés Lajous (@andreslajous)
andres.lajous@gmail.com
http://andreslajous.blogs.com

El primer spot de la campaña de Peña Nieto es un buen contraste entre lo que fue su gobierno en el Estado de México y la fantasía que quiere construir para su campaña. Las primeras y últimas tomas están filmadas sobre una vía rápida elevada para automóviles de seis carriles de ancho. En contraste el resto de las tomas, que se supone reflejan la diversidad de los lugares que “visitará” en su campaña, muestran centros coloniales, catedrales, pueblos antiguos, parques y pequeños muelles. Lo que no dice el anuncio con tanta claridad es que la prioridad como gobernador de Peña Nieto no fueron los espacios urbanos con las características que muestra en sus spots, sino principalmente las obras concesionadas dirigidas a automovilistas. Obras que no tienen nada que ver con calles peatonales, banquetas anchas, faroles antiguos y áreas verdes, sino por el contrario con la segregación de las ciudades, el incremento del tráfico y contaminación, y la destrucción del espacio público.

Hay varios ejemplos que muestran cómo durante la gestión de Peña Nieto en el Estado de México, el privilegio de los automovilistas fue reforzado y no se le dio prioridad al transporte público ni a la movilidad no motorizada. Entre 1994 y el 2007 creció más rápido el número de viajes en coche privado (40%) que la población (24%) en la Zona Metropolitana del Estado de México. El tema no es menor considerando que sólo 19% de los viajes se hacen en automóvil privado y la mayor parte del transporte público en el Edomex sigue concentrado en mal servicios de combis y peseros. La decisión de priorizar los intereses de ciertos grupos, se hace más evidente en la distribución del presupuesto. Según un reporte que está por salir del ITDP en donde se comparan las inversiones en movilidad que hicieron los estados en el 2011 con dinero de fondos federales, en el Estado de México 71% de la inversión se fue a infraestructura para automóviles y para pavimentación, 27% a transporte público, y apenas 2% para espacio público e infraestructura peatonal.

El viaje del Estado de México al DF, en 2007, en automóvil era de una hora seis minutos, en cambio en transporte público duraba en promedio hora y media, y el costo del viaje redondo era de $22 (INEGI). Considerando que estos son promedios, los habitantes de la zona metropolitana del Edomex saben que el trayecto en transporte público puede durar más de 3 horas y el viaje redondo puede costar hasta $80.

Con estos datos, uno esperaría que el gobierno de Peña Nieto hubiera priorizado el transporte público y no la construcción de vías rápidas. Sin embargo la obra emblemática de su gobierno fue el Viaducto Elevado Bicentenario el cual transporta, según la empresa concesionaria, a poco más de 20 mil coches al día. Una perversidad particular de este proyecto, es que la construcción de las segundas y terceras etapas, aunque ya concesionadas, están sujetas a que la primera etapa tenga un aforo de 50 mil coches diarios. Es decir, hoy el principal interesado en que se incremente el uso del automóvil en el Estado de México es el gobierno mismo, para así cumplir la “promesa” de construir el resto de la obra. En contraste el principal proyecto de transporte público promovido por el gobierno de Peña Nieto, el Mexibús, salió más caro de lo calculado, y está tan endeudado y frente a tales problemas de diseño que su operación está en riesgo pese a contar con 130 mil pasajeros diarios.

Una fantasía es la de que Peña Nieto fue un gobernante eficaz en la construcción de infraestructura, aunque sólo fue exitoso en los proyectos sencillos para automóviles. La otra fantasía es hacernos creer que el Estado de México que dejó se parece más a los centros de Mérida y Oaxaca que al tráfico de los segundos pisos del Periférico.

Calderón en Tercer Grado

Yuriria Sierra (@YuririaSierra)
Nudo Gordiano
Excélsior

Se reconocieron las fallas de Presidencia en comunicación, pero por primera vez vimos a un mandatario que respondió con sustento.

El ejercicio de diálogo, o entrevista colectiva, transmitido la noche del miércoles por el Canal 2, como parte del programa Tercer Grado, de Televisa, donde vimos al presidente de México, Felipe Calderón, ser cuestionado por los periodistas Leopoldo Gómez, Joaquín López-Dóriga, Denise Maerker, Adela Micha, Víctor Trujillo, Carlos Loret de Mola, Ciro Gómez Leyva y Carlos Marín, fue, sin lugar a dudas, el mejor ejercicio de comunicación que le hemos visto al primer mandatario. Previo, además, al inicio de campañas —cuando ya, por ley, deberá permanecer callado para “no poner en riesgo” la elección, como lo justifican las leyes electorales—.

