abril 05, 2012

Tchou-Tchou (Co Hoedeman, 1972, 13 min 52 s)







PRD y PAN rumbo a la coalición

Juan Manuel Asai
jasaicamacho@yahoo.com
Códice
La Crónica de Hoy

A menos de una semana de su inicio formal, las campañas políticas rumbo a la Presidencia de la República se enfrentan al paréntesis vacacional de Semana Santa. De jueves a domingo la gente estará desconectada del quehacer político, tumbada en las playas naturales o artificiales según el presupuesto, viendo bikinis aunque no se podrán liberar ni de los candidatos, ni de sus spots, ni de los anuncios espectaculares. Los siguientes son los días de la Pasión de Iztapalapa, de las carreteras saturadas y el clásico de clásicos. Periódicos y noticiarios se la pasarán reportando la entrada y salida de carros, de manera que se abre la oportunidad de hacer un balance inicial de lo visto hasta la fecha.

Cada candidato arrancó como pudo su campaña que poco a poco comienzan a tomar vuelo. El dato más relevante hasta el momento son los tropezones de la candidata del PAN. Es lo que ha generado más reacciones en los espacios de opinión y en las redes sociales. Aumenta el conocimiento de la población sobre Josefina, aunque esto no impacta en el incremento de sus posibilidades de triunfo. La candidata entra al paréntesis vacacional posando para los reporteros gráficos en ropa deportiva, en un gimnasio de un hotel de Ensenada, realizando una rutina de ejercicio para demostrar que está bien de salud, que lo del mareo fue un accidente. También decidió sacar del aire sus primeros spots, que resultaron funestos, y cambiarlos por otros menos, digamos, azotados. El dramatismo, en esta etapa de la vida nacional, sale sobrando. La realidad es dramática, lo que se requiere es una visión fresca, amable, optimista, sobre todo viniendo de una mujer. En las encuestas más recientes, Josefina llega al viacrucis con 20 puntos de desventaja, lo que es un abismo.

Las izquierdas tienen como candidato a un personaje que está en campaña desde hace por lo menos una década. De manera que domina sus palabras y gestos como nadie. Andrés Manuel López Obrador ha pisado antes el mismo escenario. Nada lo sorprende ni puede ponerlo nervioso. Lo malo para él y los partidos que representa es que entró a la campaña con un enorme fardo de opiniones negativas. Las ha tratado de revertir con relativo éxito. Es verdad que genera menos temor, que ya no se le dice que “es un peligro para México”, pero tampoco suma adherentes. Tiene su clientela, una base social amplia, un voto duro que le será fiel en las buenas y en las malas. Pero no ha logrado conectar con las clases medias y tampoco con los jóvenes. No hablo de la zona metropolitana donde tiene su clientela, sino en el resto del país.

El PRI, su maquinaria, que viene preparando esta campaña desde hace años inició fuerte, de acuerdo al librito. Los mejores spots, recorridos bien organizados por todo el país, concentraciones exitosas, pocos errores. Los primeros días han sido miel sobre hojuelas, lo que desde luego no significa que no vengan días difíciles. Una amplia ventaja le permite a la cúpula priista actuar con tranquilidad, hacer su campaña y aguardar los movimientos de sus rivales. La estrategia central del PRI no es ampliar su ventaja, sino que los actuales números no se muevan, o lo hagan muy poco. No tienen que ganar la elección por veinte puntos, ganarla es lo que cuenta.

Si para mediados de mayo las encuestas no han experimentado variaciones significativas, si el candidato del PRI mantiene una ventaja por arriba de los diez puntos, una seis semanas a partir de este jueves santo, es muy probable que los partidarios de las coaliciones vuelvan por sus fueros. En la rendición de posesión de Gabino Cué como gobernador de Oaxaca, ante una audiencia variopinta, en la que cabían César Nava y Flavio Sosa, por ejemplo, Manuel Camacho Solís me comentó en corto, palabras más palabras menos: a mucha gente no le gustan las coaliciones, pero es la única alternativa real para impedir el triunfo del PRI, su regreso al poder o coaliciones o PRI, decía entonces. Es probable que la opción se recicle y que Josefina y López Obrador se sienten a negociar quién declina.

