abril 03, 2012

'Pasado, presente, futuro" por Paco Calderón




El mercado de las campañas

Alberto Aziz Nassif (@AzizNassif)
aziz@ciesas.edu.mx
Investigador del CIESAS
El Universal

A la memoria de Jorge Carpizo

Desesperados por iniciar la campaña —desde el primer minuto del 30 de marzo— los candidatos del PRI y del PAN comenzaron la maratónica competencia, AMLO lo hizo hasta que salió el sol. En estos tiempos donde la política está capturada por los medios y las nuevas redes sociales serán la novedad, la campaña por la Presidencia de la República se convertirá en un gran mercado, pero no sólo en el sentido de la mano invisible que selecciona a los mejores competidores, sino sobre todo por el comercio de votos que habrá. La pobreza estructural del país convierte a las campañas en relaciones de intercambio, al más puro estilo clientelar.

El mercado de la campaña tendrá muchos puntos atractivos, no faltará el colorido de la propaganda, habrá pitos y flautas, gorras y plumas, camisetas y distintivos al por mayor. Sin dejar de lado las atractivas frases que se puedan quedar en la memoria de los votantes. Abundarán los merolicos para vender el mejor remedio de un candidato en contra de todos los problemas del país. Nos llenaremos de reuniones que poco a poco inundarán las plazas y los estadios del país a donde se trasladarán a cientos de miles de votantes de todo tipo: los duros de siempre, los convencidos de última hora, los pragmáticos del momento, estarán los curiosos que van por una torta y un refresco, los oportunistas que no pueden faltar y, sobre todo, los clientes que cambiarán su voto por una promesa, por una incorporación a algún programa social, laminas o sacos de cemento para construir su casa.

Las calles, los pueblos, los barrios y las rancherías de todo el país se empezarán a llenar de propaganda, espectaculares, carteles, plásticos, volantes y poco a poco tendremos un espacio público atiborrado, con una saturación visual de grandes proporciones. El modelo de medios masivos, radio y televisión, tendrá un reparto de tiempos y una administración a cargo del árbitro de la contienda. Así, la campaña no sólo será un gran mercado de luces, colores y clientelas, sino también un universo de medios que transmitirán spots a lo largo y ancho del país. No habrá un momento en donde la propaganda no se vea o escuche de forma permanente, hasta llegar a la saturación con unos 19 millones de mensajes que prácticamente podremos aprendernos de memoria.

En esta campaña la novedad tecnológica serán las redes sociales que por primera vez jugarán un papel destacado. En esos espacios de expresión también habrá intervención de los partidos y centros de transmisión que harán todo lo posible por colocar una idea para favorecer a un candidato, pero, al mismo tiempo, las redes jugarán como un contrapoder para fijar opiniones plurales sobre la campaña. El acceso abierto a las redes es un factor que puede darle un toque democratizador a la contienda. De cualquier forma, habrá que evaluar sus alcances. La prensa escrita hará un contrapeso porque será el espacio en donde habrá reflexión y análisis. Frente a la inmediatez del instante en los diarios y en las páginas online se escribirá la memoria de esta campaña.

Las campañas electorales se han convertido en un conjunto de estrategias que ponen en sintonía a los candidatos con sus propuestas a través de encuestas de opinión, marketing, asesores de imagen y tácticas publicitarias. En estos tres meses veremos el discurso de cada candidato que repetirá en cada entrevista sus principales ideas y sus ocurrencias. Con este modelo de campaña, que ahora puede ser más equitativo, pero que todavía está lejos de una campaña con calidad, en donde el eje sea el debate y no el spot, se pondrá a prueba la última reforma electoral.

México enfrenta problemas complejos: enorme desigualdad, grave inseguridad, corrupción generalizada, una economía que no crece y una captura monopólica de intereses, para mencionar sólo algunos. Habrá sólo dos debates (en mayo y junio) para salir de la redundancia mediática y del mercado clientelar. Se supone que una campaña presidencial debería ser un momento propicio para discutir soluciones, pero ya sabemos que una cosa es la promesa de campaña y otra la política de gobierno. Sin embargo, también sabemos que una sociedad democrática sabe exigir sus derechos a pesar del marketing, del desencanto democrático y el desprestigio de los políticos. ¿Sabremos hacerlo?

