abril 25, 2012

Elefante

Diego Beas (@diegobeas)
ruta66@diegobeas.com
RUTA 66
Reforma

En su largometraje de 2003, Elephant, Gus Van Sant logra hacer algo que pocos directores estadounidenses han conseguido: abordar el tema de los efectos de las armas de fuego sin moralizar, apuntar el dedo o recurrir al histrionismo ramplón para construir la historia.

Lo que sí hace Van Sant es tejer con cuidado las escalofriantes últimas horas de Eric Harris y Dylan Klebold, dos adolescentes de los suburbios de Denver que un buen día de abril de 1999 empuñaron las armas y se pusieron a matar a mansalva a compañeros de escuela. A lo largo de la película, que reconstruye el día de la matanza, flota la pregunta -sólo flota, nunca se enuncia- no sólo de dónde se ubican los resortes psicológicos que llevan a cometer tal atrocidad, sino por qué un par de adolescentes tendrían fácil acceso a un pequeño arsenal de guerra.

Las estadísticas, para todos aquellos que nos oponemos a la libre circulación de armas, son espeluznantes: 300 millones de armas en manos de ciudadanos: 106 millones son pistolas, 105 rifles (incluyendo de alto calibre) y 83 millones escopetas. Esto equivale a un poco menos de un arma de fuego por habitante.

El tema vuelve a saltar en los medios por dos razones: porque estamos en año electoral (y puede traer consecuencias políticas) y por el asesinato en febrero de un adolescente negro en Florida presuntamente a manos de un policía.

Lo que Van Sant sabe bien -y Obama también- es que abordar el asunto desde la confrontación moral directa no sólo no consigue reducir el número de armas en las calles, en muchos casos sólo dota de munición a aquellos que reivindican de manera cuasi religiosa su derecho a portarlas; los dota de razones para sentir amenazada su libertad y defenderla con más fuerza. Se aborde desde la cultura o desde la política, el tema es tremendamente complicado. Por muchas razones. Porque el derecho a portarlas está consagrado en la segunda enmienda de la constitución; porque el país tiene una enraizada (e idealizada) cultura de la defensa individual; porque la industria de las armas factura miles de millones en ventas; y porque la National Rifle Association, el lobby de la industria, se ha convertido en uno de los grupos de presión más poderosos y eficaces de la política estadounidense.

Por ello, son pocos los que se empeñan hoy en intentar combatir esta lacra denunciando la posesión o venta de armas. La fallida estrategia del gobierno mexicano, por ejemplo, de intentar involucrar a Estados Unidos en el combate al narcotráfico a través de la denuncia de la venta de armas solo ha conseguido arrinconarlo y que hoy Washington haga oídos sordos a sus llamados.

Incluyendo a la prensa. En un largo artículo publicado la semana pasada sobre la complejidad del tema en el prestigiado semanario The New Yorker, el argumento de México y la venta de armas en la frontera no aparece una sola vez. En The Guardian -el diario británico que intenta abrirse espacio en el mercado estadounidense- un artículo de fondo analizando el debate de la legislación de las armas tampoco consideraba relevante abordar el argumento puesto sobre la mesa por el gobierno mexicano. ¿Por qué? Porque no tiene fuerza política. Porque pensar que con la denuncia se cambiará la visión de los estadounidenses sobre las armas -o, todavía más complicado, la Constitución-, es iluso. Porque el tema se ha denunciado ya hasta la saciedad y en Washington todos lo saben. Todos, en resumen, saben que el elefante está ahí; el problema, el que nadie sabe resolver, es qué hacer con él.

No. La solución no pasa por ahí. La posesión y venta de armas no se reducirá en el corto plazo, lamentablemente. El escenario sí puede cambiar, como apunta con atino The Economist, al cabo de una generación. Mayoritariamente, la posesión y compra de armas se concentra en un grupo demográfico: hombres, blancos, viviendo por lo general en poblaciones rurales. O sea, WASP. El grupo demográfico que más rápido decrece. Solo hace falta hojear, sugiere el semanario británico, las revistas especializadas en armas. ¿Qué aparece a lado de los reportajes sobre pistolas y bazucas? "Publicidad de productos de jardinería y Viagra".

Migración cero

Yuriria Sierra (@YuririaSierra)
Nudo Gordiano
Excélsior

Con este fenómeno Calderón tuvo una “despedida” en Washington, en una reunión con integrantes de la Cámara de Comercio

Durante su visita a Washington, en lo que podríamos denominar “la gira del adiós”, el Presidente de México habló sobre uno de los temas que ha ocupado lugar en varios gobiernos mexicanos y estadunidenses: la migración.

Y es que el Centro Hispano Pew dio a conocer el resultado de un estudio realizado en esta materia, mismo que arrojó números que dieron pauta al Presidente para hablar de condiciones económicas y laborales mucho más estables que en años (y gobiernos) anteriores en nuestro país.