El "gabinete" de AMLO

Alfonso Zárate Flores (@alfonsozarate)
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC
El Universal

Son dos, al menos, los datos novedosos de la campaña de Andrés Manuel López Obrador. El primero, su reinvención; esa mutación “milagrosa” (así la definió el obispo de Jalapa, Hipólito Reyes) que tiene como objetivo suplantar al líder confrontador y antiinstitucional por otro reflexivo, amoroso y prudente. El segundo, la prefiguración de un equipo de gobierno que, de ganar, lo acompañaría en posiciones clave.

El candidato de las llamadas izquierdas entendió, quizá tardíamente, que no habría forma de disputar seriamente la Presidencia desde una postura rupturista y que su reacción ante el resultado en 2006 (bloquear Paseo de la Reforma, intentar impedir la toma de posesión de Calderón y declararse “presidente legítimo”, principalmente) le había restado el apoyo de importantes sectores.

“La república amorosa” es el epítome del nuevo AMLO, un político de tintes místicos, incluso religiosos. ¿Cómo habría que tomar eso de que ya perdonó a Calderón? Por allí se ubica el nombre con el que bautizó a su movimiento: Morena que se asocia en el inconsciente con “la morenita del Tepeyac”.

Frente a los dichos —más con ánimo burlón que de análisis— que ubicarían en su gabinete a personajes del talante de René Bejarano o Gerardo Fernández Noroña, el tabasqueño ha convocado a algunos profesionales prestigiados, pero también a otros mediocres o verdaderas incógnitas.

El equipo es determinante en el desempeño de una administración. Si la designación responde al análisis de sólidas trayectorias, ricas experiencias y oficio político, la gestión puede ser eficaz incluso en un entorno desfavorable. Pero si en vez de racionalidad político-administrativa prevalece la cercanía, los resultados suelen ser mediocres. Qué bueno que López Obrador le exija honestidad a sus colaboradores, pero creer que esa condición basta para hacer un buen funcionario, es por lo menos ingenuo.

A cuentagotas, para ir administrando la difusión, López Obrador ha venido anunciando los nombres de quienes se integrarían a su gobierno. Hoy el gabinete está casi completo, sólo faltan los titulares de Defensa Nacional y de Marina que, tradicionalmente, provienen de las propuestas de altos mandos de las Fuerzas Armadas. Algunos de los nombrados tienen capital político: Marcelo Ebrard, que ocuparía Gobernación, y Juan Ramón de la Fuente, en la SEP; otros, como Javier Jiménez Espriú, que iría a Comunicaciones y Transportes; Rogelio Ramírez de la O, Hacienda; René Drucker, para encabezar una nueva secretaría de Ciencia y Tecnología, y el embajador Jorge Eduardo Navarrete, a Relaciones Exteriores, ostentan una trayectoria ejemplar en sus materias.

Pero no faltan las propuestas endebles. En Nuevo León, Andrés Manuel anticipó que Bernardo Bátiz sería procurador porque es “una persona íntegra, incapaz de cometer una injusticia, de falsificar la realidad”. Quizás lo sea, pero durante su paso por la Procuraduría del DF fue decepcionante.

A Manuel Mondragón y Kalb, actual secretario de Seguridad Pública del Gobierno del Distrito Federal, le encomienda un milagro: crear una Policía Federal que permita “retirar en un plazo de seis meses al Ejército mexicano de las calles”.

Están también los nuevos aliados, como los empresarios Fernando Turner (presidente de la compañía fabricante de partes de automóvil Katcon y de la Asociación Nacional de Empresarios Independientes) para Economía; Adolfo Hellmund López para Energía y Miguel Torruco Marqués, ex rector de la Universidad de Turismo y Ciencias Administrativas y ex presidente de la Confederación Nacional Turística (CNT), para la secretaría del ramo.

Un gabinete de claroscuros que, en su esencia, parece muy distante de las nuevas generaciones. Y esto, quizá, sea sólo un signo de las dificultades que enfrenta López Obrador para generar interés en un electorado mayoritariamente joven, sin memoria de antiguas glorias o viejos autoritarismos.

Eso explicaría que el hombre que hace seis años encabezaba todas las encuestas hoy aparezca en tercer lugar. Si en 2006 hubiera aceptado los resultados y asumido el liderazgo cívico, constructivo, propositivo, de millones de mexicanos lastimados por tantos años de maltrato, hoy sería el candidato a vencer. Pero, ni modo, como dicen: el hubiera no existe.

¿Gobierno de coalición?