Hoja de ruta

María Amparo Casar
Reforma

Las "Preguntas cuyas respuestas podrían transformar a México" han trascendido las fronteras mexicanas. Alonso Cervera ("Mexico: today's questions to presidential candidates"), analista de Credit Suisse, se refiere a ellas señalando que las respuestas que den los candidatos tendrán una doble utilidad. En caso de dárseles la difusión debida, servirán como guía para que el electorado tome una decisión informada. Sobre todo ese electorado que aún no define su voto y que en el promedio de las encuestas de marzo ronda el 20% del listado nominal, esto es, 15.5 millones de electores. Un electorado cuyo voto dependerá no de la identidad partidista sino de los planteamientos de los candidatos.

Servirán también, afirma Cervera, como referencia u hoja de ruta para cuando el(la) candidato(a) asuma el cargo en diciembre del 2012. Hoja de ruta para las acciones del gobernante y referencia para que los ciudadanos puedan comprobar si sus respuestas fueron electoreras o verdaderos compromisos.

Pero más interesante aún es la comparación que hace entre las preguntas de ahora y las que se formularon a los candidatos en el 2006 en el ejercicio patrocinado por Televisa (Diálogos por México). En la comparación, descubre que hay tres categorías de temas: los que estuvieron presentes en el 2006 y que ahora no lo están; los que están a discusión en la elección 2012 pero no en la pasada y los que siguen en la agenda.

Este interesante ejercicio da una idea de lo que ha pasado en el país en los últimos seis años. Los dos temas prioritarios que según el autor desaparecieron de la agenda 2012 son el del compromiso con la estabilidad macroeconómica y los relativos a los procesos judiciales. El primero en efecto ha dejado de ser una preocupación y, aunque no hay que bajar la guardia, se asume que hay un consenso nacional respecto a los beneficios de mantener finanzas públicas "sanas". El segundo en realidad sigue en la agenda pública y sigue siendo zona de desastre. Quizá faltó en las Preguntas un apartado específico sobre "Seguridad y Justicia" pero en las interrogantes referidas al Ministerio Público está presente el tema.

Entre las ausencias en el 2006 y que en el 2012 figuran de manera prominente están la reforma laboral, los monopolios en el sector privado, la transparencia y la corrupción, el empoderamiento de los votantes y un conjunto de "valores contemporáneos" como la despenalización de las drogas, la interrupción del embarazo y la equidad de género. A ellos habría que agregar el papel de las Fuerzas Armadas en la lucha contra el narco.

Estos temas hablan de nuevos problemas en México -el Ejército en las calles- o de viejos problemas que por no haber sido atendidos en su momento se han vuelto mucho más acuciantes de manera que ya es imposible ignorarlos y postergar su solución (auditoría a recursos transferidos a los estados, reforma laboral o prácticas monopólicas incluida la captura de los órganos reguladores).

Pero curiosa y penosamente, la sección más abultada es la de los temas que siguen en la agenda. Penosamente porque significa que muy pocos avances se han registrado en cada uno de estos frentes que, a decir verdad, están presentes no desde la elección del 2006 sino desde hace décadas: el marco fiscal, la apertura a la inversión privada en actividades todavía reservadas al Estado, la necesidad de combatir la pobreza a través de la cobertura universal de servicios públicos, el reto educativo, las capacidades institucionales en materia de seguridad pública y la posición de México en la economía global.

No ha habido avances significativos porque las fuerzas políticas no han querido ponerse de acuerdo para hacerles frente: ni en el Congreso, ni en su relación con el Ejecutivo, ni en la necesaria colaboración entre estados y Federación. La motivación para no hacerlo no ha estado en función de ideologías y programas. Ha sido fundamentalmente de carácter electoral. Tengo la sospecha de que salvo en algunos temas como el de la participación del sector privado en petróleo y electricidad, en lo que respecta al aumento de impuestos y en algunos asuntos como el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, no habrá grandes diferencias en los posicionamientos y planteamientos de los candidatos.

Por ello, quizá lo más relevante de las "Preguntas cuyas respuestas podrían transformar a México" es ¿qué parte del programa de sus adversarios apoyaría usted en el caso de perder? Si es cierto que los candidatos no diferirán en lo fundamental, tendremos derecho a llamar a cuentas no sólo a quien resulte ganador(a) sino también a los candidatos perdedores y a sus partidos.