Y sí, reconocemos, también, que tal encuentro es un poco tardío. Aunque no este encuentro en sí, sino la oportunidad de ver a un Felipe Calderón entero, relajado y vivaz, dispuesto al diálogo. Otra cosa hubiera sido este sexenio en materia de percepción de haber visto al Presidente como lo vimos antier, con temple (con garra, y hasta con sentido del humor) para responder a cada uno de los cuestionamientos que se le hicieron, y hasta capaz de corregir en datos, y en percepción, algunos de los temas que escuchó de mis compañeros del panel.

Se reconocieron las fallas de Presidencia en materia de comunicación pero, por primera vez en los más de cinco años que lleva al frente del despacho en Los Pinos, logramos ver a un mandatario que respondió con sustento en mano, con conocimiento de causa de cada una de sus decisiones, sus estrategias y sus planes de acción.

Pese a toda la polémica y la crítica que ha despertado su actuar frente a los problemas de seguridad, crimen, violencia y narcotráfico, Felipe Calderón defendió tales decisiones con el argumento de que tal problema iba a presentarse de todas formas. Y es que, finalmente, lo que recibió en 2006 no fue un país armado y con sus cuatro paredes levantadas y en forma, sino uno que arrastraba tantos males y que seis años de un primer gobierno de alternancia, entendido como el primero después de 70 años nacido en los cuarteles priistas, no había bastado para lograr los cambios en los que los discursos de campaña se basan y suelen ser siempre el motor para intentar generar un cambio en el rumbo político del país.

Ayer decía Ciro Gómez Leyva en su columna, en Milenio, que el mejor Calderón era “el polemista”, y de eso no hubo duda la noche del miércoles. Sin dejarse sorprender, notamos a un Presidente dispuesto al diálogo, sarcástico por momentos, uno que no le habíamos conocido y que mucho hizo falta en estos cinco años y meses previos, pues ese Presidente serio y poco expresivo fue uno de los flancos débiles a donde apuntaron sus detractores.

A partir de hoy, Felipe Calderón comienza a preparar su sucesión. Como Presidente deberá mantenerse al margen de la contienda. En Tercer Grado aseguró que no será Vicente Fox ni Ernesto Zedillo, será él, pues, observando a los cuatro candidatos por igual; aunque como ciudadano y militante, tenga ya casi su voto puesto en la casilla.

Pero, finalmente, ver a un Felipe Calderón con el temple necesario para responder y para asegurar que después de su mandato permanecerá en México, pese a lo que muchos piensan. Y, claro, para asegurar que las decisiones de su esposa Margarita serán plenamente respaldadas por él, las mismas que ella, cuando tuve oportunidad de charlar con ella hace unas semanas, me dijo, nos serán notificadas en su oportunidad.

La del miércoles por la noche fue una oportunidad muy bien aprovechada por Felipe Calderón para dejar un precedente que, cuando su mandado culmine, le servirá de sustento para defender lo que durante sus seis años en Los Pinos se ejecutó. Un Presidente que, para bien o mal, es capaz de aceptar las consecuencias de cada uno de sus actos. Y, eso, sí se debe reconocer.

Y el Presidente que México necesita es…

Carlos Mota
motacarlos100@gmail.com
Cubículo Estratégico
Milenio

Iniciadas formalmente las campañas para elegir Presidente, el elector estará ávido de conocer primero, y contrastar después, las propuestas de los candidatos. Llegó la hora de conocerlas.

Creo que el grueso de los votantes ignorará muchos temas que resultarán de segundo o tercer orden. ¿Cuáles? Los derechos de las minorías, el aborto, nuestro rol en América Latina, las políticas forestales, el apoyo a grupos vulnerables, los derechos humanos, la difusión cultural, los recursos hídricos, la inversión carretera y miles de temas más que, si bien serán pronunciados, no serán prioritarios para la mayoría.

Acaso algún poblado aislado que reciba promesa de carretera verá a muchos electores decidir por el candidato prometedor. Quizá alguna minoría sexual o discapacitada también espere las promesas específicas para su grupo. Pero no más allá. No veo a toda la nación eligiendo en función de la promesa de un tren que conecte Monterrey con la capital, o de si se está a favor o contra el aborto. No.

Lo que el electorado considerará para elegir al ganador serán solo unas cuantas variables y, la más importante entre ellas, la prosperidad económica relativa percibida en cada candidato. Me explico: los votantes tacharán el nombre de aquél con el que perciban que les irá mejor. Punto. Lo demás es secundario. Primero está la familia, el trabajo, las fuentes de ingreso y la garantía de techo, comida y transporte. Después está todo lo demás.

Pero un votante se preguntará: ¿cómo sé si es AMLO, Josefina o Peña el que me garantizará esa prosperidad? La respuesta está en aquel que demuestre, con razonable solidez, que es capaz de insertarnos con éxito en el competido mundo global. Esa es la “madre” de todas las consideraciones para las campañas que hoy empiezan.

