mayo 17, 2012

Fuentes: mexicano emblemático

Jorge G. Castañeda (@JorgeGCastaneda)
jorgegcastaneda@gmail.com
Reforma

Vi por primera vez a Carlos Fuentes a mediados de 1975 durante un almuerzo en el lúgubre comedor de la Embajada de México en Francia, a donde me llevaron mis padres a conocer a su amigo de muchos años. Mi padre y el padre de Fuentes habían sido amigos de muchos años. Con la misma insolencia que caracterizó mi relación con Fuentes durante los siguientes 37 años, lo increpé, con cariño y algo de respeto, durante la comida por su pertenencia y su defensa al régimen de Luis Echeverría. Al escritor de 47 años, en aquel entonces, le agradó el acalorado debate con el joven estudiante irreverente de La Sorbona y a partir de ese momento lo empecé a frecuentar en París, en Princeton, en México, en Londres y en muchas otras latitudes. Lo recuerdo con el afecto propio de una amistad transgeneracional y con el agradecimiento por todo el apoyo que me brindó a lo largo de esos años, y que también dio a mi hijo al echarle una mano para entrar a la Universidad de Brown, donde Fuentes fue profesor durante muchos años.

Pero mi historia con Fuentes y su legendaria generosidad no son de interés para el lector; lo que sí tal vez pueda serlo es evocar el papel de lo que los norteamericanos llaman un intelectual público en el mundo a partir de sus raíces mexicanas. Junto con Octavio Paz hasta su muerte, y después ya solo, Fuentes fue la voz de México en el mundo. Ningún mexicano, ni el más poderoso, ni el más rico, ni el más ubicuo, ha tenido la presencia de Fuentes en la literatura, la academia, la política, el arte y la vida social internacional. En América Latina era el más latinoamericano de los mexicanos: el que asistía a todas las ferias del libro, daba todas las entrevistas, visitaba todas las universidades, se acercaba a todos los escritores y jefes de Estado, y apoyaba todas las buenas causas. Ningún mexicano, en mi opinión, tendrá jamás el mismo tipo de influencia en la región.

En Europa, sobre todo en España y Francia por la traducción de su obra, por su cercana amistad con los principales políticos e intelectuales de esos países, por su amplio dominio del francés y por su tiempo como embajador de México en París, llegó a ser el representante de México no solo ante los gobiernos, sino ante las sociedades, las universidades, los medios de comunicación y la comunidad artística y literaria. La preeminencia en esos dos países no significa que en otros del viejo continente no vistiera también el traje de lo mejor de la mexicanidad ante sociedades indiferentes o perpetuamente perplejas ante los enigmas mexicanos.

Pero quizá fue en Estados Unidos donde Fuentes desempeñó su papel más importante como mexicano emblemático, elocuente y omnipresente. No sólo era adulado por los públicos universitarios en el infinito número de recintos académicos que visitó a lo largo de los últimos 40 años, sino que era buscado y procurado por presidentes, senadores, congresistas, directores de medios, poetas y cineastas, como la personificación de todo lo bueno, lo admirable, lo universal de México y en realidad de toda América Latina. En Estados Unidos, a diferencia de Europa, Fuentes no era sólo mexicano: era el intelectual latinoamericano por excelencia.

Como tal participaba activamente en los grandes debates políticos estadounidenses desde los años 60 y sobre todo a partir de los 70: en los periodos presidenciales de Reagan, y Bush (en contra) y de Clinton y Obama (a favor). Ningún mexicano ha ejercido, ni creo que volverá a ejercer, la incidencia de Fuentes en las discusiones internas de Estados Unidos sobre su papel en América Latina. México y América Latina han perdido su voz en ese país y en muchos otros. Una voz insustituible, elocuente, en ocasiones estridente, pero siempre auténtica y fiel a sí misma. Con el deceso de Fuentes concluye una etapa del intelectual mexicano y en alguna medida, latinoamericano; como tal solo le sobrevive Vargas Llosa.

La Ibero, ¿Waterloo de Peña Nieto?

Humberto Musacchio
Periodista y autor de Milenios de México
Excélsior

Para Carmen Aristegui.

Lo ocurrido en la Universidad Iberoamericana indica que Enrique Peña Nieto no las tiene todas consigo. Para garantizar su triunfo hace falta algo más que los dinerales de que dispone el PRI, de sus flotillas de aviones y helicópteros o de su apabullante publicidad. Hace falta algo más que la mezcla de elogios y silencios interesados que le ofrecen los medios a su servicio, algo más que las mentiras y la suciedad de las plumas alquiladas.

Lo ocurrido en la Ibero no debió sorprender a nadie. Se trata de un instituto educativo de sólidas tradiciones académicas, de un espacio que procura dotar a los muchachos de conciencia social. Esa universidad se ha distinguido siempre por su afán de forjar ciudadanos preocupados por su país, capaces de pensar por sí mismos, solidarios con las causas de los desposeídos, de las víctimas del dinero, de los aplastados por el poder.

