mayo 07, 2012

El Tribunal Electoral contra el conteo rápido

Ciro Murayama
Investigador de la Facultad de Economía de la UNAM
El Universal

El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) acaba de adoptar una grave decisión que afecta la certeza del proceso electoral en curso, al revocar el acuerdo del IFE para realizar un conteo rápido de la elección presidencial el próximo primero de julio.

La decisión del Tribunal, si bien por unanimidad, fue tomada sin previo aviso en la madrugada del 5 de mayo, con la presencia de sólo cuatro de sus siete magistrados. Pero más allá del descuido en las formas, es el fondo de la decisión y sus implicaciones lo que merece un análisis serio.

El conteo rápido es un ejercicio estadístico sumamente confiable, funciona así: se diseña una muestra representativa de casillas a nivel nacional; el día de la jornada, una vez concluida la votación y hecho el conteo de sufragios, se toman los resultados de las casillas de la muestra; cuando se reúne información suficiente de la muestra se conoce con alta precisión, apenas unas horas después de cerradas las urnas, cuál será el porcentaje de votos que obtendrá cada candidato.

El conteo rápido del IFE cuenta con base legal, pues el artículo 119 del Cofipe faculta al presidente del instituto, previo acuerdo del consejo general, a “ordenar la realización de encuestas nacionales basadas en actas de escrutinio y cómputo de casilla a fin de conocer las tendencias de los resultados” y a difundirlos “después de las veintidós horas del día de la jornada electoral”.

El IFE integró un equipo de cinco distinguidos científicos para diseñar la muestra del conteo rápido y procesar la información, de tal suerte que no ha existido un solo elemento de duda sobre la robustez técnica y la confiabilidad del ejercicio.

La autoridad electoral ya ha realizado conteos rápidos en el pasado. Baste recordar que en el 2000, a las 11 de la noche el entonces consejero presidente del IFE, José Woldenberg, dio a conocer los resultados de los conteos rápidos institucionales de los que se desprendía que Vicente Fox había ganado la Presidencia. En el año 2003, con un ejercicio similar, Woldenberg informó cuál sería la composición aproximada de la Cámara de Diputados que se desprendía de esa elección intermedia. En 2006 el conteo rápido fue técnicamente impecable, mas lo cerrado de la votación (0.51% de diferencia entre primer y segundo lugar) hizo que los intervalos de la votación estimada por el conteo rápido para Felipe Calderón y López Obrador respectivamente se tocaran, por lo que con toda seriedad el comité técnico explicó que no podía inferirse un ganador por este método. El error ese año fue de comunicación, pues Luis Carlos Ugalde no supo distinguir entre dar a conocer ganador y dar a conocer resultados: tenía que haber dado los resultados del conteo rápido aunque de ellos no se desprendiera ganador, precisamente para no abonar a la desconfianza, la incertidumbre y la especulación como finalmente ocurrió. Para 2012, el IFE tenía previsto dar a conocer los resultados del conteo rápido a las 11 de la noche fueren los que fueren, sin escatimar información a la ciudadanía.

En su sentencia, el Tribunal dice que el IFE ya cuenta con el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), al que considera erróneamente un ejercicio muestral. El PREP es un censo, no una muestra, que recoge los resultados de las tres elecciones federales —presidente, Senado, diputados— en todas las casillas del país. El PREP opera durante 24 horas a través de internet y concluye hasta las 8 de la noche del día siguiente a la elección; su valía es la riqueza de la información desagregada, pero no puede sustituir la oportunidad del conteo rápido.

De mantenerse la decisión del Tribunal Electoral, serán las televisoras las que, en esas horas difíciles que siguen al cierre de la votación, informen al país quién resulte ganador de la elección. La decisión del Tribunal lesiona al IFE como institución del Estado, favorece a intereses privados —de las televisoras— y daña el derecho de los ciudadanos a información confiable.

