abril 21, 2012

El giro de Cartagena

Jaime Sanchez Susarrey
Reforma

La mancuerna Pérez Molina-Santos ha puesto en la agenda continental y mundial el debate sobre la legalización de las drogas. Resulta lamentable que Calderón no se haya sumado a esa iniciativa

Primero fue el presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina. A menos de dos meses de haber tomado posesión, se pronunció por la revisión de la estrategia de la guerra contra las drogas. Nunca antes un Presidente en funciones había asumido semejante postura.

Los argumentos de Pérez Molina son simples, y por lo mismo, consistentes y contundentes. En el artículo que publicó en Reforma (13/04/12), en vísperas de la Cumbre de Cartagena, señala verdades evidentes:

1) La lucha contra las drogas se inició hace 51 años cuando se firmó en la ONU el Tratado Único sobre Estupefacientes en 1961.

2) El objetivo era garantizar una reducción sustantiva de la producción, consumo y tráfico de sus- tancias dañinas para la salud.

3) Sin embargo, hoy el objetivo original parece más lejos que nunca: hay más consumidores, más producción y más trá- fico de drogas que ha- ce 50 años. Y el cami- no para alcanzar el paradigma prohibicio- nista nos aleja de nues- tro objetivo, en vez de acercarnos a él.

4) Por lo tanto, parece razonable que luego de cinco décadas de hacer lo mismo hagamos un alto en el camino y reflexionemos sobre dónde estamos, con relación a dónde queríamos estar. Y más tráfico, más muertes y más violencia no es definitivamente el lugar al cual queríamos llegar. México y Centroamérica son testigos de que el paradigma prohibicionista global de combate a las drogas pide demasiado sacrificio para nuestra población.

5) Y en nombre de ese sacrificio hecho por nuestros conciudadanos, tenemos el derecho inalienable de reclamarle al mundo un diálogo franco y abierto que permita evaluar la ruta trazada por la política global de combate a las drogas.

El presidente Pérez Molina anunció, desde un inicio, que llevaría su planteamiento a los países latinoamericanos. Por eso nadie se sorprendió que planteara y sostuviera esas tesis en la Cumbre de Cartagena.

Lo que constituyó una sorpresa fue que el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, abordara en su discurso inaugural de la Cumbre de Cartagena el mismo tema en términos idénticos: "Hablo de la llamada Guerra contra las Drogas, que declaró el Presidente Nixon en 1971, y que realmente lleva más de 100 años, desde cuando se firmó en 1912 la Convención Internacional del Opio.

"Hoy, un siglo después, resulta más que oportuno, conveniente, hacer un alto en el camino para hacer una evaluación; para establecer simplemente dónde estamos y para dónde vamos...

"Colombia y muchos otros países de la región creemos que es necesario iniciar una discusión, un análisis sobre este tema que -sin prejuicios ni dogmas- contemple los diferentes escenarios y las posibles alternativas para enfrentar este desafío con mayor efectividad".

La mancuerna Pérez Molina-Santos ha puesto, así, en la agenda continental y mundial el debate sobre la legalización de las drogas. Resulta más que lamentable que Felipe Calderón no se haya sumado de manera activa a esa iniciativa. Porque en los últimos años hemos padecido las consecuencias absur- das y sangrientas de una guerra que no se puede ganar.

Pérez Molina tie- ne toda la razón al decir que quien afirme que se puede terminar con el consumo de drogas está mintiendo.

El giro de Cartagena constituye, sin duda, un parteaguas.

La respuesta de Obama fue prudente: manifestó que la legalización de las drogas no es la respuesta, pero añadió: "es completamente legítimo entablar una discusión sobre si las leyes que están ahora en vigor son leyes que quizá están causando más daños que beneficios en algunos campos".

Dejó, de esa manera, el campo abierto para abrir el debate sobre la legalización de las drogas. Y no es casual que lo haya hecho por dos razones. La primera es que en Estados Unidos la legalización de la marihuana está en marcha.

En 16 estados y la capital de Estados Unidos, Washington D.C., la marihuana está legalizada con fines medicinales y en otros 10 se encuentran en estudio leyes similares.

Pero además, la encuesta nacional Gallup 2011 arrojó, por primera vez en la historia, que el 50 por ciento de los estadounidenses están a favor de la completa legalización de la marihuana.

Dicho claramente, el debate sobre la legalización en Estados Unidos está abierto. Baste recordar el plebiscito que se realizó en California el 2 de noviembre de 2010. Y más importante que eso: la legalización ya está en marcha y gana cada vez más adeptos.

En segundo lugar está la convicción del propio Obama que declaró en enero de 2004: "La guerra contra las drogas ha sido un claro fracaso. Necesitamos repensar y descriminalizar nuestras leyes sobre la marihuana... necesitamos repensar nuestro manejo de la guerra contra las drogas".

Sobra decir que la urgencia de revisar la estrategia contra las drogas de los países de Centroamérica, de Colombia y México es muy distinta a la de Estados Unidos. De este lado, la prioridad está en abatir la espiral de violencia, el número absurdo de muertes y eliminar riesgos para la seguridad nacional.

Del otro lado, en Estados Unidos, son los ciudadanos los que están imponiendo el cambio y rompiendo viejos tabús.

Pero más temprano que tarde habrá una convergencia y la rectificación se volverá inaplazable. El cambio no puede ser más drástico. Hace 21 años, Milton Friedman hizo una defensa sin concesiones de la necesidad de legalizar las drogas y darles un tratamiento similar al alcohol y el tabaco.

Sus palabras sonaron entonces como una verdadera herejía dentro y fuera de Estados Unidos. Hoy resuenan en el planteamiento de Pérez Molina y Juan Manuel Santos. La herejía se está volviendo una verdad evidente.