Los resultados del estudio hablan de un fenómeno llamado “migración cero”, que no significa que ya no haya mexicanos cruzando la frontera norte del país en busca de un mejor porvenir, pero sí que se ha reducido el número de ellos; que se ha quedado estancado, congelado, sin un incremento notable, como el registrado en otros años. Dato importante tomando en cuenta la situación demográfica de nuestro país, así como nuestras condiciones políticas y sociales, además de los tropiezos económicos del mundo y la inestabilidad que en el mismo rubro ha enfrentado Estados Unidos en los últimos años.

Incluso en otra de las lecturas que puede hacerse del estudio se observa un incremento en el porcentaje de mexicanos que regresan a nuestro país, un número mayor al que se anotaba en otros sexenios. Mexicanos que buscan un porvenir dentro del territorio nacional y no dentro del estadunidense. Y es que hablando en números, la tasa de migración, por primera vez en cuatro décadas, quedó uno a uno. Es decir, según el Centro Hispano Pew, entre 2005 y 2010 fueron 1.4 millones de mexicanos los que salieron del país rumbo a un mejor futuro en territorio estadunidense, pero también alrededor de 1.4 millones de mexicanos regresaron a sus localidades, a nuestro país, pues. Lo que provocó un aumento de apenas 200 mil mexicanos en tierras de EU, que pasaron de 5.6 millones a 5.8 millones de personas. Algo nunca visto en estos años que han anotado cerca de 12 millones de connacionales cruzando la frontera norte de México. El presidente Calderón atribuyó esto a las condiciones que su gobierno ha dado en materia laboral, de salud y estudio, y que han fungido como ancla para evitar que la migración sea un fenómeno en crecimiento.

Aun así, con todo y estos números, los mexicanos se ubican como 58% del total de la comunidad de quienes integran la ciudadanía ilegal en Estados Unidos.

Ese es el fenómeno “migración cero”, con el que Felipe Calderón tuvo una suerte de “despedida” ayer en Washington, en una reunión con integrantes de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, y es que esta es una de sus últimas giras al mando del gobierno de nuestro país.

Y aunque alguna mirada, de esas que ven el vaso medio vacío, anota que más que a las condiciones estables en nuestro país, esto se debe a las malas de Estados Unidos, lo cierto es que, si lo expresado por Felipe Calderón no tuviera sustento, este fenómeno no hubiera aparecido jamás en los registros.

Vicente Fox en entrevista con Pedro Ferriz






Ciencia y política

Martín Bonfil Olivera (@martinbonfil65)
mbonfil@unam.mx
La ciencia por gusto
lacienciaporgusto.blogspot.com
Milenio

La política no es una ciencia (aunque existan las ciencias políticas). Y votar no es una decisión que se tome “científicamente”, basándose solo en el pensamiento racional y los datos comprobables. En la decisión de voto de cada ciudadano intervienen filias, fobias y otros factores de tipo personal, cultural y circunstancial.

Sin embargo, el pensamiento científico puede colaborar con la democracia. Ya Carl Sagan, en su libro El mundo y sus demonios, afirmaba que “los valores de la ciencia y los de la democracia concuerdan; en muchos casos son indistinguibles...

“La ciencia prospera con —y requiere de— el libre intercambio de ideas; sus valores son opuestos al secreto”. En este sentido, para Sagan una formación científica en los ciudadanos, que fomente el pensamiento crítico, promueve también los hábitos mentales necesarios en una verdadera democracia (en que los ciudadanos razonen su voto y no se dejen llevar totalmente por propaganda o promesas).

Es muy triste, por tanto, ver que en el famoso “desplegado de los notables”, publicado en diversos medios el 27 de marzo, entre cuyos abajofirmantes aparecen varios científicos, no se mencionen ni una sola vez las palabras “ciencia” o “tecnología”. No porque con ellas se resuelvan automáticamente todos los problemas políticos y económicos del país, sino porque sin un adecuado desarrollo científico-técnico-industrial, y los beneficios sociales que éste genera, resolverlos es prácticamente imposible.

Por otra parte, como muestra el investigador Luis Mochán, del Instituto de Ciencias Físicas de la UNAM, en un trabajo recientemente hecho público (disponible en http://bit.ly/Jwi1Av), la ciencia nos puede también dar herramientas para analizar qué pasa en una democracia. Por ejemplo, para descubrir que, contra lo que se cree, los resultados de una encuesta sí pueden influir en una elección (al alterar la percepción de los electores respecto a los candidatos, y modificar así su intención de voto).

No cabe duda que, como dijera Churchill, “la democracia es el peor de todos los sistemas políticos, con excepción de todos los restantes”. Como se ve, la ciencia, al menos, puede intentar hacerla “menos peor”.