Punto muerto

Roberto Zamarripa
tolvanera06@yahoo.com.mx
Tolvanera
Reforma

Inoculado por los desplantes de quienes reiteradamente han retado al Estado y sus leyes, el primer debate presidencial del 2012 ha colocado la campaña electoral en un punto muerto. Ataques sin sorpresa, candidatos en deuda, sabor a decepción.

Por primera vez, el candidato puntero Enrique Peña fue exigido y exhibido. Asumió su defensa, a su modo y con sus limitaciones. Ensayó, estudió, y sometido a una disciplina de la que sus propios correligionarios se han sorprendido, logró memorizar frases simples y conceptos básicos. ¿Fue suficiente para librar el debate? Sí para aguantar pegado a las cuerdas las andanadas a cuatro manos muy a pesar de su ayudante Quadri, empeñado en quitar los golpes al priista.

No para convencer de la solidez de su candidatura y de su perspectiva como estadista. Peña sigue siendo limitado, apegado a la imagen y despegado de la palabra articulada cuando es mayor al tiempo de duración de un spot. No preocupa tanto un debate televisado para el que tuvo tiempo de entrenamiento, maquillaje y una asesora agresiva para el entrenamiento mediático. Preocupa por su posible desempeño como estadista, obligado a encuentros cara a cara con otros mandatarios o para no ir tan lejos, preocupa por la falta de destreza, capacidad de respuesta y conocimiento para discutir con los jefes de los poderes fácticos tan dados ahora a intentar controlar y/o descarrilar los procesos democráticos.

Peña decidió bajarse al terreno de los golpes. Dio y recibió. Pasar lista de asistencia a la diputada Josefina o aventar el bejaranazo no es suficiente. Puede jactarse, sin duda, que libró el episodio más importante de la campaña. Perdió menos de lo que se esperaba.

Josefina Vázquez Mota tuvo un aceptable desempeño en la articulación de propuestas y la combinación de críticas. Emparejó con ello sus dificultades para superar su rigidez de facciones, su monotonía en la voz, su sonrisa congelada. Pero, a pesar de todo, no superó la pose, la artificialidad de su imagen.

La confianza en que no sería atacada dada su condición de mujer no contaba con la decisión de Peña de atizarle insistentemente por sus inasistencias en la Cámara de Diputados, asunto este menor si se compara con el universo de la indisciplina, la impuntualidad y la displicencia que reina entre los legisladores.

Golpeó incesante sobre el mal gobierno de Peña en el Estado de México y quedó a la mitad en el caso Paulette. Josefina tiene el lastre de la desolación por la violencia y de la inatacada corrupción en los gobiernos panistas. No tomó distancia, ni un ápice, de ello. Su desempeño le alcanzó para no caerse pero no necesariamente para catapultarse.

Andrés Manuel López Obrador, fiel a su estilo, decidió mandar al diablo las preguntas y tomó su ruta, su discurso, su tozudez. Cambio la plaza por el set televisivo siempre con el mismo discurso. Lo que dice en la calle lo repite en la televisión.

Dedicó la segunda ronda a colocar a Peña al lado de Montiel, de Salinas y de Diego Fernández de Cevallos. Dio su mejor estacazo cuando Peña le lanzó una recta floja al reclamarle la corrupción de Bejarano. AMLO bateó con soltura al decir que él sí llevó a la cárcel a Ponce y Bejarano y Peña tiene a Montiel todavía como acompañante.

El tabasqueño confió en su discurso y desdeñó el formato. Llevó el álbum fotográfico y la carga de la ira. No antepuso el discurso de reconciliación que algunos puntos le ha otorgado y de pronto el amoroso pareció rencoroso.

Cumplió su objetivo: se diferenció. ¿Le alcanza eso para convencer más allá de los suyos? Quizás los televidentes esperaban de López Obrador la certeza de su nuevo discurso acompañado de respuestas directas a las preguntas pactadas.