Jorge G. Castañeda (@JorgeGCastaneda)
jorgegcastaneda@gmail.com
Reforma

Se ha puesto de moda en México el término de "Gobierno de Coalición". Creel y Beltrones buscaron incorporarlo a la Constitución. Creel lo volvió tema central de su campaña; un grupo de distinguidos académicos y políticos publicaron un manifiesto a favor de la idea. Y ahora Josefina Vázquez Mota parece haberlo transformado en el leitmotiv de su campaña, postulándolo como parte de la solución a la parálisis política.

Los motivos se entienden. Desde el 97, el Presidente carece de mayoría legislativa. Ha sido difícil o imposible aprobar reformas importantes y otras soluciones institucionales han sido inviables hasta ahora. El gobierno de coalición surge entonces como cuadratura de un círculo muy vicioso. Permite lograr mayorías legislativas indispensables para el país; pero no requiere, por lo menos en la visión de JVM, de transformaciones institucionales como el referéndum, la segunda vuelta presidencial, adoptar un régimen parlamentario o híbrido, o eliminar la cláusula de sobre- representación.

Ahora bien, funciona fundamentalmente en los regímenes parlamentarios, a la inglesa o española. Y funciona por definición: para conformar un gobierno en un régimen parlamentario se requiere de una mayoría, cuando se tiene una mayoría, se es gobierno. Cuando ningún partido por sí solo alcanza dicha mayoría -lo que sucede con cierta frecuencia en sociedades heterogéneas- deben aliarse dos o más partidos para conformar la mayoría. La otra opción es el sistema híbrido, a la francesa o rusa. En este aspecto, el híbrido se parece al parlamentario. O bien el Presidente puede nombrar a un Primer Ministro capaz de formar un gobierno con mayoría parlamentaria, o no. Si su candidato para formar gobierno no puede, escoge a otro perteneciente a otro partido. Pero siempre hay mayoría parlamentaria para formar gobierno, de uno o varios partidos.

En los regímenes presidenciales, la exigencia mayoritaria legislativa no es esencial. Los presidentes pueden formar mayorías ad-hoc para cada reforma; pueden lograr mayorías estables si su partido es mayoritario, o verse condenados a la parálisis, por carecer de mayoría en las Cámaras. De tal suerte que donde hay gobiernos de coalición, hay también un régimen institucional distinto al nuestro; y donde hay un régimen institucional como el nuestro, no hay gobiernos de coalición.

En México se han producido figuras análogas. Zedillo nombró como procurador a Antonio Lozano, no precisamente para obtener el apoyo del PAN en las Cámaras, que por cierto nunca obtuvo. Fox, me consta, buscó incorporar a varios cuadros del PRD a su gobierno, en vano. Creel y Rodolfo Elizondo, los principales encargados de la negociación, me corregirán, pero en las varias conversaciones que sostuve yo a nombre de Fox con Jesús Ortega, Jesús Zambrano y Carlos Navarrete, se mencionaron varios cargos siendo sus posibles ocupantes Amalia García, Rosario Robles y Alejandro Encinas. El esfuerzo no prosperó, entre otras razones, porque Cuauhtémoc Cárdenas consideró que se trataba de una mala idea. No me consta, pero tengo entendido que Calderón buscó algo semejante en 2006, proponiéndole a Amalia García y a Lázaro Cárdenas cargos, ofrecimientos que ambos declinaron. No sé si también haya invitado al PRI, pero obviamente no pasó nada. Calderón tenía razón: era preferible buscar personalidades no panistas con votos legislativos bajo los brazos, que individuos independientes y carentes de los mismos como el que escribe, como Adolfo Aguilar o los ex priistas con los que tuvo que conformarse Calderón: Téllez, Reyes Heroles y Lozano.

Nunca he entendido cómo se cuadra el círculo. Los que tienen votos bajo el brazo no aceptan los cargos y los que aceptan no tienen votos bajo el brazo. Las posibilidades de que JVM, si gana la elección, convenza al PRI -archidecepcionado y furioso- o al PRD -humillado- no solo de participar en su gobierno sino de aportar votos para reformas comunes, me parece en el mejor de los casos iluso, aunque deseable. No sé si dé para leitmotiv de una campaña.

Receso

Yuriria Sierra (@YuririaSierra)
Nudo Gordiano
Excélsior

Josefina Vázquez Mota ha sido quien se las ha visto más difícil, aunque en el entendido de que han sido lapsus producto del ajetreado ritmo con el que inició los trabajos que buscan promover su proyecto de gobierno.

A casi una semana de haber iniciado campaña, los aspirantes a la Presidencia se las han visto no tan fácil y, algo muy curioso, esto ha sido en gran parte por ellos mismos. O sea, solitos se han puesto el pie, metido autogoles, pues.

