abril 02, 2012

Las buenas noticias

Lydia Cacho (@lydiacachosi)
Plan B
El Universal

No hay nada más poderoso para la transformación de una sociedad que la indignación, y para sentirla necesitamos ser capaces de juzgar un fenómeno como antisocial, perjudicial, dañino, grave, terrible o inhumano. Ayer el historiador francomexicano Jean Meyer publicó un artículo en EL UNIVERSAL en el que documenta cómo en realidad la violencia ha disminuido en el siglo XXI. Su recordatorio parece obvio, pero no lo es en la percepción sicoemocional de las víctimas y de quienes las protegen.

Evidentemente hoy en día hay muchos menos asesinatos que en siglos pasados, ahora el Estado no mata y juzga a las mujeres por brujas o herejes (aunque ideológicamente algunos piensen que lo son, y algunos musulmanes sigan estas prácticas, son juzgados duramente).

La democratización ha permitido el desarrollo de una ciudadanía más fuerte, informada y bastante más igualitaria que en el pasado (aunque no siempre comprometida con todas las causas). La Iglesia ha perdido influencia en las decisiones de Estado, y cuando se entromete es evidenciada por la prensa y confrontada por las y los laicos.

Lo cierto es que lo que más trabajo nos cuesta es mirar nuestra situación actual desde una perspectiva histórica, por razones tan sencillas como que queremos vivir nuestra vida y atestiguar ciertas transformaciones en el aquí y ahora. Casi nadie se juega la vida por una causa pensando que dentro de 200 años alguien disfrutará de las libertades que actualmente no tenemos y que se logrará justicia para las y los otros, pero no para nuestra gente.

Para la mayoría el futuro lejano está a una o dos décadas. Es sólo lógico que mientras una persona está sumida en su pérdida, en el dolor inmediato, resulta sumamente difícil tomar la distancia emocional para comprender que los fenómenos de transformación social rebasan a las y los individuos y responden a tantos factores que se necesita tiempo, colaboración masiva y paciencia para alcanzarlos. Esto resulta más difícil para los hombres en una sociedad que les ha enseñado a reprimir sus emociones y a demostrar fortaleza guerrera para tener liderazgo. La historia no reconoce como héroes a quienes se abrieron emocionalmente y buscaron caminos de paz desde la nosotredad, reconoce a los más fuertes y vengativos, a los que satisfacen la ira social que lleva al sentimiento colectivo de venganza y conquista; reconoce más a las personas religiosas que a las laicas. No es casual que los grandes héroes de la historia sean siempre copartícipes de las guerras más sangrientas y no de las revoluciones morales y éticas.

La mayoría quiere soluciones inmediatas, es decir, atestiguar el cambio mientras vive, y para ello las guerras son la panacea de una supuesta seguridad que arrebata derechos y libertades.

A pesar de resultar absurdo, la sociedad acepta que se declaren guerras contra el narcotráfico, contra la violencia, contra las drogas, contra el alcoholismo o el suicidio. Nuestro lenguaje antiviolencia es profundamente violento, al igual que las acciones que supuestamente servirán para erradicar el problema.

Y sí, Jean Meyer y sus colegas historiadores tienen razón, hoy en día casi todas las violencias son menores a las de hace siglos. Y por supuesto que somos mucho más civilizados que en el pasado. Pero sin duda para una familia que nunca había sufrido violencia y cuya familia y comunidad de pronto han sido tomadas por las masacres, los asesinatos, los feminicidios, la extorsión, la violencia sexual y militar, estos son los peores tiempos de su historia personal y comunitaria.

En el siglo pasado morían muchas más mujeres en manos de sus parejas violentas, pero se normalizaron como crímenes justificados por las pasiones y difícilmente se documentaban como un problema de toda la sociedad. Hoy en día cientos de feminicidios (asesinatos de mujeres por su condición femenina) alertan a un país entero, como República Dominicana, y los medios comienzan a documentarlos como un serio problema nacional. Ningún medio minimizará un crimen como este frente los que se cometían en el siglo XVII (porque los medios documentan el presente inmediato en términos noticiosos). Vamos construyendo nuestra realidad en referencia a nuestras propias vidas, nuestro sufrimiento personal y comunitario, y por la indignación y compasión que nos producen en lo subjetivo y lo colectivo.

De vez en vez es bueno detenerse a reconocer las buenas noticias. Sí somos una sociedad mejor de la que éramos hace cien años, sin duda. Sin embargo, la indignación sobre las realidades actuales es una herramienta indispensable para seguir construyendo una civilización más igualitaria y menos violenta. Sólo rebelándonos contra la normalización de la violencia podremos erradicarla.