Gabriel Quadri decidió ir por las migajas y salió con una caja de pan. Actuó como niño sabio, como patiño y como porro, en estricto orden de aparición. Era previsible que tuviera un desempeño articulado, de cifras exactas, de propuestas armadas. Su vida de académico, combinada con su aspecto desenfadado y su discurso antipolítico granjeó simpatías. Sabe y critica. Pide respeto a los políticos aunque se comporte igual -o peor- que ellos. Fue patiño y masajista. También porro. Le puso la vaselina en las cejas a Peña, se aventó de las cuerdas para dar los botellazos a López Obrador y fue el único que no tocó al mexiquense. Confirmación de la intocabilidad de la Maestra y de la alianza superviviente entre Peña y Elba Esther. Con Peña no te metas.

Habló de su simpatía porque los segundos pisos los construyan empresas privadas. Obviamente, no habló de cómo, hace unos años, sus allegados realizaban estudios de impacto ecológico para beneficiar a empresas interesadas en la inversión de la supervía del Periférico en el DF, en los típicos arreglos corruptos de los políticos con la IP que tanto desdeña. Quadri ganó con su presentación en cámaras como ganan siempre los "pequeños" en estas comparecencias.

Un debate en punto muerto que estimula la duda y la decepción.

Debate: mejor de lo que se esperaba

Cecilia Soto (@ceciliasotog)
ceciliasotog@gmail.com
Analista política
Excélsior

Como nuestra referencia son debates rígidos y escuálidos, el debate de anoche resultó mejor de lo que se esperaba y nos deja con hambre de más. Es sano que haya ataques, que se estudien el récord y los argumentos de los adversarios y que los candidatos, como dice el dicho, se den “hasta con la cubeta”. Algo, poquito de esto sucedió anoche y los candidatos intentaron tímidamente probar los límites del formato mediante los cuestionamientos y la herramienta un tanto atrasada de las fotos. Pero todavía es muy pobre y no logra dar a conocer la agenda de cada uno de los candidatos. El formato que fracciona las intervenciones y les impide profundizar en los temas sustantivos cuida a los candidatos y descuida a los ciudadanos, que merecemos observar una confrontación mayor. Los tres principales candidatos decidieron hablarle a sus audiencias ya conquistadas y el formato con tramos cortos de intervenciones y réplicas amplificaba esta decisión, haciendo que las otras audiencias percibieran ajeno el discurso. Gabriel Quadri, que tenía el reto de construir una audiencia, no se dejó atrapar por ese dilema —dirigirse a su audiencia o a una mayor— y se mostró fresco y bien articulado.

En esta elección que tiene poco más de un tercio, 45% según cifras de mi amigo Federico Reyes Heroles, de electores indecisos, no haberse arriesgado a dirigirse a este electorado puede resultar en que los indecisos continuarán así o se inclinarán por la decisión de anular el voto.

Van aquí algunas de mis impresiones fotográficas del debate:

Andrés Manuel López Obrador, como Josefina Vázquez Mota, necesitaba una intervención decisiva en el debate para cambiar las encuestas. A mi juicio no lo logró. En muchos momentos no se sabía si estaba en el debate de 2006 al que no asistió pues en la práctica renegó de la prédica de la llamada república amorosa para volver al discurso simplista de la mafia en el poder y la corrupción como origen de todo: de la falta de crecimiento, del estancamiento de Pemex, del cambio climático, etcétera. Volvió también el discurso de “los malos de arriba” contra “los buenos de abajo”, insistiendo en propagar una idea ramplona del funcionamiento de la sociedad, aquella que plantea que eres pobre porque “el de arriba” es rico. Por supuesto tuvo buenos momentos, como el de la denuncia de los gastos de Enrique Peña Nieto con Televisa, pero dominó un discurso para un México que ya no es.