Los estrategas de Peña Nieto lo llevaron a una emboscada, sí, pero a una emboscada que ellos mismos se encargaron de preparar hasta el último detalle. Resulta extraño que en el cuarto de guerra del priista nadie advirtiera que meter a 400 acarreados al auditorio era una ofensa para los alumnos y profesores de la Iberoamericana. Sorprende que la escolta del candidato se pusiera en la puerta a esculcar a los jóvenes y les quitara pancartas y las infaltables máscaras de Carlos Salinas, con quien identifican a Peña Nieto. El cateo se suspendió hasta que las autoridades universitarias se pusieron enérgicas e impidieron que se tratara a los estudiantes como delincuentes.

Los columnistas de a tanto la línea reprueban los gritos de los chamacos, pero curiosamente han sido sordos ante los desvaídos coros de los acarreados por la gente de Peña Nieto. Prestos al insulto y la difamación, esos mismos tinterillos han calificado a los estudiantes de “fascistas” (los burros hablando de orejas) e incluso aseguran que hubo agresión verbal y física contra el político mexiquense. Mentiras.

Las plumas de alquiler censuran a quienes se valen del grito y la pancarta para decir su verdad y manifestar su indignación por el derroche, la mentira y la prepotencia, porque prepotente fue que Peña Nieto se asumiera como responsable de los asesinatos de Atenco, de la violación de decenas de mujeres y de algunos hombres, de las golpizas, los allanamientos y las detenciones sin orden de juez.

Hasta ese momento las cosas marchaban dentro de cierto cauce. El priista hablaba, sus acarreados le aplaudían y los estudiantes mostraban su oposición. Pero el caso de Atenco fue un triste recordatorio de aquel acto cínico de Gustavo Díaz Ordaz, quien después de que ordenara el crimen de Tlatelolco, perfectamente cobijado por el absolutismo priista declamó: “Asumo íntegramente la responsabilidad personal, ética, social, jurídica, política e histórica”.

Los actuales alumnos de la Ibero no vivieron el 68 ni la matanza de Tlatelolco, pero conocen lo que ocurrió entonces porque ellos sí saben leer y tratan de aprender las lecciones de la historia. El símil fue brutal y la respuesta sólo podía ser indignada. Ahí ya no bastaron los guaruras del candidato ni sus vehículos blindados ni sus acarreados ni su dinero.

Frente al poderoso aparato de publicidad de los priistas, los muchachos han desplegado una cantidad impresionante de mensajes, de videos y fotografías que muestran lo que pasó y echan por tierra la campaña de calumnias, insultos y mentiras del PRI y sus servidores. Con una juventud así, México tiene salvación.

Elba Esther y Josefina

Héctor Aguilar Camín (@aguilarcamin)
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

De los candidatos a la Presidencia solo uno tiene credibilidad total cuando dice que tratará de cambiar a fondo la educación en México. Es Josefina Vázquez Mota.

Ella es la única que ha dado ese pleito en su carrera y ha logrado un cambio de rumbo insuficiente, pero fundamental en la materia.

Es verdad que acabó perdiendo la batalla y fue hecha a un lado por el presidente Calderón, quien, por la razón que sea, no quiso mantener esa tirantez política en su gobierno. Le pidió el cargo a Vázquez Mota y le dio un indeseado camino parlamentario.

Tan indeseado, que el día de la entrega del puesto de secretaria, Josefina apenas podía tenerse en pie de la tensión y el desánimo por la derrota.

Para ese momento había ganado pocas cosas como secretaria de Educación, pero una, como digo, fundamental: el principio de evaluación y difusión de resultados de la educación en México, junto con el compromiso del sindicato magisterial de someterse al proceso.

El compromiso magisterial era de dientes para afuera, como quedó más o menos claro entonces y es evidente hoy, pero un compromiso al fin, exigible si la autoridad quiere exigirlo.

Eso que consiguió en una primera fase Vázquez Mota es el camino a seguir para todo el que venga a querer hacer algo serio en la educación pública de México.

Supone un gran pleito político, pero está fincado en un criterio tan sencillo y justo de calidad educativa, que apenas puede discutirse. Me refiero al criterio de evaluar el desempeño de maestros, alumnos y escuelas, de premiar y corregir con base en ello la educación, uno de los mayores bienes públicos de cualquier sociedad, pero de México en particular, que invierte muy cuantiosos recursos públicos en ella sin que haya hasta la fecha un sistema cabal de rendición de cuentas.

Josefina perdió la batalla con Elba Esther siendo una secretaria de Educación débil, apoyada solo hasta cierto punto por el gobierno, que sostenía con la lideresa magisterial una alianza política aparte.

Es difícil imaginar que Josefina perdería la batalla por la educación también como Presidente, porque los Presidentes de México, debilitados como están por su entorno democrático, siguen siendo más fuertes, mano a mano, que cualquier otro poder de la República.

Y cuando hablo de ganar la batalla no estoy pensando en enfrentamientos ni manotazos ni persecuciones ni enfrentamientos con maestros en las calles. Hablo del sencillo asunto iniciado por Vázquez Mota cuando fue secretaria que es la evaluación sistemática, la difusión de resultados, la confrontación de la sociedad toda —maestros, alumnos, padres y autoridades— con la realidad de lo que estudian y aprenden sus hijos.

Nada más, pero nada menos.