El votante idiota

Ricardo Alemán (@RicardoAlemanMx)
Excélsior

Los candidatos de todos los partidos creen, suponen o imaginan que los ciudadanos, en su calidad de votantes, son idiotas.

Uno de los signos que empieza a distinguir a la naciente elección presidencial es que los candidatos de todos los partidos creen, suponen o imaginan que los ciudadanos, en su calidad de votantes, son idiotas. ¿Y por qué esa percepción?

Porque así lo dejan ver los mensajes, discursos, estrategias o, incluso, las imágenes que han producido los candidatos y sus respectivos partidos, en los primeros días de sus candidaturas o, incluso, a lo largo de sus muy largas trayectorias políticas.

Imágenes que suponen que los ciudadanos y electores son idiotas o, incluso, que se aproximan al retraso mental. ¿Ejemplos? El coordinador de campaña del PRI, Luis Videgaray, quien colocó ayer en Twitter una imagen de los zapatos usados por Peña Nieto, durante su visita a Comitán, Chiapas. Para el señor Videgaray es digno de propaganda que Peña Nieto se enlode los zapatos en la campaña.

¿Qué quiere decir a los electores el señor Videgaray? ¿Acaso cree que son idiotas y que se van a tragar el cuento de un candidato que se mete a lo profundo de la pobreza, por enlodarse los zapatos? No, lo cierto es que las imágenes al estilo de “Ernesto Zedillo boleando los zapatos de un transeúnte”, más que mostrar a un político en faena, suena a insulto a la inteligencia y al sentido común.

La ofensa es mayor si se toma en cuenta que compromisos como el de reducir en 100 el número de diputados plurinominales, es parte de una iniciativa que echó abajo el PRI de Peña Nieto, apenas en la más reciente reforma electoral.

Pero Peña Nieto no es el único. Todos han visto los mensajes de la señora Josefina Vázquez Mota, sobre todo un spot en donde la ex secretaria de Educación presume que en su gestión logró que los profesores alcanzaran una plaza, luego de la evaluación de sus capacidades. En efecto, es un gran logro, pero también es cierto que la señora Vázquez Mota se quedó muy lejos de una gestión de excelencia al frente de la SEP. ¿O cree que los electores son idiotas?

Tampoco es todo. Lo cierto es que pocos entienden el eslogan de Vázquez Mota, de que el suyo será “un gobierno diferente”. ¿Diferente de quién o de qué? Y es que si busca una “diferencia” real, la señora Vázquez Mota debe romper de manera clara, respecto del gobierno de Calderón. ¿O acaso cree que los electores son idiotas?

Pero el candidato que se lleva las palmas, que camina sobre una montaña de mentiras, y que imagina que los electores padecen amnesia o, de plano, cree que son idiotas, es el señor Andrés Manuel López Obrador.

El aspirante presidencial de las llamadas izquierdas ha enderezado mentiras y mitos históricos, como el supuesto fraude electoral de las elecciones de julio de 2006. Han pasado seis años, se han hecho reformas electorales, se ha destruido el IFE y no existe una sola evidencia del supuesto fraude. Pero, eso sí, el señor López va por el país pregonando que va a ganar “por segunda ocasión”. No ofrece ni una sola prueba, y engaña con el cuento del fraude. ¿De verdad cree que los electores son idiotas?

Sin tener una sola prueba, pregona que los medios de comunicación le cierran las puertas; inventa que esos medios construyen la candidatura presidencial de Peña Nieto y, otra vez sin pruebas, dice que el PRI gastó en los primeros días de campaña decenas o centenares de millones de pesos. En el extremo de las mentiras, dice que las encuestas que lo colocan en tercer lugar de las preferencias —con 30 puntos de distancia de Peña Nieto— “son cuchareadas”. Es decir, que detrás de ellas persisten las perversiones para dejarlo al final de la carrera presidencial.

Está claro que los fanáticos del tabasqueño creen todo lo que su mesías quiere que crean. Pero, más allá de fanatismos, ¿alguien con un dedo de frente, con un milímetro de sentido común y sensatez, puede creer el cuento del fraude, la mentira del bloqueo de los medios, la construcción de un candidato gracias a Televisa o a los perversos concesionarios? ¿Alguien con un poco de sentido común puede creer que todas las encuestas están equivocadas o, peor, que todas pactaron colocarlo en tercer lugar?

En el fondo, AMLO no sólo cree que los electores son idiotas, sino que los trata como idiotas e imbéciles, capaces de creer la montaña de mentiras que inventa y pregona por todo el país. Pero el problema es mayor si concluimos que el liderazgo de AMLO es una grosera autocracia, en donde nadie puede decirle que comete un gravísimo error, y que pasará a la historia como el sepulturero de la izquierda. Al tiempo.