Josefina Vázquez Mota ha sido quien se las ha visto más difíciles, aunque en el entendido de que han sido lapsus producto del ajetreado ritmo con el que inició los trabajos que buscan promover su proyecto de gobierno por todo el país. Tan es así, que el mismo Andrés Manuel López Obrador reconoció que a él le ha sucedido lo mismo y que, de hecho, los constantes viajes y lo lleno de las agendas le han provocado mareos de vez en cuando.

Ahora la atención se ha transportado hacia el tema de los debates. AMLO había pedido que fueran 12, uno por semana, durante los tres meses que durará la campaña. Cosa muy extraña que, sin duda, es signo evidente de lo cambiada que está su estrategia, de lo distinta que es a la de hace seis años, cuando se dio el lujo de no asistir al primer encuentro porque pensaba, en aquel entonces, que no le hacía falta. Y, ahora, mírenlo, pidiendo no uno ni dos ni tres, sino 12 encuentros con sus tres oponentes.

Pero se quedará con las ganas, y es que el primer debate está marcado para el 6 de mayo. Apenas se está realizando la logística, ni moderador tienen aún; por lo que me ofrezco a serlo. Digo, ¿a quién no le gustaría estar en primera fila viendo cómo se dan en toda la humanidad que se celebra cuatro días después?

En fin, los próximos días, de aquí al lunes, los candidatos se la tomarán tranquila. Se anuncia que entre el descanso y las pocas actividades que se agenden para este largo fin de semana, se pondrán a revisar los escasos días que van de campaña: errores, aciertos, no sólo en cuestión de logística, sino de quién está a cargo de ella. ¿Veremos salir a alguien de las respectivas casas de campaña? ¿Videgaray, Gil Zuarth o Monreal? Digo, aquí entre nos, la candidatura que se antoja divertida, hasta para quienes cubren la fuente, es la de Gabriel Quadri, pura actividad recreativa...

Y es que, como lo mencionamos hace unos días, qué mal tino para el inicio de las campañas: con una temporada vacacional tan pronto, que mucho quita la atención de los electores. Eso, más la suma de los traspiés que han cometido los candidatos por sí solos, ya ni siquiera entre sí. Apenas con el debate acerca de los debates y las provocaciones que se lanzan Josefina Vázquez Mota y Enrique Peña Nieto, sobre los exámenes de salud y el polígrafo (que deberían ser, entonces, pruebas para todos los candidatos); pero que no, no han alcanzado para ponerle el sabor necesario a una campaña que hizo mucho ruido en el previo y que se ha visto muy leve. Siendo así, pues que en serio descansen, para que el lunes lleguen con mejores y más ánimos... e ideas.

Addendum. Y justo es lo que hará este espacio. Se toma unos días y regresa el próximo martes.

La campaña del futuro

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Imaginen ustedes una campaña presidencial del futuro: los candidatos prácticamente no viajan, no se dan ya “baños de pueblo” y no salen a abrazar bebés en las calles sino que operan desde un gran centro logístico desde el cual se trasmiten en directo actividades especialmente diseñadas para ofrecer información al respetable público (o sea, los votantes). Y así, en ciertos horarios, el aspirante se reúne, digamos, con un grupo de amas de casa que le hablan de sus vidas y le preguntan, a bocajarro, sobre toda suerte de cosas; más tarde, departe con académicos y aprovecha el encuentro para definir los cambios estructurales que pretende acometer su próximo Gobierno; por ultimo, para cerrar la jornada, debate con sus contrincantes sobre una irrestricta variedad de temas. O sea, que la mayor parte de su tiempo se la pasa delante de las cámaras, y los periodistas de los medios, discutiendo con ciudadanos de diversas proveniencias. De vez en cuando, ahí sí, profiere un discurso sin solemnidades innecesarias y sanseacabó. Ah, y todo esto durante dos semanas, tres a lo sumo.

¿De qué estamos hablando? De un sistema donde lo importante sería privilegiar la comunicación, los contenidos, la trasparencia y el mensaje en vez de la adoración del personaje. ¿Acaso en un acto de masas hay el menor contacto con él o la más mínima posibilidad de dialogar? No. ¿A qué va, entonces, la gente? Pues, lo dicho, a rendir pleitesía.

Pero, justamente, ¿cuándo se podría instaurar este mecanismo? Yo diría que dentro de unos mil años, pacientes lectores...