mayo 27, 2012

Un partido para los jóvenes

Enrique Krauze (@EnriqueKrauze)
Reforma

Para Jaime Grabinsky.

Los jóvenes piensan por sí mismos y actúan por sí mismos. Así debe ser, pero quizá les convenga no escucharse sólo a sí mismos. Por eso hace unos días les sugerí (a través de su medio natural, el Twitter) que trabajaran en la fundación de un nuevo partido político. No fue una ocurrencia: es una idea con sustento histórico y lógica política.

En México ha habido movimientos estudiantiles desde tiempos de la Colonia. Muy pocos trascen- dieron a su momento. Hacia 1885, los estudiantes se opusieron al oneroso pago de la deuda inglesa.

A principios del siglo XX, los jóvenes anarquistas denunciaron la muerte de la Constitución, y en 1911 los liberales aclamaron a Madero. Quizá el primer movimiento de relevancia fue el vasconcelista.

Lo integraban los jóvenes indignados que en 1929 conquistaron la autonomía universitaria. Su objetivo era derrotar en las urnas a los generales sonorenses y llevar al poder a un caudillo cultural, el educador y filósofo José Vasconcelos. Al ver la efervescencia estudiantil, Manuel Gómez Morin (quien rebasaba apenas los treinta años de edad) advirtió a Vasconcelos sobre el riesgo de sacrificar una generación en el altar de su propio liderazgo personalista (su "dictadura apostólica", le llamó). Era preferible crear una organización política permanente. Tras la previsible derrota, el movimiento se esfumó como una burbuja. La mayoría de sus miembros abandonaron el ideal democrático y abrazaron el comunismo, el fascismo o la burocracia gris y corrupta. La frustración llevó a algunos al alcoholismo y aun al suicidio. Habían perdido la oportunidad de vertebrar una institución propia, que perdurara.

El siguiente gran movimiento estudiantil fue, por supuesto, el de 1968. Participé en él como alumno de la Facultad de Ingeniería de la UNAM. En el cenit del poderoso sistema político mexicano, bajo un presidente autoritario y paranoico, manifestarse en las calles podía costar la vida. Y muchos compañeros nuestros pagaron con sus vidas esas libertades que ahora son normales. El movimiento fue un precursor de la democracia mexicana pero el destino de muchos líderes fue triste y en algunos casos trágico. La historia habría sido distinta si hubiéramos escuchado las voces que simpatizaban con nosotros pero que, pidiéndonos reflexión y sensatez, nos sugerían formas cívicas para hacer que perdurara nuestro movimiento. La alternativa de formar un partido político era viable, a mediano plazo. En 1971, al salir de la cárcel, Heberto Castillo trabajó infructuosamente en ese sentido. De haber secundado su proyecto, los jóvenes que no creían en la vía violenta habrían contado con un partido de izquierda independiente mucho antes de la fundación del PRD.

Las circunstancias actuales son muy distintas. A diferencia de 1929 y 1968, México es ya -con todos sus grandes defectos- una democracia, y los jóvenes deben ser los primeros garantes de que el orden democrático se consolide en un clima político de civilidad y tolerancia. En 1929 gobernaban los militares y en 1968 mandaba Díaz Ordaz. Hoy hay una presidencia acotada. Existen tres sólidos partidos políticos y los jóvenes del movimiento actual podrán legítimamente inclinarse por el candidato de su preferencia (muchos, según han manifestado, lo harán por López Obrador). Pero creo que las experiencias de 1929 y 1968 arrojan lecciones dignas de meditarse: si quieren que su movimiento no se esfume tienen que tomar en serio la participación política, y esta participación debe ser invariablemente autónoma.

Si no es ahora, ¿cuándo? El país atraviesa por la mayor crisis desde la Revolución. Los partidos pequeños son vergonzosas franquicias familiares o meros cotos de poder, y los grandes han decepcionado a la ciudadanía: ven más por sí mismos que por sus supuestos representados. Hace falta uno nuevo: limpio, visionario, moderno.

Cierto, crear un nuevo partido bajo la legislación actual está cuesta arriba. Para comenzar, la organización debería notificar su propósito al IFE en enero de 2013. Enseguida tendrían que llevarse a cabo asambleas en 20 entidades o en 200 distritos electorales, con la asistencia de por lo menos 3 mil o 300 afiliados, respectivamente, que aprobarían la declaración de principios, el programa de acción y los estatutos del nuevo partido. Un funcionario designado por el IFE certificaría la realización de una primera asamblea nacional. En enero de 2017, la organización debería presentar su solicitud de registro como partido político nacional, y con ella un número total de afiliados verificable no menor al 0.26% del padrón y con un año de antigüedad. De haber cumplido con los requisitos, el registro tendría efecto el 1o. de agosto siguiente, once meses antes de la próxima elección a la presidencia.

Todo lo cual suena muy difícil pero no imposible, sobre todo en la era de Twitter y Facebook. Y el tiempo vuela: el 2018 está a la vuelta de la esquina.

El movimiento actual está muy lejos de la dimensión, la articulación y la profundidad de los de 1929 o 1968. Su rechazo al PRI es comprensible (conocen su historia) y sus demandas de transparencia son razonables (si bien deberían hacerlas extensivas a otros medios electrónicos o impresos). Pero los males del país son infinitamente más vastos y complejos, y requieren que los jóvenes los aborden con un análisis serio que vaya más allá de la retórica.