Josefina Vázquez Mota habla mejor cuando entra a temas específicos, cuando propone cifras y da ataques certeros a su adversario, en este caso, Enrique Peña Nieto. Los gobernadores del PRI presentan ricos ángulos para el ataque, pero ella prefirió centrarse en el propio Peña Nieto y en Coahuila, bien pero pudo haber sido más demoledora. Pero cuando se trata de dar mensajes más generales, por ejemplo, los de apertura y cierre del debate, recurre a un estilo estudiado y poco fresco, con estribillos de discurso, que no funcionan en la televisión. Con todo, me pareció que fueron más los momentos buenos y efectivos para transmitir la imagen de una mujer que domina los temas de sustancia.

Enrique Peña Nieto estuvo bien, dominó su discurso y algo de estrés y nervios no le hicieron cometer errores importantes. Sin embargo, no entiendo por qué dirigió tantas veces su batería a Andrés Manuel López Obrador. Si fue una estrategia para atraer a indecisos que orbitan hacia la izquierda, no me parece que haya sido eficiente. Tampoco entiendo la insistencia en los ataques a Josefina, a menos que encuestas internas indiquen que ella va mejor de lo dicen las encuestas que conocemos. Con la ventaja que parece tener pudo haber profundizado más en sus propuestas. Su mensaje final fue una buena aproximación a un discurso programático.

Lo mejor de todo fue la comunidad tuitera, con humor, agudeza y puntería inigualables. Lo peor: la edecán vestida para iniciar un show de danza de tubo. Quien la haya contratado y la haya dejado presentarse así, merece el despido fulminante. Y para seguir el debate nos vemos en Twitter: @ceciliasotog

Josefina, en franco ascenso; ¿a qué debate fue AMLO?

Carlos Mota
motacarlos100@gmail.com
Cubículo Estratégico
Milenio

Artillería débil anoche en el debate. Una foto de Peña con Salinas mostrada por AMLO, un artículo de The Economist, una tarjetita que supuestamente probaba compra de votos en el Edomex, una foto de Josefina en Hidalgo —que no se apreció. Resorteras. Nadie sacó la bazuca.

No obstante lo anterior, no todo lo que vimos ayer en el debate es un desperdicio. Josefina Vázquez Mota lució sólida en sus propuestas y eso puede valerle muchos votos en el público indeciso que estaba esperando un resumen completo de parte de cada candidato. Tuvo contundencia: habló de la Policía Nacional con disciplina militar, de convertir en ley la Alianza por la Calidad de la Educación; de su agenda verde, de las becas para la detección de talentos tempranos… Si el mexicano indeciso estaba escuchando, Josefina estará en ascenso después de ayer.

Lo mejor de Enrique Peña fue que desmitificó su propio perfil, sobre todo frente al círculo rojo. Las dos horas de ayer le sirvieron para echar por tierra el prejuicio de que carece de ideas, o de que no puede hilar argumentos. No será el parlamentario más notorio, pero eso no es para lo que se le estaría eligiendo. Peña no rehuyó responder a AMLO ni a Josefina, y eso podría ser apreciado por ciertos votantes. Retó a Josefina y propuso, sí, aunque sus propuestas no lucieron tan sólidas como las de Josefina. Dio datos y tuvo momentos de firmeza en sus propuestas, como cuando garantizó que no privatizaría Pemex, sino que la modernizaría.

Y AMLO, ¿en dónde fregados creía que estaba AMLO? ¿Dentro del aula, en una clase de historia del bachillerato? Qué desperdicio de su tiempo al hablar insistentemente de Santa Ana y equipararlo a Peña. No me imagino a ningún mexicano indignado por el parangón. Obsesionado con Peña, AMLO reverberó sobre sus buenas intenciones, que no propuestas de gobierno: acabar con la corrupción, ser honesto, ofrecernos su corazón. Sus teorías del complot y de la existencia de un malicioso oscuro grupo poderoso (del que no dio un solo nombre) difícilmente podrán convencer a una mayoría. AMLO sigue obstinado con abrir una caja de Pandora y mostrarnos por qué siempre ha tenido razón, pero no nos dijo cómo conducirá el país. Una pena.