"#Sátiranecesaria"

León Krauze (@Leon_Krauze)
leon@wradio.com.mx
Epicentro
Milenio

Dije en este mismo espacio que una de las cosas que hemos extraviado desde los días aciagos de 2006 ha sido la libertad. Lo sigo pensando y me sigue pareciendo lamentable. Pero hay algo más que se nos ha olvidado con consecuencias igualmente dramáticas. Hundidos en la severidad de los agravios infinitos, hemos perdido la capacidad de reír. Y no me refiero necesariamente a la realidad mexicana en general, aunque el humor es un recurso casi universal incluso frente a las circunstancias más trágicas. Pienso, en cambio, en lo solemne que se ha vuelto nuestra vida política y, peor todavía, nuestra aparente incapacidad para mofarnos de las incontables ridiculeces que, como perlas cómicas, nos regalan día a día sus protagonistas.

Los medios de comunicación en México se han quedado sin espacios para hacer eso que, en otros tiempos, era una especialidad nuestra: la parodia política. Hay, por supuesto, algunas excepciones. Ahí está el trabajo de Jairo Calixto Albarrán en MILENIO, una mezcla inteligente de información, crítica y agudo sentido del humor. Imposible dejar de lado a mis amigos de El Weso, pioneros de un estilo peculiar y exitoso de humor radiofónico. Tuve el gusto de trabajar junto con Enrique Hernández Alcázar y su equipo de periodistas-humoristas y puedo asegurar sin temor a equivocarme que su compromiso con ambas vertientes de su labor es absoluto. Pero incluso El Weso terminó, creo, por endurecerse un poco. No es culpa de sus protagonistas. Ocurre que el ambiente en México se ha vuelto poco propicio para la comedia realmente gozosa. De pronto parecería que todos tenemos la obligación de sumarnos a la gravedad soporífera de los políticos.

Es una pena. Y no solo por el placer que implica la comedia bien hecha. La falta de sentido del humor resta frescura a la vida pública. Desde siempre, la comedia ha servido para exhibir a los poderosos como ninguna otra herramienta puede hacerlo, ni siquiera el periodismo en su más aguda expresión. Ejemplos sobran y están incluso en el mundo clásico. Pero no es necesario regresar hasta los griegos para encontrarlos. Nadie puso en su lugar a Hitler como Chaplin. El México del PRI encontró algunas de sus pocas salidas auténticamente críticas en el trabajo de grandes comediantes mexicanos, herederos de las carpas. En Rusia e Irán, la comedia, a veces distribuida por internet, es una válvula de escape —y denuncia— fundamental. Así lo era también en el Egipto de Mubarak. En países democráticos, la comedia es igualmente indispensable para exhibir excesos y abusos. En Chile, el trabajo del extraordinario imitador Stefan Kramer sumó frescura a la elección pasada. Pienso también en lo que ha logrado el grandísimo comediante Stephen Colbert al exponer el torpe y peligroso marco legal electoral estadunidense a través de una crítica despiadada e hilarante. Con la herramienta única del humor, Colbert consiguió lo que ni abogados ni intelectuales habían logrado: exhibir la decisión de la Suprema Corte de Estados Unidos de permitir la participación caótica de dinero privado en las elecciones como lo que en realidad es: la privatización salvaje de la democracia. El trabajo de Colbert fue contundente porque partió desde la comedia. Fue serio precisamente porque no fue “serio”.

¿Dónde está el equivalente a Colbert en México? ¿Dónde los cómicos que, con su arte, exhiben políticos, como en su tiempo lo hacía Palillo y tantos otros de su clase y altura? No se les ve por ningún lado. Es una desgracia. ¿Se imagina el lector lo que un gran programa de comedia podría hacer con el Legislativo holgazán, por ejemplo? ¿Con la pomposidad impostada del PRI? ¿El inquebrantable afán amoroso de López Obrador? ¿La sensiblería de Vázquez Mota? Sería no solo agradable: sería sano. Nuestra clase política merece ser parodiada. Incluso necesita de la sátira. Quizá así ser daría cuenta de lo ridículo que resulta su infinito narcisismo, sus formas gastadas. Alguien necesita ponerles enfrente el espejo del humor.