Las revoluciones, las dictaduras y las crisis son grandes escuelas de madurez. En ellas los jóvenes se despiertan adultos porque sienten que el futuro -su futuro, nada menos- se les escapa de las manos. Pero no basta protestar, marchar y pintar pancartas. Y es contraproducente e indigno exhibir intolerancia, agresividad y odio: ser joven no es garantía de superioridad moral. Por todo ello (y porque ser estudiante es, por definición, una condición transitoria) creo que la única forma de trascender es crear organizaciones permanentes.

¿Que desista Peña Nieto? ¿Que desaparezca el PRI?

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
La Semana de Román Revueltas Retes
Milenio

Ha nacido una nueva subespecie ciudadana en plena campaña electoral: los estudiantes. Ya habíamos nosotros, en 1968, y compartiendo justamente la misma condición juvenil de inconformidad, exhibido una declarada oposición al régimen priista en las calles de este país. Hoy, el movimiento estudiantil ha resurgido en el menos esperado de los sitios: una universidad privada cuyos alumnos, primeramente, expresaron un fuerte rechazo a Enrique Peña durante una visita suya al campus. Luego, para eludir la acusación de que fueron manipulados por terceros,131 jóvenes se identificaron plenamente como estudiantes de la Universidad Iberoamericana y, a partir de ese momento, se creó la plataforma “YoSoy132”, un movimiento al que se han estado sumando espontáneamente muchos otros estudiantes.

Su código de ética es ejemplar: “Se trata de un movimiento absolutamente apartidista […]. Es ante todo un movimiento pacífico por lo que no debemos incitar violencia (sic) ni agresiones. Respeto ante todo. Respetaremos el espacio público. Nada de basura en la explanada ni daños a nada de lo que haya a nuestro alrededor. Respetaremos las vialidades y el tránsito para demostrar que nosotros no tenemos por qué molestar a los demás para hacernos escuchar”. Impecable…

Ahora bien, más allá de las posibles exigencias y las obligadas expresiones de inconformidad, me llama mucho la atención que buena parte del movimiento esté integrado por estudiantes de unas universidades privadas cuyas demandas, siendo ellos parte del segmento más privilegiado de la población (estamos hablando de que las colegiaturas pueden alcanzar unos 70 mil pesos por semestre), no necesariamente se derivan, como señalan algunos comentaristas al hablar de los jóvenes, de la falta de oportunidades y de las durezas del mercado laboral. Y esto, sin considerar que al grupo se le hayan sumado los alumnos de la UNAM, la UAM y el IPN.

Pero, ¿qué piden? Pues, por lo pronto, “un proceso electoral transparente y claro”, que “el voto sea consciente e informado” y la “democratización de los medios de comunicación”. Tres cosas muy concretas.

Pues bien, es ahí donde a mí me entran algunas dudas. En lo que se refiere a las votaciones, ¿en qué momento ha dejado de ser trasparente el proceso y qué reservas podemos tener respecto a la actuación del IFE, la presencia de observadores de todos los partidos y el hecho de que las elecciones las organicemos nosotros, los ciudadanos? Y, en lo que toca a lo “consciente” que pueda ser el acto de acudir primeramente a votar, algo que en modo alguno es tan evidente en un país con altos índices de abstencionismo, y, luego, expresar preferencias por un candidato particular ¿de qué manera puede influir un movimiento estudiantil para que los votantes sean, por así decirlo, más responsables, más maduros, más instruidos y, supongo yo, menos manipulables? ¿Está en sus manos la formación cívica de los ciudadanos de este país y esto, al vapor, antes del 1º de julio?

Es el tercer punto, sin embargo, el que parece más complicado. Creo, eso sí, que hay que abrir el mercado para que participen más cadenas de televisión. Pero, luego de haber sobrellevado, en mis tiempos, la asfixiante realidad de una televisora —la única que había, además— declaradamente oficialista, no estoy de acuerdo en que Televisa esté, hoy día, al servicio del “sistema”. Y si su candidato es Peña, pues entonces estaría desafiando abiertamente a Calderón, cosa inimaginable en aquellas épocas, las de la llamada “dictadura perfecta”.

En lo que se refiere a la prensa escrita y radiofónica, debemos reconocer que no puede existir mayor pluralidad. ¿Han escuchado el programa El Weso, trasmitido, precisamente, en una estación en la que participa Televisa? ¿Han leído las columnas de Epigmenio Ibarra, de Rosario Robles y de Pablo Gómez en este diario? El periódico Reforma, ¿no sacado a la luz las trapacerías de politicastros de uno y otro bando? Y, en todo caso, la tal “democratización”, ¿implicaría que La Jornada debiera publicar, obligatoriamente, las columnas, digamos, de Luis Pazos?

Lo más llamativo, con todo, es que el movimiento se deriva de un acto de intolerancia. Peña pudo expresarse, es cierto, en la Ibero. Pero si las cosas no hubieran pasado de ahí, nadie hablaría ahora del episodio. Ocurrió, sin embargo, que a la salida le gritaron “asesino” y “cobarde”. “Fuera”, vociferaban. Ésa fue la noticia y ése fue el suceso. Y algunas de las posteriores manifestaciones callejeras han sido de declarado repudio a su figura. De nuevo, un par de preguntas, más allá de que 131 estudiantes que se encontraban ahí se hayan identificado abierta y voluntariamente: ¿no debe participar el candidato del PRI en la contienda? (“¡Asesino, asesino!”). O, inclusive, ¿debe desaparecer el PRI? (“¡Fuera, fuera!”). En todo caso, con manifestaciones o sin ellas, los ciudadanos vamos a votar el 1º de julio. Y, con perdón, habrá un ganador. A alguna gente le gustará. Y a algunos otros, no. Tan sencillo como eso.