EN EL CAMINO

Al final, el locuaz diputado Fernández Noroña abrió los ojos. ¿Qué, no?

México bien vale una misa

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

En su avidez por ganar la Presidencia, LoLo dio un viraje de 180 grados hacia las citas bíblicas y misa con el Papa. No es católico, dice representar a la izquierda, y fue a la misa del Papa siguiendo el pragmatismo del protestante Enrique IV de Francia: “París (o México) bien vale una misa”.

Como el apóstol Pedro negando su cercanía con Jesús ya detenido, LoLo dio un espectáculo bochornoso, de traición vil, al desmarcarse del libro que lleva años promoviendo como suyo y síntesis de su Nuevo Proyecto de Nación. La peor deshonestidad no es robar, es traicionar a los amigos que le escriben sus libros y, ante empresarios e industriales cuyo voto mendiga, pero le reclamaron el haberlos llamado mafia y enemigos de México, responder: Yo no fui. Rajón.

Es una probada de la calidad moral del personaje, lo pinta en su deshonestidad intelectual, en su voracidad por el poder, en las deslealtades que está dispuesto a cometer. Démosle poder a eso y tendremos un régimen que dentro de un siglo será recordado por su aplicación en decapitar opositores… con todo respeto y con mucho amor. Desnudó su ruindad de carácter: no se arroja así a los leones a los amigos que te escribieron lo que les encargaste porque no eres capaz de escribir por ti y sacaste tu licenciatura en 12 años.

No convence a nadie, pero siembra dudas entre su voto duro: si de esa manera trata a sus fieles acólitos, a los escribidores de su honestidad valiente, si los delata, hace de chivato ante los ricos y poderosos que ya no son mafia, sino votos por cosechar, ¿qué no hará con la oposición (80 por ciento de los electores) que lo detesta por ser el más viejo PRI, el Cristo que resucita a Bartlett (esa basura del PRI)? No es difícil de imaginar porque ni siquiera debemos imaginar: la resurrección de Lázaro Bartlett es la última puñalada al padre político de LoLo: Cuauhtémoc Cárdenas, quien insiste desde 1988 en que la elección presidencial la manipuló Bartlett para Salinas [jóvenes: no había IFE y el PRI organizaba las elecciones… y las ganaba].

Un caso menor, que por leve es gracioso, fue la técnica Monsiváis: encargaba un artículo para el suplemento que dirigía y dictaba las líneas generales contra el funcionario cultural Abc. Luego, en el coctelito de alguna exposición, se encontraba al funcionario Abc, quien le expresaba su disgusto por el golpe. “No sabes, Abc, es que estos muchachos ya son incontrolables… créeme que ya no sé cómo impedir que me hagan estas jugadas…”

Podía ser gracioso. En LoLo no lo es porque demuestra su habilidad para la voltereta y la delación de sus más cercanos amigos. Pero no debería sorprendernos si ya hizo lo mismo en 2006: acusó a sus propios representantes de casilla de haberse vendido al PAN. Como prueba mostró, con torva maña, un video en el que se veía el trasiego de boletas de una urna a otra bajo la mirada de una joven representante del PRD. Los funcionarios de casilla salieron a explicar que el video era claro y directo, no cámara escondida, porque TODOS habían acordado grabar mientras abrían las urnas para pasar las boletas a la correcta: los votantes, por más que se les ponga nombre con grandes letras y color diferente, no pocas veces meten el voto para presidente en la urna de senadores. Eso estaban corrigiendo. La joven del PRD apareció en TV y llorando explicó que era su primera elección y no merecía que LoLo la dejara marcada de por vida como una corrupta que se había vendido al fraude.

El Loco López ¿admitió la evidencia presentada por las funcionarios de esa casilla? No. ¿Reconoció que habrían debido venderse todos los funcionarios y todos los observadores, tanto los de partido como los de organizaciones no gubernamentales presentes en esa casilla y en todas las casillas? No. ¿Se disculpó LoLo? No. Jamás ha admitido una derrota y jamás se ha disculpado. Es un monstruo de soberbia. Sus fanáticos llegan al extremo de citar el libro Así lo viví, del ex presidente consejero del IFE, Luis Carlos Ugalde, como prueba de que hasta él admitió que hubo fraude, cuando página tras página, demuestra no sólo que no ocurrió el fraude, sino que no era posible. Ha infiltrado su veneno entre jóvenes que sostienen versiones enloquecidas.

Como jarro DE atole, botella DE vino, copa DE tequila, taza DE café, cartón DE cerveza, así vaso DE agua cuando hablamos de uno lleno y no simplemente mojado. Glass of water, verre d’eau, bicchiere di aqua… etcétera.

Novedad: Agápi mu (Amor mío) en eBook: http://www.amazon.com/dp/B007LX0TPU