Por la velocidad a la que se está integrando el planeta, ningún mexicano querrá verse segundón frente a brasileños, indios o chinos, que ya saltaron a la esfera competitiva mundial. Ninguno. El mexicano querrá lo mismo: el mismo celular, el mismo viaje, la misma educación, la casa equivalente, el crédito barato, la misma pantalla coreana.

¿Por quién votar? Por quien nos inserte mejor en la globalización. Nada más. Ni nada menos.

Más castrista que Castro

Fran Ruiz (@perea_fran)
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Han visto la foto del encuentro de Fidel Castro y Benedicto XVI? Probablemente sí. Me recordó, no sé por qué, al fresco más famoso de Michelangelo en la Capilla Sixtina, ese en el que Dios extiende su dedo índice hasta casi tocar el dedo índice de Adán.

En mi imaginación, Dios era, por supuesto, Fidel Castro, aunque también podría reclamar este privilegio el Papa alemán, que por algo es el representante de Dios en la Tierra. Para ser justos, cada uno tiene su lado divino, puesto que nadie me negará que los dos son idolatrados por las masas (eso sí, con la misma pasión que son aborrecidos por otras masas).

En cualquier caso, lo ocurrido esta semana en La Habana es que dos líderes de fama mundial y octogenarios escenificaron el encuentro de dos polos opuestos, que sin embargo se atraen; no buscaron entrar en colisión, sino todo lo contrario, se miraron con curiosidad e incluso con admiración.

Catorce años después de que Juan Pablo II pidiera a Fidel Castro que Cuba se abra al mundo, llega Benedicto XVI sin que el país se haya abierto al mundo, entre otras cosas porque en este tiempo casi nadie se ha molestado en pedírselo y el único que lo pide insistentemente, Estados Unidos, lo hace de la manera más estúpida posible: manteniendo un embargo económico del que se aprovecha el castrismo para presentarse ante su pueblo y ante el mundo como una víctima inocente del imperialismo. El propio Ratzinger dijo antes de abandonar la isla que en Cuba “la falta de libertades se ve agravada cuando medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera del país pesan negativamente sobre la población”. La satisfacción de los hermanos Castro no podía ser mayor.

Así pues, dos viejos enemigos se dieron la mano en Cuba, el catolicismo y el comunismo. ¿Pero, qué pueden tener en común estas dos formas de ver el mundo antagónicas? Probablemente la respuesta habría que buscarla en otro modelo que se ha vuelto más agresivo con el tiempo: el capitalismo.

El castrismo lo odia y lo teme porque, si se implantase en la isla, destruiría un régimen que persiste desde hace medio siglo. Cuba no tiene la fuerza ni el tamaño de China, cuyo gigantesco aparato político represor le ha permitido implantar una economía capitalista basada en trabajos y sueldos casi de esclavos, lo que sin duda ha impedido que el régimen comunista asiático colapsara, como ocurrió con la Unión Soviética.

Por su parte, el catolicismo aborrece la deriva consumista en la que ha caído el capitalismo, porque asegura que aleja a los fieles de las iglesias y crea nuevos cultos, como Internet. Benedicto XVI cree que el libre pensamiento llevado a su extremo pone en duda la verdad absoluta, que es la existencia de Dios, y relativiza todos los dogmas establecidos por la Iglesia. Es lo que llama despectivamente la “dictadura del relativismo”, el materialismo laicista donde todo se vale.

Visto así, se comprende que Ratzinger y Castro se hayan mirado con respeto e incluso con complicidad. Sin embargo, los dos olvidan que, en paralelo a ese capitalismo de libre mercado y pese a todos sus grandes defectos, creció un modelo de gobierno y de sociedades democráticas, donde el afán de superación personal permitió avances científicos y leyes progresistas que crearon un mundo mucho mejor que el que vivieron cualquiera de nuestros antepasados.

Nunca tantos habíamos sido tan libres como lo somos ahora, aunque no es este, desde luego, el caso de Cuba. El Papa no podía irse de la isla sin pedir por la libertad, pero lo condicionó, eso sí, a un “diálogo sereno y paciente” entre todos los cubanos.

Paciencia está pidiendo el Papa a la población cubana. ¿Qué estarán pensando los disidentes de esta petición de Benedicto XVI, que ni siquiera se atrevió a concederles un minuto de su tiempo? Paciencia y esperar, a lo mejor otros 15 o 20 años, hasta que llegue otro Papa a la isla y se encuentre con el sucesor de los dos hermanos Castro, si es que para entonces han muerto.

De momento, lo que tenemos es la peor combinación para la disidencia cubana: unos hermanos Castro más papistas que el Papa y un Papa más castrista que Castro. Así no llega Cuba a ninguna parte.